Tres siglos en 54 años

libro de beatriz

Foto del acto de presentación del libro de Beatriz Becerra en la sede del Europarlamento Europeo en Madrid. Tomada de http://mep.euwatch.eu/2606343247.html

(Presentación en Madrid del libro Eres liberal y no lo sabes de Beatriz Becerra. Editorial Deusto, 2018)

Quiero felicitar a Beatriz por este libro. También a Deusto y a su editor, Roger Domingo. Sé que llevaba muchos años buscando a alguien que escribiera un título así. Lo consiguió y pienso que no podía haber mejor autora que Beatriz Becerra. Ella misma confiesa que no sabía que era liberal hasta que se sorprendió siéndolo. Esto confirma que ser liberal es una cierta manera de mirar al mundo desde unos principios, en vez de una ideología a través de la cual mirar al mundo.

Esta manera amistosa, amena y hasta cierto punto ingenua que emplea Beatriz para narrarnos su aventura intelectual y política con el Liberalismo es enormemente seductora. Pero eso no significa que sea menos rigurosa. Casi me caigo de espaldas el viernes cuando me descargué mi ejemplar de The Economist y traía un manifiesto para reinventar el Liberalismo. Pues las coincidencias entre ese manifiesto y el libro de Beatriz son enormes, tanto a la hora de señalar los errores que ha cometido el Liberalismo como a la hora de sugerir por dónde debe discurrir su futuro.

Una coincidencia clave, por ejemplo, es la de que ambos señalan que el Liberalismo ha permanecido de espaldas ante cuestiones como la igualdad de género, la sexualidad, el amor al terruño, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades… y ambos sostienen que, sin los principios liberales, el mundo no gozaría de la prosperidad que hoy disfruta.

Me gusta mucho de este libro que recuerde esa frase de Keynes de que “no se trata de que el Estado haga lo mismo que el mercado ya hace un poco mejor o peor, sino de que se encargue de lo que no hace en absoluto”. Y me gusta su insistencia en que el Liberalismo y el Nacionalismo son incompatibles. Como lo son el Liberalismo con el Populismo. También me gusta su europeísmo, natural en alguien que pasa tanto tiempo en Bruselas. Pero pese a la burocracia europea, pienso que Europa es el único proyecto de civilización hoy vigente que merece la pena.

En el pasado, quizá había más proyectos de civilización a los que apuntarse: la carrera espacial, el genoma humano, las Naciones Unidas… Hoy, cuando la ONU sólo es un sitio para colocar a izquierdistas que jubilaron los votantes, secuestrado por su Consejo de Seguridad, la Unión Europea, con todos sus defectos, es el único proyecto al que aún vale la pena apuntarse.

Por eso, esta frase de Beatriz evocando la saga de La Guerra de las Galaxias es tan afortunada: “Europa es la República antes de que el Lado Oscuro se hiciera con el poder”.

Yo también comparto con ella el aprecio por el “centrismo insurgente” de Macron, aunque no pierdo de vista sus ribetes de populismo mainstream, como se ha dicho.

Con todo, hay aquí párrafos realmente acertados. Déjenme leerles uno que me parece brillante:

“Como liberal, no necesito ser judía para oponerme al antisemitismo, ni musulmana para defender la libertad de culto, ni negra para luchar contra el racismo, ni yazidí para exigir la protección de las minorías. No necesito ser mujer para defender los derechos de las mujeres, ni discapacitada para defender los derechos de las personas discapacitadas, ni LGBTI para defender los derechos de las personas LGBTI…” (Página 39)

Creo que aquí hay una clave del Liberalismo moderno. Y digo moderno, porque la globalización no existía en tiempos de Adam Smith. Y esa clave es que el Liberalismo hoy es capaz de reconocer la igualdad esencial de derechos de nuestra especie de una forma que antes no hizo. Los padres fundadores de EEUU defendían la esclavitud, The Economist no apoyó el sufragio femenino, los Liberales españoles se apoyaban indiscriminadamente en el voto y en los espadones… en fin. La historia del Liberalismo está llena de reinvenciones. Pero hoy, como nunca, somos conscientes de que la Humanidad sufre cuando la libertad de uno solo de nosotros se ve menoscabada por la acción de otros hombres.

Pero no creo que la misión del presentador de un libro sea colmar a la autora de elogios. Sobre todo, si te has leído el libro. Además, si me aplico lo que he dicho al comienzo -que ser liberal es mirar el mundo a través de unos principios-, ¡cómo no voy a ejercer mi derecho a la discrepancia!

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De izquierda a derecha. John Müller, Beatriz Becerra y Cayetana Álvarez de Toledo. Selfie del autor.

Voy a limitar mis desacuerdos a dos puntos y a una anécdota:

Resuelvo rápidamente la anécdota. Beatriz se pregunta cómo es posible que Thomas Jefferson, padre de la Constitución estadounidense, pidiera un gobierno federal lo más pequeño posible y no se preocupara del grado de opresión de los gobiernos locales, en este caso estatales. Bueno, una repuesta posible es que a su lado estaba su discípulo, James Madison, que hizo el camino inverso al de Jefferson: empezó creyendo que debía existir un gobierno federal fuerte y acabó aceptando un equilibrio entre los estados y el poder central. De hecho, no pocos estadounidenses creen que la capital del país se debería llamar Madison DC en vez de Washington DC.

En todo caso, tanto Jefferson como Madison fueron capaces de alumbrar un mecanismo de frenos y contrapesos casi perfecto. Su interés por el desarrollo de instituciones perfectibles contrasta con el cortoplacismo de la política mundial y española actual. Allí, Trump hace locuras por Twitter y aquí, el doctor Sánchez prefiere proceder a desmantelar aspectos clave de nuestra institucionalidad económica con la osadía que sólo brinda la ignorancia y la ambición sin freno.

Respecto de mis dos desacuerdos con tu libro, estos son:

1º El Liberalismo no puede rendirse ante el gobierno grande y el Estado benefactor.

Discrepo de esta afirmación que haces en la página 123: “Creo que los liberales debemos comprometernos con el estado de Bienestar, con los servicios públicos esenciales y, por tanto, con la igualdad de oportunidades”.

El Estado moderno, que apenas tiene 200 años de antigüedad, es una manifestación reglada y civilizada de la opresión de la mayoría sobre el individuo, pero no deja de ser una forma de opresión. Si el Liberalismo no se centra en el individuo, las personas estamos perdidas. Y una cosa son las personas ejerciendo la acción colectiva y otra es el colectivismo y el colectivo que Ortega y Gasset llamaba “las masas”.

Resulta cansino hablar contra el Estado en España, porque yo sé que la mayoría de los españoles creen que el Estado es justiciero, que les ayuda a tener lo que creen que nunca van a tener, que protege sus derechos, que evita los abusos de los poderosos, que financia obras como el AVE que nunca serán rentabilizadas…

La misma autora demuestra que es una buena española: en la página 35 nos dice que los Estados-nación tienen “el poder de conceder derechos a los individuos”. ¡Noooo! Las Constituciones existen para que el Estado sepa que esos derechos y libertades que figuran allí son inalienables y son una severa limitación de su capacidad de acción. Lo primero que debe el Estado es respeto a los derechos y libertades de las personas, porque esos derechos y libertades son anteriores al Estado y a la propia Constitución.

Esta idea del Estado protector y justiciero es lo que nos lleva a la patología colectiva hispana de pensar que lo público es idéntico a lo estatal. Y no es así. Hay partes de España donde hay autopistas públicas que gestiona un privado y cada usuario paga por su uso. Los medios de comunicación que no son estatales son empresas privadas que prestan un servicio al público. Hay países como Chile o Singapur que no tienen Sanidad pública y la gente no muere en las calles como dice la propaganda. Es más, la esperanza de vida en Chile bajo un modelo privado de Sanidad es de 82 años. Apenas uno menos que en España.

Creo que los liberales debemos seguir distinguiéndonos por la apuesta por un Estado y un gobierno -que es su administrador circunstancial-, pequeño. Y frente al Estado de Bienestar socialdemócrata debemos plantear la existencia de una Sociedad de Bienestar, un modelo mucho más flexible -con un papel mucho más relevante de la iniciativa privada y de la sociedad civil-, sobre todo ante los embates de la globalización que se traducen en deslocalización de empresas, pérdida de empleos, de eficiencia y de competitividad. El bienestar está huyendo de Europa y el que no quiera darse cuenta de ello que eche una mirada a las cuentas de la Seguridad Social española.

Un Estado pequeño no significa unas leyes débiles, como un Estado grande no garantiza que las leyes se cumplan. España es la demostración viva de lo que digo: si hay un problema en este país no es la calidad de las leyes, sino la dificultad para que se cumplan.

Cabe traer aquí la reflexión que hacía Paul Samuelson en una de las introducciones a su famoso Manual de Economía. Si nadie respetara las luces rojas, el sistema de semáforos sería costosísimo porque habría que poner un policía junto a cada uno de ellos. Es decir, debe existir un cierto nivel de consenso en el respeto a la ley, de lo contrario esta resulta inaplicable por costosa.

Este ejemplo, sin embargo, me viene de perillas para ofrecer otro argumento para que los Liberales sigamos recelando del Estado y su poder: las nuevas tecnologías. ¿Y si ponemos un radar online en cada semáforo? Bueno, efectivamente, ahí hay una posibilidad tecnológica de perfeccionar la coacción. Y es esa combinación entre las aspiraciones del Estado moderno y la tecnología lo que me hace temer que, si abdicamos de la exigencia del gobierno limitado, caminamos ciegamente hacia una dictadura que, además, a muchos les gustará. La dictadura de la psicopolítica que dice Bjung Chul-han con aquella frase de “protégeme de lo que quiero” de la artista Jenny Holzer.

 

2º No hay razón para el optimismo: viejos enemigos con nuevos ropajes.

El libro de Beatriz es profundamente optimista y yo discrepo de esa visión. Y lo explico. En mi vida, y sólo tengo 54 años, he tenido la suerte de vivir en tres siglos. Hasta los 25 años, que cumplí en 1989, viví en lo que hemos llamado el siglo XX, el siglo de las dos grandes guerras mundiales, el siglo de la Guerra Fría. Y lo vi acabarse. El 9 de noviembre de 1989, desde la redacción de El Mundo, asistimos a la caída del Muro de Berlín y el sistema de países de lo que se llamaba socialismo real o comunismo se vino abajo.

Desde ahí y hasta 2016, cuando cumplí 52 años, viví en lo que yo llamo “el pequeño siglo XXI”. Un periodo maravilloso, en lo individual y en lo que concierne a la Humanidad, o sea a vosotros. En esa época nació Internet, y la productividad y el bienestar se dispararon por todo el mundo con el advenimiento de nuevas tecnologías. En esos 27 años, China, Brasil y la India sacaron un número de personas de la pobreza que nunca nadie imaginó. El mundo se hizo más igualitario que nunca. Fue un tiempo tan próspero que pensamos que duraría para siempre. Aprendimos a inflar burbujas y hacia el final, una muy gorda estalló. Los gobernantes no hicieron más que agravar las cosas.

Con todo, fue un tiempo magnífico. La década de 1990 fue realmente prodigiosa: Gorbachov, Bill Clinton, Mónica Lewinsky, Regreso al Futuro, Michael J. Fox… también desaparecieron esas detestables hombreras y los pelos eléctricos… todo eso fue estupendo.

La globalización se expandió por todo el planeta pese a ese agricultor francés rabioso que quemaba los McDonald’s y que ha sido compañero de Beatriz en el Parlamento Europeo: José Bové.

La globalización se proyectó con una fuerza inaudita gracias a tres motores: la libertad de comercio, que ya la conocíamos, pero nunca había llegado hasta estos extremos (gracias Pascal Lamy por todos tus desvelos), la libertad de movimiento de capitales (que curiosamente acabó con la necesidad de tener cuentas en Suiza) y la libertad de movimiento de personas. Estas tres fuerzas han sido claves en la consecución de la prosperidad actual.

Pero llegó la segunda semana de julio de 2016, la que comenzó el lunes 11 de ese mes. Yascha Mounk, un profesor de teoría política de Harvard tuvo el acierto periodístico de llamarla La semana en que murió la democracia en la revista Slate. Yo la rebauticé como La semana en que murió la globalización. En sólo siete días, una crisis política en Londres acabó con lo que quedaba de David Cameron después del referéndum del Brexit y dio paso a Theresa May, cuyo nuevo mandato pasó a ser el de sacar al Reino Unido de Europa. Un ataque terrorista en Niza puso de manifiesto la vulnerabilidad de nuestros países ante el fanatismo fundamentalista. Un golpe de estado fracasado en Estambul puso fin al sueño de un modelo democrático en Turquía compatible con el islam, y un multimillonario grosero se transformó en el candidato republicano a la presidencia de EEUU. No nos lo creíamos, pero ese tipo que metía mano descaradamente a las mujeres ganó las elecciones.

Todo eso pasó en menos de siete días. Ahí, señores y señoras, empezó realmente el siglo XXI o lo que sea esto donde nos hemos metido. Sólo sé que llevo dos años advirtiendo de que la globalización se ha frenado y que va a empezar a ir marcha atrás. Que los tres motores que he mencionado están gripados. Y que esto va a tener consecuencias sobre nosotros y sobre nuestras vidas.

No me quiero extender sobre los sistemas iliberales que Beatriz también analiza. China, por ejemplo, apenas descubra una narrativa tan seductora como la del constitucionalismo estadounidense, se alzará como única potencia de la Tierra. Y mucha gente apostará por la eficacia y el bienestar económico y preferirá subordinar las otras libertades a su bienestar. Eso ocurrirá tan pronto el gigante asiático abandone su somnolienta historia de emperadores y dinastías y encuentre un relato seductor que pueda globalizar tan fácilmente como su comida.

Así que no soy optimista como la autora. Pero, por lo mismo, creo que tu libro es imprescindible porque estoy seguro de que, al leerlo, muchas más personas descubrirán que son liberales y no lo sabían.

¡Enhorabuena!

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Tim Bresnahan: “Facebook aprendió que los ordenadores son muy malos para detectar las ‘fakenews'”

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Bresnahan, en la sede de la Fundación BBVA en Madrid.

(En este texto, lo que aparece en negrita fue publicado en el diario El Mundo de Madrid en su edición del 16.06.2018. Lo demás, es el resto de nuestra conversación).

Tim Bresnahan (1953, EEUU) es una de las máximas autoridades mundiales en el estudio de los mercados. Ha sido el economista jefe de la División Antitrust del departamento de Justicia de su país. Acaba de recibir el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA.

– Uno de sus hallazgos es que el progreso no siempre lleva a productos más baratos y mejores. ¿Por qué?

– El progreso tecnológico normalmente conduce a productos más baratos y mejores. Pero hay excepciones. Una de ellas es cuando el avance es capturado por un monopolista. He estudiado empresas como IBM o Microsoft, en cada caso el primer beneficiario fue el creador, pero después se convirtió en un monopolio, los precios subieron y la innovación técnica decayó.

– ¿A diferencia del vino, los mercados no mejoran según maduran?

– Es que el funcionamiento de los mercados no presupone mejorar siempre. Por ejemplo, en el negocio de los PC había un sector muy competitivo, pero tendió a estructurarse en una sola empresa que dominaba todo: Microsoft. Y eso no era tan bueno. Hoy, en la mayoría de los sectores que yo he estudiado, que tienen que ver con las tecnologías de la información y comunicación (TIC), hay problemas con respecto a quién ha capturado el progreso tecnológico.

– ¿Por qué declina la competencia en los mercados?

– Porque sólo podemos tener un estándar. Tenemos el PC con Microsoft Windows y un poco de McIntosh, pero hay fuerzas muy poderosas que tiran hacia la estandarización y la compatibilidad. Todas las razones de la declinación de la competencia tienen que ver con que una misma empresa viene a controlar todos los niveles importantes del negocio: el sistema operativo, las aplicaciones más importantes, el lenguaje de programación… Hoy, esto está retrocediendo y si miras los sistemas más utilizados en Occidente, en su mayoría tenemos diferentes firmas que prestan los diferentes servicios: de telecomunicaciones, de software, de dispositivos manuales, etc. En China es diferente: tienen muchas empresas que compiten para ser más grandes y hay una situación muy fea en las TIC en este momento.

– ¿Las fusiones son malas para la competencia?

– No, no siempre. Esta semana ha sido importante en la historia de las fusiones en EEUU porque se resolvió la de AT&T y Time Warner. Hay que examinar muy de cerca las fusiones, sus beneficios y desventajas. Depende mucho de las circunstancias del mercado y de las empresas.  

– O sea que hay que estudiar caso a caso…

– Hay normas generales, pero hay que estudiar caso a caso. Los tontos, en EEUU y en todos lados, son felices cuando pueden decirte que solamente hay reglas generales…

– ¿Qué herramientas tenemos para determinar el daño que una fusión hace al mercado?

– Un gran número. Hay herramientas para medir fusiones entre dos competidores… En un estudio con Jonathan Baker hace treintaitantos años, descubrimos que, antes de la fusión, cada empresa consideraba la posibilidad de fijar el precio más bajo para sus consumidores y ganar así nuevos clientes. Después de la fusión, solo se pensaba en reducir el precio de uno de los dos productos y si se pensaba en reducir el precio, algunos de los nuevos clientes que llegaban procedían de la misma fusión.

– ¿Por qué se habla tanto de los fallos del mercado y no de los fallos del Estado?

– No sé si aceptar la premisa de su pregunta, pero diría que tal vez porque estamos en Europa. En términos generales, en Economía hay una gran cantidad de literatura sobre las limitaciones de la intervención gubernamental y las limitaciones de un mercado desregulado, ya que la economía es bastante simétrica. Depende de lo que usted vaya buscando. No creo que haya una única respuesta. Hay que mirar si hay mucha intervención para qué asunto y si hay poca intervención para cual otro. Tengo dudas de que incluso los economistas europeos no hayan estudiado esto equilibradamente.

– La discusión política en España se centra mucho en los fallos del mercado…

– Hay un error analítico en esto. No hay una respuesta única a esa pregunta ¿Tenemos demasiado intervencionismo del Estado? ¿Tenemos demasiada actividad de mercado? Hay diferentes dimensiones y hay que formular preguntas precisas. Yo sería muy cuidadoso al formularlas.

– En España el mercado está bajo la sospecha popular y eso tiene efectos sobre la competencia…

– Hay un problema grave en los países ricos, que es el peor resultado de nuestro tiempo: que la distribución del ingreso se ha hecho desigual. Se culpa al mercado, al progreso tecnológico, a la globalización, a la declinación de las industrias manufactureras, a las políticas públicas… Cualquier cosa es candidata a ser responsable sin más análisis. No es serio. Imaginemos un país que sea la mitad de rico que la España de hoy. ¡Pues nadie ha tenido un país así sin un mercado que funcione! Pero la gente dice que el mercado nos ha traído desigualdad y yo creo que de lo que realmente se quejan es de algunos atributos de la vida moderna que les disgustan. Nuestra tarea es descubrir cuáles son. Las soluciones no deben ser brochazos gruesos que signifiquen detener el progreso tecnológico o conservar las manufacturas porque sí. Hay una maravillosa metáfora, en inglés, para este caso: no hay que tirar al bebé con el agua de la bañera. Y, en este caso, el bebé es el mercado.

Los empleos en manufacturas en EEUU son pocos. Son un poco más que los empleados de Walmart, pero muchos menos que toda la industria del retail. En Alemania es distinto. Y España probablemente tenga una fracción más alta de empleos manufactureros que EEUU. Pero la idea de que conservando esos empleos volveremos a ser tan ricos como nuestros abuelos es una locura. Claro que era mejor cuando todos pensaban que tenían una oportunidad, pero la solución no es destruir la oportunidad que tenemos ahora si no encontrar el camino para la gente que no la tiene.

– La Unión Europea mira con recelo el poder de gigantes como Facebook o Google. Recientemente, un dirigente europeo le decía a Marc Zuckerberg: “Convénzame de que su empresa no debe ser dividida”. ¿Facebook debe ser dividida?

– ¿Dividida en qué? Estuve a favor de dividir Microsoft, cuando estaba en el Departamento de Justicia, pero había partes en qué hacerlo. Se podían separar en una empresa de sistemas operativos y otra para las aplicaciones y así se obtenía una competencia muy parecida a la que existía antes en el mercado de los PC y como si no hubiera interferido el desarrollo de internet.. ¿En qué vamos a dividir Facebook? ¿En gente que escribe mensajes, que publica fotos de sus nietos por un lado y gente que mira esas fotos por otro? Facebook está muy integrado. En cuanto a producto es una red social, pero por el lado de los ingresos es una empresa de publicidad. La gran mayoría de sus ingresos vienen de ahí. Y en Google también. Y ellos están en directa competencia con Facebook y ambos compiten directamente con los chinos.

– Uno mira estas compañías y parecen monopolios u oligopolios…

– Oligopolio, tal vez. Ciertamente, sus productos coinciden, se financian con publicidad, son muy grandes, no son muchas, pero esta idea de la UE de que podemos acusar a tres o cuatro empresas distintas por compartir un mismo monopolio no suena muy inteligente. El Microsoft de hace 20 años era otra cosa, controlaban los PC, Apple era un competidor secundario… Y en la publicidad no había nada como Facebook.

– …Y la UE decidió que el navegador de Microsoft no podía venir de serie.

-Claro, en ese caso fue una buena respuesta. Antes de preguntarse si Facebook es un monopolio, y antes de decidir si lo es o no, quisiera pensar en su relación con Google. Ambos venden anuncios y dirigen el público objetivo en competencia directa. Y ambos compiten con los chinos. Pero, cómo los dividimos? ¿En dos Instagram y dos Snapchat? ¿En una red para adultos y otra para niños?

– Podría separar la comercialización de publicidad del tratamiento de datos…

– Eso es la misma actividad. Todas estas brillantes tecnologías de la información y la comunicación están destinadas a dirigir anuncios al público indicado, de manera muy precisa en el caso de Facebook. La fuerza de los datos es para acertar con los anuncios.

– ¿Facebook es un monopolio?

– Diría que no. Ellos se encargan de colocar anuncios. Y eso está bien.

– ¿Pero tiene una posición dominante en el mercado?

– Es un pequeño monopolio. Una fusión de Facebook y Google sería fácil. Apple acaba de decidir entrar en el negocio de la publicidad dirigida… No me preocupa un monopolio en eso.

– ¿Qué consecuencias tendrá el escándalo de Cambridge Analytica?

– Por las consecuencias políticas tienes que preguntarle a otro. Por las económicas… Es interesante lo que está pasando. Facebook quiere una producción automatizada. Hay decenas de miles de personas muy listas que escriben códigos, pero, en el margen, la actividad está en manos de la informática. Los ordenadores deciden los avisos que hay que mostrar, las noticias, etc. Ésta es ahora la frontera más interesante entre la inteligencia artificial y el trabajo humano. Facebook aprendió que los ordenadores son malos para detectar las ‘fakenews’ o aquellos mensajes políticos que no pretenden ser noticias pero que buscan trolear a alguien. Han tenido que retirarse de la verificación informatizada de noticias y contrataron a 20.000 personas para leerlas. ¡20.000! Una decisión muy trascendente.

– Sé que ha estudiado mucho sobre la automatización de las profesiones ‘blue collar’ (trabajadores manuales y obreros). ¿Qué pasa con la automatización de las actividades ‘white collar’ (profesionales y técnicas)?

– En EEUU, en el pasado, el 65% de las personas trabajaba en la agricultura, ahora es el 3%. El 50% de las personas trabajaba en las manufacturas, ahora es el 6%. Hoy, casi todo el mundo trabaja en el sector servicios o en burocracias ‘white collar’. La tecnología más importante no son los robots en las industrias, sino los sistemas informáticos que hay en casi todas las organizaciones. Es llamativo lo poco realista que somos las personas respecto del trabajo. La imagen que tenemos en nuestras mentes es la del agricultor en el campo o la de un camionero o un obrero en la fábrica. Pero, en EEUU, los servicios financieros, el comercio minorista y la sanidad suponen casi el 45% del empleo. Así que la imagen que deberíamos tener en la cabeza sobre el trabajo típico debería ser la del encargado de la facturación de un hospital o la del analista de los inventarios en un gran almacén. El desarrollo del cajero automático ha liberado a un montón de humanos y les ha permitido convertirse en vendedores, un trabajo mucho más social, que requiere más educación y que se dedica a resolver problemas del cliente. Vender una hipoteca es muchísimo más rentable para el banco que entregar o recibir dinero.

– ¿Los medios de comunicación tradicionales tienen algún futuro en este mundo digital?

– El modelo tradicional, que entregaba un producto respaldado por la publicidad, no. Eso se ha ido para siempre. No pueden competir contra la publicidad dirigida. En EEUU, además, el principal competidor de los medios tradicionales no es Facebook, sino Craiglist, un servicio de avisos locales. O LoopNet, un servicio de avisos de propiedades también muy local. Ellos se han llevado los ingresos de los diarios. Ese modelo donde tu das el contenido al lector y lo rentabilizabas con publicidad se ha ido porque hay otros que lo hacen mejor. Será interesante ver cómo cambia la gente y si pagará por los contenidos tradicionales de los medios. Todo está cambiando. Ese es el caso antimonopolios de esta semana: la fusión de AT&T y Time Warner, una compañía tradicional, de distribución, que se une con otra de contenidos.

– Hay medios como ‘The New York Times’ o ‘The Washington Post’ que parece que tendrán un futuro, pero pagando…

– Por pago y, mucho menos que antes, por publicidad. Pero, fíjese, una de las razones por las que Netflix empezó a crear sus propios contenidos fue para convertirse en un mejor soporte publicitario, lo que les permitió individualizar mejor a sus clientes y dirigirles publicidad. En el mundo de los medios todas las estrategias están disponibles, desde la de suscriptores de pago del ‘The New York Times’ hasta la de ‘The Guardian’ que no cobra a sus suscriptores, pero les pide limosna. Nadie sabe cuál es el modelo que funcionará. Ahora mismo hay un montón de energía destinada a experimentar.

-Un ejecutivo de TV decía que le costaba reconocer quién es quién en el mercado hoy. Hablaba de una compañía telefónica y decía que no sabía si era un competidor (porque distribuye series de TV como él), un cliente (porque le compra otras series), un aliado (porque financia ciertas series), un proveedor (porque le facilita ancho de banda) o un accionista (porque tiene un paquete de acciones a través de un fondo). ¿Qué efectos tiene esto en la competencia?

– Necesitamos mucha experimentación. Esto que cuentas me recuerda la primera vez que conocí a gente que veía internet desde el lado comercial, hace más de 20 años. Era una gran reunión y uno de ellos dijo: ¿no sé si yo te pagué o tú me pagaste? Es el mismo problema ahora, no se sabe si eres un cliente o un socio. Pero esto deberá cambiar, fruto de la experimentación, y así veremos cuál es el mejor modelo de negocio para cada compañía. Ahora todo está centrado en dirimir que modelo apoyarán los consumidores y los anunciantes. Las compañías telefónicas en particular, se han percatado ahora de su papel potencial como distribuidoras de contenidos y deberán buscar asociaciones. Este es el asunto más importante relacionado con la política de la competencia hoy.  Por ejemplo, no tenemos suficientes conocimientos respecto de la capacidad de elección de los usuarios de la publicidad en ese escenario. Esto no está resuelto.

– ¿Qué le parece que nuestros jueces y legisladores digan que Airbnb no es una empresa digital sino un grupo hotelero?

– Airbnb, Uber son grandes inventos. Pero Uber no es una compañía de transportes.

-La Justicia dice aquí (en España) que sí…

-(Ríe) Bueno, una posibilidad de entender esto es que las implicaciones legales que significa ser una empresa de transportes se apliquen a Uber. Pienso que el ejemplo de un hotel es más fácil. Casi todos los países ponen un impuesto a los hoteles que llaman tasa de ocupación. La cuestión entonces es si Airbnb debería pagarla también. Pero eso no significa que Airbnb sea una cadena hotelera.

-Recientemente hubo una sentencia contra Amazon por uno de sus repartidores. La empresa no pagaba sus costes de la Seguridad Social…

-Mi primera impresión es que en cualquier lugar de Europa la regulación sobre el reparto de mercancías es exageradamente estricta, tontamente restrictiva. Y España es mi país favorito en esto. La gente que trabaja por un día está sujeta a la misma regulación laboral que la gente que trabaja por períodos más largos…

– Usted sabe que el concepto de “red tape” (exceso de regulación y burocracia) nació en la España de Felipe II…

– Lo sé (ríe). Me parece que la legislación laboral es extremadamente restrictiva.

– ¿Dada su experiencia la competencia debe ser mayormente libre o regulada?

-Mayormente libre. Se necesita un sistema de mercado libre, en lo alto del cual una buena regulación puede ser útil.

-Por último, una pregunta personal. Sostengo que las tres grandes libertades de la globalización, que trajeron décadas de prosperidad a la Tierra, hoy están en retroceso: la libertad de movimientos de personas, capitales y bienes. Lo he llamo, sin mucha precisión, como desglobalización. ¿Qué opina?

-Creo que esto es algo terrible y sobre todo es el fruto de querer encontrar a un culpable de los cambios en la distribución del ingreso sin pensar cuidadosamente. Es lo que hace que un chino piense que los culpables de su nivel de riqueza son los europeos y que los europeos piensen que lo que amenaza su prosperidad son los chinos. Y los norteamericanos piensen que son los dos. Es el resultado de querer encontrar un culpable y de habernos retirado de las dos grandes fuerzas (libertad de movimientos de bienes y capitales) que nos hicieron más ricos que nuestros abuelos. No estamos formulando las preguntas correctas para encontrar las respuestas adecuadas.

Historia de un acuerdo con mar de fondo

Acuerdo1

Ricardo Lagos, presidente de Chile, y José María Aznar, presidente del Gobierno español, suscriben el Acuerdo entre Chile y la Unión Europea el 17 de mayo de 2002. A la derecha, Romano Prodi, premier italiano, y a la izquierda está Jacques Chirac, presidente de Francia.

Un equipo de políticos más que de diplomáticos, empujados por la decisión de la ministra Soledad Alvear de aprovechar esta oportunidad histórica permitió cerrar las negociaciones de un tratado que cambiará la economía chilena – Un golpe de autoridad de Cristián Barros en el último momento zanjó dudas de los negociadores chilenos sobre el acuerdo en el área pesquera – Las prioridades políticas de Aznar se impusieron sobre los criterios de su ministro de Exteriores en el conflictivo tema de la pesca, y permitieron a Chile hacer valer su posición marítima.

Por John Müller (@cultrun)

Escuti, Eyzaguirre, Sánchez, Rodríguez, Contreras, Navarro, Cruz, Toro, Campos, Tobar, Rojas, Ramírez, Landa, Navarro, Fouilloux, Leonel Sánchez y Moreno. Durante años los chilenos hemos sido capaces de recitar de memoria la nómina de aquella selección de fútbol que obtuvo el tercer lugar en el Mundial de 1962. Hoy, sin embargo, nadie conoce con exactitud los nombres de las personas que negociaron en nombre de Chile el acuerdo de Asociación Política, Económica y de Cooperación con la Unión Europea (UE), pese a que su éxito le ha proporcionado al país uno de los mayores logros diplomáticos de su historia reciente.

Una nómina incompleta de los negociadores arroja nombres como los siguientes: Fernández, Pizarro, Van Klaveren, Muñoz, Arenas, Leiva, Matus, Rosales, Barros, Contreras, Herrera, Rozas, Paiva, Bahamonde, Castillo, Furche, Rebolledo, los hermanos Saéz, Lagos Weber, Ramos… La lista está incompleta porque los mismos protagonistas han ido olvidando los detalles, pese a que trabajaron codo a codo durante diez complejas rondas de negociaciones celebradas entre abril de 2000 y abril de 2002. La firma final se produjo en Madrid el 17 de mayo de 2002 cuando Ricardo Lagos, presidente de Chile, selló el acuerdo con José María Aznar, presidente del Gobierno español, y Romano Prodi, jefe del Gobierno italiano.

La lista también ignora a innumerables funcionarios, políticos y diplomáticos que elaboraron documentos, borradores o hicieron gestiones que sirvieron de apoyo a la negociación. Resulta sintomático, sin embargo, que ningún funcionario de la carrera diplomática tuviera un papel relevante en las negociaciones, salvo uno: Jorge Berguño, un diplomático experto en Derecho del Mar que fue consultado por la ministra Soledad Alvear en un momento de la negociación final.

El resto de los negociadores, en su gran mayoría, procedían de la política aunque ocuparan puestos diplomáticos o hubieran pasado por la Academia Andrés Bello. Esto ha sido señalado por algunos protagonistas como uno de los elementos clave en el éxito del proceso, ya que mientras los funcionarios diplomáticos tienden a pedir instrucciones cuando se quedan entrampados en algún punto, los políticos conocían mejor los márgenes de negociación, los costes de cada decisión y tenían línea directa con las autoridades. Eso aceleró el proceso de una negociación extremadamente compleja.

Un lugar destacado en el impulso al proceso se le reconoce al ex presidente Eduardo Frei, quien aportó la visión general. Frei firmó en 1996, en Florencia, un acuerdo de cooperación entre Chile y la Unión Europea que se consideraba satisfactorio. Pero un gran número de personas siguieron presionando para que se estableciera un pacto más amplio.

“La verdad es que en parte este acuerdo lo sacamos por cansancio porque desde 1990 veníamos tocando las puertas de la Unión Europea”, dice un negociador. Se cita la insistencia de los embajadores de Chile ante la Unión Europea: Mariano Fernández -el primero en ocupar ese puesto-, Patricio Leiva y Sergio Pizarro Mackay, quien falleciera en el cargo en febrero de 2001. A ellos se debe la visión -primero, quizás, la ensoñación- de acercar a Chile a uno de los principales bloques comerciales y políticos que ofrece estabilidad y democracia a buena parte del planeta.

El ‘lobby’ chileno

Uno de los hitos fundamentales se considera la obtención, en 1999, del mandato para que la Comisión Europea negociara este acuerdo con Chile que fue obra del embajador Gonzalo Arenas. Cuando asumió el gobierno de Ricardo Lagos, en marzo de 2000, el presidente y la ministra de Relaciones Exteriores establecieron que el acuerdo de asociación tendría máxima prioridad.

Para ello se decidió que el embajador chileno en Madrid, Sergio Pizarro, un experto conocedor de los laberintos de la Comisión Europea, abandonara ese destino y regresara a Bruselas, donde ya había sido embajador ante el reino de Bélgica. Posteriormente, tras la sorpresiva muerte de Pizarro Mackay en febrero de 2001, la embajada sería ocupada por Alberto Van Klaveren, quien se encargó de terminar la tarea.

Al mismo tiempo, el gobierno chileno instruyó a todos sus embajadores ante los 15 países miembros de la Unión Europea para que iniciaran una acción coordinada y decidida de lobby a favor del acuerdo y se programaron estratégicamente una serie de visitas y entrevistas por parte de la ministra Alvear y el presidente Lagos a los países considerados clave.

El mandato de la Comisión Europea tenía dos limitaciones expresas fijadas por el consejo de ministros de la Unión. Una establecía que las negociaciones sobre aranceles y liberalización comercial no podían empezar antes de julio del año 2001. La otra establecía un vínculo de hierro entre la entrada en vigor del acuerdo comercial y el inicio a nivel mundial de una nueva ronda de negociaciones en el ámbito de la Organización Mundial de Comercio (OMC), la que se había bautizado como Ronda del Milenio.

Una tercera limitación estaba implícita. Junto con el mandato para negociar con Chile, la Comisión Europea recibió otro para negociar un acuerdo similar con el Mercosur. Se suponía que ambas negociaciones debían desarrollarse paralelamente.

Tanto la segunda como la tercera limitación eran un lastre para las negociaciones porque las ataba al ritmo que adquirieran las que se realizaban en el foro multilateral de la OMC y al que quisieran imponerse los países de Mercosur que deseaban avanzar con más calma dados sus problemas internos.

La negociación se inició en abril de 2000 con tres grupos de trabajo: comercio, cooperación y política. Cada uno tenía los subgrupos que fueran necesarios. Se desarrollaron cinco rondas de negociaciones hasta junio de 2001. En ese momento, la ministra de Relaciones Exteriores, Soledad Alvear, dio por terminada la primera parte de las conversaciones y anunció la creación de un “equipo país” encargado de negociar en las siguientes rondas, además de un consejo asesor de personalidades. El equipo negociador quedó formado por un grupo interministerial integrado por los ministros de Hacienda, Economía, Agricultura y Relaciones Exteriores.

En cuanto a los temas específicos, se designó como jefe del equipo negociador al subsecretario de Relaciones Exteriores, en ese momento Heraldo Muñoz y posteriormente Cristián Barros. Como responsables de los temas económicos y de cooperación fueron designados el director de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería (Direcon), Osvaldo Rosales, y el director de la Agencia de Cooperación Internacional, Marcelo Rozas.

El embajador Van Klaveren fue el responsable de sacar adelante el capítulo de cooperación política con los lineamientos de Muñoz, al principio, y de Barros, después. El 15 de abril de 2002 este capítulo de discusión quedó cerrado y acordado.

El capítulo de cooperación general, donde se obtuvieron algunos de los avances más sustantivos y originales (dado que el acuerdo de Florencia de 1996 ofrecía ya una buena base de negociación) fue llevado de manera directa por Ricardo Herrera con la supervisión y dirección de Marcelo Rozas.

Ambos se entendieron bien, Rozas le dejó un amplio campo de maniobra a Herrera y así, cuando a finales de 2001 la ministra Alvear hizo una evaluación de la marcha del acuerdo, Rozas y Herrera se podían ufanar de que tenían la tarea hecha. De hecho, en junio de 2001, ya tenían textos acordados en dos de los tres subgrupos del Grupo de Trabajo de Cooperación que se referían a educación, cultura, ciencia y tecnología y el resto de los textos quedaron cerrados en diciembre de 2001.

Una propuesta suicida

La negociación más difícil y que más desgastó a los equipos fue la comercial, no sólo por ser el ámbito donde más intereses se cruzan, sino por la complejidad con que se realiza. Se negocia producto a producto y estos se hallan codificados por la Unión Europea. Hay millares de códigos debido a que cada uno describe con exactitud el producto y sus más mínimas variantes. Las uvas, por ejemplo, tienen distintos códigos según sus características físicas, cepas y hasta por la forma de recolección. La negociación comercial comenzó formalmente con un intercambio de propuestas en julio de 2001, en la quinta ronda de negociaciones que daba paso a la segunda parte del proceso. Hubo una propuesta informal que fue uno de los mayores “chascos” de las conversaciones. Se lanzó un primer envite a la Unión Europea proponiéndole un arancel cero, sabiendo que lo iban a rechazar.

Sin embargo, un análisis más detallado permitió comprobar que si lo hubieran aceptado, el desarme arancelario habría causado graves perjuicios a determinados sectores económicos chilenos. Era una propuesta suicida para Chile. Los negociadores comenzaron a plegar velas y terminaron por presentar a la UE tres listas de productos: una para liberalización inmediata y otras dos para liberalizar en cinco y diez años. Los europeos recibieron con algo de sorna las listas recordando el ímpetu liberalizador del principio.

En enero de 2002, el consejo de ministros de la Unión Europea resolvió desvincular la entrada en vigor del acuerdo de asociación con Chile del inicio de la Ronda del Milenio de la OMC a la vista de que ésta estaba fracasando. También la famosa condicionante implícita de mantener un riguroso paralelismo con la negociación de Mercosur se había ido esfumando a medida que Argentina se hundía en el caos económico. El camino ya estaba despejado y el éxito de la negociación sólo dependía de Chile y la UE.

Ese mismo mes, España había asumido su turno en la presidencia de la UE. Ya a finales del año 2001, durante la presidencia belga de la Unión, los funcionarios españoles habían hecho saber que el presidente José María Aznar tenía un interés especial en que el acuerdo con Chile quedara cerrado durante la presidencia española.

Desconcierto en Madrid

El 31 de enero de 2002 la ministra Soledad Alvear informó de que el presidente Aznar había mostrado su disposición a acelerar las negociaciones. Pero ese mismo día, Alvear sostuvo otra reunión con el ministro español de Asuntos Exteriores Josep Piqué. Mientras Aznar se mostró personalmente esperanzado en que el acuerdo saliera en los plazos marcados, Piqué le advirtió a la ministra chilena que el acuerdo sólo se alcanzaría si Chile hacía concesiones generosas en materia pesquera.

La contradicción entre los mensajes de Aznar y Piqué desconcertó a los chilenos. Más aún cuando Piqué dejó caer muy sutilmente la posibilidad de que si el tema pesquero no se podía solucionar en el marco del acuerdo bien se podía arreglar a través de un acuerdo bilateral de España y Chile, vía que ya se había comenzado a utilizar en el contencioso del pez espada. Alvear no se dio por aludida con la propuesta de Piqué (que hubiera sido impresentable de cara a los demás socios de la UE), pero las dudas se apoderaron de los negociadores chilenos. Una advertencia de los negociadores franceses se recordaba continuamente. “Nosotros somos complicados para negociar nuestros asuntos, pero el verdadero enemigo lo tienen en Madrid”, habría dicho un diplomático galo.

Lo que se desconocía en Chile eran las permanentes escaramuzas entre Aznar y Piqué no sólo por el tema del acuerdo con Chile, sino también en otros asuntos de la política exterior española como las relaciones con Marruecos. A medida que la política exterior española se veía cada vez más desbordada por los acontecimientos internacionales, Aznar veía claramente que el único logro que podría presentar en la cumbre de la UE con América Latina prevista para mayo de 2002 era el acuerdo con Chile. Y eso lo convertía en un elemento estratégico si deseaba seguir presentándose ante los demás europeos como el dueño de la llave de América Latina.

La fase decisiva del acuerdo se produjo entre la novena ronda de negociaciones (marzo de 2002) y la décima (abril de 2002). Para entonces ya estaba claro que los grandes problemas eran comerciales y se referían a la pesca, vinos y licores. La ministra Alvear y el comisario europeo de Comercio, Pascal Lamy, habían acordado hacer un esfuerzo mayor y cerrar el acuerdo en la décima ronda.

Pero los negociadores estaban entrampados. Nadie avanzaba. Ni Francisco Bahamonde, el responsable de negociar Agricultura y su supervisor político, Furche conseguían salir adelante, ni Sergio Ramos, el responsable de negociar el tema vinos. Y mucho menos Pesca, terreno en el que los españoles deseaban importantes concesiones.

Rebolledo y el indio pícaro

Un hombre destacó en las negociaciones: el economista de la U. de Chile Andrés Rebolledo, 34 años, director de Asuntos Económicos para América Latina de la Dirección de Relaciones Económicas de la Cancillería, que fue encargado de negociar el acceso a mercados. Rebolledo actuaba respaldado por tres asesores a los que llamaban “los guatones” y que se habían aprendido todos los códigos de los productos. En frente tenía al negociador europeo acompañado por un especialista al que bautizaron como “el mudo”, porque no abría la boca, pero cada vez que se negociaba un producto tecleaba en un computador portátil y entregaba a su jefe la información detallada sobre el mismo.

Las reuniones eran largas y tediosas. Rebolledo llegó a comentar que iba a mandar a pedir un indio pícaro (estatuilla erótica que en una posición determinada exhibe un pene) a Chile para no tener que contestar verbalmente a cada oferta. Su idea era que cuando tuviera que decir que no a una propuesta, le bastara con poner el indio sobre la mesa, gesto inequívoco de que se rechazaba.

Rebolledo tenía por encima a Mario Matus, director de asuntos económicos bilaterales de la Cancillería, y al propio Osvaldo Rosales, director general de la Direcon.

Cristián Barros, Rosales y Matus habían creado una dinámica futbolística con el equipo negociador. Cada mañana les alentaban, les daban ánimos y los acicateaban para conseguir un buen resultado. Rebolledo, Ramos, Paiva, Castillo y Bahamonde, volvían cada jornada más desesperados tras chocar con los negociadores de la UE y al ver que cada vez que pedían información a Chile a algún sector empresarial específico, estos no contestaban o se limitaban a darles largas.

La llegada a Bruselas de Ricardo Lagos Weber, director de Asuntos Económicos Multilaterales de la Cancillería, en la última semana de negociación, cambió las cosas. Lagos recompuso el ánimo del equipo y desbloqueó las comunicaciones con Chile: ningún empresario se atrevió a dejar las llamadas del hijo del presidente sin respuesta.

Las conversaciones comenzaron a marchar mejor y el espíritu del equipo mejoró. En este escenario, Bahamonde consiguió por ejemplo que se le asignara una cuota de exportación de carnes rojas y blancas a Chile siendo que nuestro país no exporta nada de carnes rojas. La cuota es considerada emblemática porque el tema cárnico es uno de los asuntos más sensibles dentro de la Unión Europea. Algo similar ocurrió con la cuota de los quesos y con la de las galletas y confites.

El 23 de abril llegó la ministra Alvear a Bruselas, dispuesta a cerrar el tratado como diera lugar. Quedaban tres días de conversaciones y la ministra decidió que se negociaría sin parar, lo que obligó a la famosa maratón de 48 horas que fructificó en el acuerdo final anunciado el viernes 26 de abril. La ministra se reunió con Pascal Lamy y ambos lanzaron sus líneas rojas, las cuales no se podían sobrepasar. Allí, Alvear se encontró con que aún quedaban pendientes cuestiones aparentemente banales como las salsas de tomates o los licores.

Había una veintena de brackets o paréntesis (cuestiones pendientes) en el texto final. Se dieron instrucciones para solucionarlas. En los licores, por ejemplo, se dejó de pedir compensaciones económicas por el hecho de renunciar a utilizar determinadas denominaciones de origen protegidas en Europa, como la de “champaña”.

Peces con bandera

Pero la pesca seguía siendo el gran tema. Los negociadores chilenos insistían en defender las famosas 200 millas, pese al antecedente de que la UE sólo reconoce 12 millas de zona económica exclusiva y a que en el acuerdo de asociación de México con la UE (el único precedente del acuerdo logrado ahora por Chile), los mexicanos se habían rendido en la famosa “milla 13”. Los diálogos de los negociadores adquirían ribetes surrealistas:

-Y los peces que nacen fuera de las 200 millas y maduran dentro de esa zona, ¿son chilenos?- planteaba un negociador europeo.

-Sin duda son chilenos- respondía el negociador de Chile.

-¿Cómo lo sabe? ¿Van con bandera chilena?- repreguntaba burlonamente el negociador de la UE.

-Es como si fueran, esos peces quieren ser chilenos- decía el chileno, desesperando a los representantes comunitarios que no entendían un argumento tan sui generis.

Un día que el bloqueo perduraba, los representantes chilenos contemplaron el peor escenario posible: que el asunto pesquero diera al traste con todo el proceso. En ese caso límite, Alvear todavía tenía una carta. El comisario europeo de asuntos exteriores, el británico Chris Patten, le había ofrecido a la ministra que si el asunto no avanzaba con el comisario Pascal Lamy por la razón que fuera le llamaran sin falta, que él intentaría por todos los medios desbloquear la negociación efectuando consultas directas con los gobiernos europeos.

El problema es que Patten siempre se hallaba de viaje y era imposible localizarlo en caso de emergencia. Ni los funcionarios comunitarios ni los chilenos garantizaban que pudiera estar al teléfono. Cuando el abatido equipo negociador se lamentaba de que la última carta no estuviera al alcance de la mano, apareció muy campante el ex embajador Gonzalo Arenas. “¿Quieren localizar a Patten? No hay problema. Yo lo arreglo”, dijo Arenas.

Los demás lo miraron con cara de que estaba alardeando en falso, pero Arenas efectivamente tenía la clave para encontrarlo gracias a su larga amistad con la jefa de gabinete de Patten. Finalmente no fue preciso hablar con Patten, pero fue muy tranquilizador saber que Arenas lo podía localizar en cualquier lugar del mundo.

Baguettes de madrugada

Una mayoría de miembros del equipo negociador destacan el papel de Arenas, quien no tenía un cometido específico, pero aportó lo que se podría llamar “el plus sentimental” del acuerdo. Arenas, militante democristiano, estudió en Lovaina (Bélgica) y allí tuvo ocasión de trabar amistad con estudiantes europeos, especialmente españoles. Se cuenta que Arenas era el que organizaba los partidos de fútbol con muchos de ellos.

Ese factor personal, sus innumerables relaciones y su cordialidad, son las que le ayudaron en 1999, cuando era embajador ante la UE, para conseguir el mandato para que la Comisión Europea negociara el acuerdo. Y ese mismo factor personal es el que permitió que cuando los españoles se hicieron cargo de la presidencia de la Unión Europea, Arenas tuviera amistad personal con tres de los seis negociadores comunitarios.

Aunque nadie se atreve a formularlo públicamente, después de los reparos planteados en enero por el ministro Piqué y a medida que la presidencia española se iba acercando al mes de mayo, los representantes españoles comenzaron a facilitar los acuerdos y desentrampar las situaciones de bloqueo. Estaba claro que las premisas políticas de Aznar le iban comiendo terreno a las pretensiones pesqueras de Piqué.

Tras anunciarse el fin de las negociaciones, algunos funcionarios del gobierno español han dicho públicamente que no se dio satisfacción a sus demandas sobre la pesca, pero sólo pueden criticar el acuerdo con sordina dado el interés personal que Aznar puso en este asunto.

La última jornada de negociaciones de la décima ronda se iba alargando mientras Rebolledo negociaba más y más productos. El proceso era lento y tedioso. Además, había que consultar permanentemente con los representantes sindicales y del sector privado chileno que habían ido hasta Bruselas y que permanecían en una habitación aparte, el famoso “cuarto adjunto”.

Ya era de noche y nadie había previsto comida ni bebida para los negociadores. Había una máquina de bebidas en una planta más abajo, pero ya se habían agotado. El inefable Gonzalo Arenas vio a un miembro de la Comisión Europea que venía con un paquete de baguettes a eso de las dos de la mañana. Le dijo que las había comprado en una panadería cercana. Hasta allí fue Arenas a conseguir tres bolsas de pan recién hecho para alimentar a la delegación chilena.

El hombre que le atendió era el panadero que estaba cocinando el producto, ni siquiera sabía el precio que debía cobrarle ya que él nunca atendía el despacho de pan. Arenas se rascó los bolsillos buscando sus últimos euros para pagar un precio aproximado que al panadero le pareció justo. Fue la última negociación comercial entre un chileno y un europeo antes de alcanzar un acuerdo.

Barros zanja la cuestión

Así las cosas, la línea roja de Alvear quedó establecida en el asunto de la pesca. El reloj avanzaba imparable y ya eran casi las tres de la mañana del viernes 26 de abril. Algunos negociadores, que ya habían concluido sus tareas, querían marcharse a sus casas u hoteles.

El humor, sin embargo, no se perdía. Rebolledo, que aún tenía productos que negociar, confidenciaba a sus compañeros: “Tengo un producto que les voy a sacar como a las cuatro de la mañana con la idea de pillarlos cansados”. Pero los europeos, que tienen mucha experiencia en estas negociaciones, parecían frescos y en perfecta forma todo el tiempo. Efectivamente, a las cuatro de la madrugada, Rebolledo tiró su propuesta a la mesa y los europeos reaccionaron mal después de que “el mudo” consultara en su computador portátil. Hubo que matizarla para no fastidiar toda la negociación que ya estaba prácticamente cerrada.

La ministra habló con Pascal Lamy y le explicó que estaban en un punto crítico. Satisfacer las demandas de la UE en materia pesquera -el libre acceso a las 200 millas- obligaría al gobierno chileno a pagar un precio político inaceptable. Lamy le contestó que “esto de las 200 millas es un invento chileno, es ridículo y no resiste el menor análisis según la doctrina y la política europea… pero la voy a ayudar, ministra…”.

Ese fue el momento decisivo porque al rato volvió Lamy con un borrador de texto para el capítulo pesquero que habían preparado sus juristas. “¿Esto es aceptable para usted?”, preguntó. La ministra tomó el texto, lo pasó a la gente de su equipo y les mandó que lo sometieran a la opinión de Jorge Berguño, el diplomático chileno experto en Derecho del Mar. En una sala aparte Berguño cogió el papel y lo leyó detenidamente. Estuvo diez minutos pensando y reflexionando sobre el texto. Finalmente dijo: “Jurídicamente está bien”.

En ese momento Rosales, Matus y Van Klaveren fueron presa de las dudas. Era el momento decisivo y alguno de ellos sugirió que era mejor consultar con Santiago, buscar un respaldo político al máximo nivel. Cristián Barros, el subsecretario de Relaciones Exteriores, que también estaba en la sala, zanjó la cuestión con un golpe de autoridad: si el experto de la Cancillería decía que jurídicamente estaba bien, así era. Y si era preciso, él asumía la responsabilidad.

El dictamen de Berguño fue transmitido a la ministra. “Jurídicamente está bien”, le dijeron. Y Soledad Alvear agregó: “Pues si jurídicamente está bien, políticamente lo acepto”. Ya casi amanecía en Bruselas y la negociación había terminado.

Gonzalo Arenas se dio una ducha, se cambió de ropa y volvió a la sede de la Comisión Europea. Entró muy temprano “como Pedro por su casa” al salón donde se debía realizar el anuncio de que las negociaciones estaban concluidas. Probó los micrófonos que usarían Lamy y Alvear, movió los indicadores de volumen y se fue a recibir a sus compañeros chilenos. A unos que se habían ido a dormir y que venían llegando sin conocer las últimas noticias les soltó un “¡hemos ganado!”. El partido más decisivo de la diplomacia chilena en los últimos 20 años había concluido.

ADENDA POST SCRIPTUM

(Tras la publicación de este artículo en elmostrador.cl se recibió nueva información que lo completa aún más. La añadimos aquí. Si Ud. desea contribuir a enriquecer esta historia con detalles, fechas y datos que conozca de primera mano, escriba al autor: johnmuller.es@gmail.com. La confidencialidad está garantizada)

Los negociadores chilenos del grupo de acceso fueron los siguientes: Rodrigo Contreras, economista, quien estuvo a cargo de la negociación de las normas de origen. Contreras fue asistido por Carmen Paz Cortés, también economista. Los procedimientos aduaneros fueron negociados por Pablo Urrea, abogado.

El equipo que trabajó con Andrés Rebolledo, que es economista de la U. de Chile y posee cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, lo formaban Patricio Barrueco y Leonardo Humeres, ambos ingenieros en administración de empresas. A ellos se sumó Claudio Sepúlveda, economista. Efectivamente a este grupo se le apodó “los guatones”, aunque Sepúlveda es flaco y, además, fanático del equipo de fútbol de la Universidad de Chile.

Todo este grupo además se apoyó en grupos de trabajos similares de los Ministerios de Hacienda, Economía y Agricultura.

Este equipo es, básicamente, el responsable de todas las negociaciones comerciales que Chile desarrolla en diversos ámbitos y cuenta ya con una valiosa y aquilatada experiencia.

Adiós a Pedro Llorens, “el mejor titulador de Venezuela”

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No quiero recordar a Pedro Llorens Fábregas (Caracas, 1937), en el momento de su partida, de otra manera que no sea elaborando la portada de un diario. Gran parte de la fama y del entrañable aprecio que despierta su figura entre los lectores venezolanos lo ganó con la columna La mosca en la oreja que escribió durante 18 años en diario El Nacional, pero antes, Llorens fue un pilar fundamental de El Universal, donde se labró la reputación de ser “el mejor titulador de Venezuela”.

Cuando llegué a El Universal en septiembre de 1995, Llorens formaba parte de una tetrarquía que era la responsable del día a día del diario. En ella estaban su inseparable amigo Ramón Hernández, Álvaro Miranda, responsable de Deportes, y Lucy Gómez, de Local. El director honorífico era Luis Alfredo Chávez. Y yo, baqueteado pero treintañero al fin, llegué desde España, en medio de las miradas recelosas de todos ellos, a hacerme cargo de la dirección ejecutiva del diario.

Pronto hice muy buenas migas con Llorens. Era un admirable periodista de la vieja escuela, aunque no se le podía calificar de empírico porque había estudiado en la Universidad Central. Era culto hasta el agotamiento. Había leído indiscriminadamente, en aluvión, como sólo lo habíamos hecho los que no teníamos luz eléctrica. Su padre era un escritor e intelectual que había tenido que abandonar España durante la Guerra Civil. Y era simpático y generoso, y cuando estaba en confianza, muy chispeante. Le sobraba humildad. En pocos días me di cuenta de que su fama de buen titulador era justa. Yo traía otra cultura –la que había aprendido en El Mundo con Pedro J. Ramírez– a la hora de elaborar la portada y cuando hice mi primer título venezolano me di cuenta de que haría el ridículo trasladando el estilo de la prensa española al Caribe. Así que dejé que Llorens las siguiera haciendo, porque, además, él era muy feliz con esa tarea.

La foto de arriba se la tomé yo, en la vieja redacción de El Universal que parecía un banco del Lejano Oeste y donde todavía existían esos tubos neumáticos para enviar las páginas diseñadas al taller. Llorens, jefe de Información, está haciendo lo que más le gustaba en la vida: confirmar una noticia por teléfono con el lápiz en la mano sobre un folio donde estaba pergeñando un enfoque para un titular. Sus ideas tenían la fuerza y musicalidad precisas. Sólo los que hemos estado en muchas portadas sabemos que una historia sin título es un producto fallido.

No tengo reparo en decir que si yo hubiera sido el dueño de El Universal, Llorens hubiese sido el director. Su enorme talento me hacía sentir como un intruso que estaba robándole su destino, a él y a los demás periodistas que participaron en el proceso de renovación del diario en la década de 1990. Por eso  nunca quise mostrar la más mínima ambición de atrincherarme en el cargo. Cumplí mi contrato, como me comprometí, y me marché. Y la gran mayoría de ellos, Llorens el primero, me lo agradecieron distinguiéndome hasta hoy con su amistad.

Lo curioso es que poco después de irme de El Universal, Pedro también lo dejó. Trabajó un tiempo para el Gobierno de Rafael Caldera, que se inventó aquella parida de “la información veraz” (otra excusa para acallar las críticas), y después lo fichó con muy buen ojo Miguel Henrique Otero, el presidente director de El Nacional.

Recuerdo dos anécdotas que nos ocurrieron. Un día, Llorens me instruía sobre la vida política venezolana. No la que está en los libros, sino aquella, más menuda, que conocen los periodistas y que en Venezuela es riquísima. Me contó la caída de Carlos Andrés Pérez que estaba arrestado en su domicilio. Le pregunté si podíamos visitarle y me dijo que le diera unos días que él lo arreglaría.

Al cabo de una semana, Llorens me dijo que Pérez nos esperaba esa noche. Fuimos a su casa sobre las nueve de la noche. Accedimos sin problema, aunque un guardia armado cuidaba discretamente la puerta, y allí dentro estaba CAP. Estuvimos hasta las dos o tres de la mañana conversando con él.

-Vamos a tomar algo que me muero de sed- le dije a Llorens al marcharnos. Pérez no nos ha invitado ni a un mísero vaso de agua.

-¡Que vaina!- soltó Llorens, con su típico acento con el que alargaba las palabras. Si me lo dices antes, te lo hubiera explicado.

Y entonces Pedro se dedicó a contarme que una de las consecuencias del proceso de destitución de Pérez fue que se hizo oficial que tenía una amante, Cecilia Matos, con la que tuvo dos hijas. Cuando su esposa Blanca Rodríguez constató que se había hecho pública la existencia de la amante, quiso echar a Pérez de la casa, pero no pudo porque la Justicia ordenó que cumpliera su condena por “malversación genérica” bajo la forma del arresto domiciliario. Y su único domicilio en Caracas era ése, que lo tenían en régimen de gananciales. Entonces, Blanca dividió la casa por la mitad, tapiando pasillos y habitaciones, y Carlos Andrés tuvo la mala suerte de que la cocina quedó del lado de su mujer. Así que el ex presidente no tenía ni frigorífico ni cocina. Debían traerle la comida y la bebida del exterior.

Le dije que, si era así, habíamos quedado como unos maleducados al no llevar nada para cenar con Pérez, así que le pedí que concertara otra reunión. A ella llegamos con un catering de lo mejor que pudimos conseguir en Caracas y con varias botellas de whisky y un camarero que nos sirvió espléndidamente. Pérez, por cierto, quedó muy agradecido con nuestra segunda visita y a las tres de la madrugada aún nos quería seguir contando sus hazañas de juventud cuando estaba exiliado en La Habana con Rómulo Betancourt durante la dictadura de Pérez Jiménez.

La segunda anécdota se produjo en El Universal un día que un emisario de Hugo Chávez, que también estaba desterrado en Cuba tras serle conmutada la condena por el golpe de Estado de febrero de 1992, vino a ofrecernos que le hiciéramos un publirreportaje para presentarlo en sociedad como un convencido demócrata. Llorens, que conocía el percal y sí era un demócrata a toda prueba, se indignó y dijo que de ninguna manera teníamos que entrar en tratativas con “esos golpistas”. Le dijimos al emisario de Chávez que esa era una exclusiva que en ese momento no nos interesaba por mucho que el Gobierno de Rafael Caldera se empeñara en tratarlo comprensivamente.

Nunca olvidaré la sagacidad con que Llorens advirtió a muy temprana hora que Venezuela alcanzaría la más bajas cotas de su historia abrazando el populismo de Chávez.

Años después, en 2004, Llorens ajustaría cuentas con el ex coronel con su libro Contra Chávez (Ed. Debate, 2005), donde destiló todo el desprecio y el aburrimiento que le producía el líder bolivariano. Incluso, él, que era un fanático de las canciones de José Alfredo Jiménez, le compuso una ranchera burlona dedicada a su omnipresente programa Aló presidente, que dice: De domingo a domingo / te vuelvo a ver / cuando será domingo /… /para volver…

Pedro Llorens, periodista, nació en Caracas el 10 de mayo de 1937 y falleció en esa misma ciudad el 26 de junio de 2015. Le sobreviven su compañera Miriam y su hijo Ernesto.

Funcionarios transparentes: la norma chilena en 5 clicks

Una de las paradojas de la Transición democrática chilena es que el artículo 8º de la Constitución dictada por el régimen militar en 1980 -que declaraba fuera de la ley las ideas políticas de base marxista- y que se consideraba una disposición “maldita” por los partidarios de la democracia, fuera sustituido por un texto que proclama que todos los actos del Gobierno son públicos excepto aquellos que una ley calificada considere como secretos, un texto llamado a recibir “bendiciones” de todos.

El nuevo artículo 8º, aprobado en la reforma constitucional de agosto de 2005, estableció la exigencia de probidad en el ejercicio de las funciones públicas y la transparencia y publicidad de sus actos.

De ese texto constitucional nació la Ley 20.285 de Transparencia o sobre Derecho de Acceso a la Información Pública que permite a cualquier ciudadano chileno conocer la información en manos de cualquier entidad estatal. Esa ley está en vigor desde abril de 2009 y dio origen a un organismo público autónomo, el Consejo de Transparencia, encargado de promoverla y fiscalizar su aplicación. La ley establece dos mecanismos: la llamada transparencia activa, que es la información que los organismos públicos colocan en sus sitios webs, y el derecho de acceso a la información que consagra la obligación de los organismos públicos de entregar la información en su poder salvo que una ley diga lo contrario.

Una ventaja del sistema de transparencia chileno es que se trata de una exigencia de rango constitucional, no se trata de una ley de más bajo nivel. Pero la gran ventaja es que asegura que toda información en manos del Estado es pública, salvo la que se declare secreta. Ese principio básico difiere del de otras leyes de transparencia, como la española, donde la norma indica quién está obligado y qué debe revelar (Ver Capítulo II, artículo 5 en adelante).

La normativa de transparencia chilena permite, por ejemplo, un hecho singularísimo: todas las remuneraciones de quienes cobran del Estado chileno son públicas y en menos de cinco pantallas se puede acceder a ellas. No se trata de poder calcular a partir de una posición en un escalafón y de una tabla salarial cuánto es -más o menos- lo que un funcionario cobra (cosa que en España mirando el BOE y conociendo al funcionario también se podría hacer), sino exponer los haberes del último mes y anteriores de un funcionario con nombre y apellido. Una es una información incierta, fruto de un cruce de matrices y con información incompleta (escapatoria clásica del Estado burocrático), lo otro es una información positiva y concreta.

Veamos lo que ocurre con los funcionarios o empleados públicos contratados en el Ministerio de Relaciones Exteriores chileno. Esta es la página web de este ministerio y enmarcado en un trazo amarillo está el enlace que da paso al “Gobierno Transparente” donde se materializa uno de los principios fijado por la ley:

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El enlace de “Gobierno Transparente” nos lleva a esta otra pantalla, donde hay varios apartados interesantes, “Compras y adquisiciones” o “Información Presupuestaria”, pero el que a nosotros nos interesa es el de abajo a la izquierda “Dotación de personal” y en concreto el de “Dotación de planta”, que se refiere al personal fijo del Ministerio.

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Una vez que accedemos a “Dotación de planta”, se abre una nueva pantalla que permite conocer la información desde el año 2006, el primer ejercicio afectado por la reforma constitucional que introdujo el artículo 8º.

minrel3Si accedemos al enlace de 2015, se despliega un estadillo donde se pueden ver el estamento al que pertenece el funcionario, el nombre y apellidos, la cualificación profesional, el cargo o función, la remuneración y otros datos como las asignaciones especiales, la unidad monetaria en que se paga, etc.

minrel4El primero que aparece en este estadillo es el actual ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Heraldo Muñoz, politólogo socialista, cuya remuneración asciende a 8.442.079 pesos chilenos desde el 11 de marzo de 2013 que es la fecha en que juró como miembro del gobierno de Michelle Bachelet.

También podemos acceder, por ejemplo, a las retribuciones públicas que recibe el embajador de Chile en España, Francisco Marambio Vial, a quien encontramos un poco más abajo en el estadillo (enmarcado también en amarillo).

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Pero si alguien cree que este nivel de transparencia esta reservado sólo a altos funcionarios del Estado o diplomáticos se equivoca. Veamos un ejemplo con un municipio cualquiera, el de mi ciudad de origen: Osorno, en el sur de Chile, a 900 kilómetros de la capital, Santiago.

osorno1La web de la Municipalidad de Osorno (147.753 habitantes) tiene un enlace muy destacado (marcado con rotulador amarillo) por el que se accede a la información pública importante que marca la ley.

osorno2A partir de ahí se puede entrar a revisar el enlace “Personal de Planta, Contrata. Código del trabajo, Honorarios”.

osorno3

El enlace conduce a una serie de pdf que se actualizan mensualmente. El último corresponde a las remuneraciones de distintas categorías de trabajadores públicos del mes de abril de 2015.

osorno5Abriendo el pdf podemos acceder a los datos personales, categoría en el escalafón, profesión y remuneraciones de cualquiera de las personas que trabajan en la Municipalidad de Osorno y que cobran del erario público. En este caso, como la plantilla es demasiado ancha para caber en una pantalla, la hemos dividido en dos y hemos marcado los datos de Eduardo Angulo Alvarado, un actuario del 2º Juzgado de Policía Local, que tiene categoría de administrativo y tiene una formación acreditada de estudios secundarios y que cobra 568.049 pesos chilenos, catorce veces menos que el ministro de Relaciones Exteriores.

osorno6Que sus remuneraciones quedaran expuestas a la opinión pública no fue asumido fácilmente por los funcionarios y empleados que trabajan para el Estado en Chile. El Consejo de Transparencia hizo un exhaustivo y metódico trabajo de convencimiento de cada uno de los estamentos. El argumento clave fue que la transparencia ayudaría a combatir la corrupción y que volvería a dar prestigio a la función pública. De 345 municipalidades fiscalizadas en 2014, cinco años después de la implantación de la ley, casi el 70% cumplió los requisitos de transparencia activa muy satisfactoriamente. Un 7,5% de los municipios, además, exhiben un nivel del cumplimiento del 100% y sólo cinco municipios, el 1,44% del país, no cumplen ninguno de los requisitos de la ley.

Pablo Iglesias, la comunicación y el periodismo de trinchera

Pablo Iglesias. JOSE AYMÁ/ELMUNDO

Son llamativas las numerosas referencias de Pablo Iglesias en su entrevista con el director de El Mundo a la comunicación y el periodismo. Iglesias es licenciado en Derecho y politólogo, pero también tiene estudios teóricos y prácticos en Comunicación. Sus habilidades comunicativas han sido una de las claves del éxito de su partido Podemos.

1.- La comunicación como excusa: Iglesias, como la mayoría de los políticos, culpa a la comunicación del desgaste de su partido. Es un recurso clásico para cuando las cosas no van bien y no se quieren señalar las auténticas causas de ello. Iglesias lo hace en dos momentos.

comunicacion2Esta una autocrítica más aparente que real. Pero después le preguntan por un ejemplo concreto, el caso de supuesta evasión fiscal de Juan Carlos Monedero que éste subsanó con una declaración complementaria ante Hacienda.

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Iglesias atribuye el escándalo Monedero a un puro problema comunicacional y de falta de eficacia. No se trata de que hayan pillado en falta tributaria a su colega y amigo, sino de un error de comunicación de Podemos. Tampoco se trata de entrar a valorar argumentos tan peregrinos como que no había intención de evadir porque el dinero era para una buena causa, como sostuvo Monedero al principio del escándalo.

Pese a que cabría suponer que Monedero también forma parte del error de Podemos, Iglesias cree que éste tiene suficientes credenciales como para sentirse cómodo en el mundo de la comunicación porque tiene “alma de periodista”.

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2.- El Periodismo de Trinchera (I):  Es muy interesante esta afirmación de Iglesias. Para él, los que ejercemos el Periodismo lo hacemos desde “el corazón” y “el alma”, órganos que se suponen calentitos, a diferencia de los que intervienen en política que serían calculadores dueños de sus silencios, es decir, fríos y racionales. Se puede hacer una larga relación de vísceras desde las cuales se ejerce el Periodismo en España, pero en la gran mayoría de los medios de comunicación solventes se hace desde la racionalidad. La racionalidad que supone la contrastación de las informaciones y el cumplimiento de unos códigos profesionales. Es verdad que hay fallos estrepitosos, pero la opinión pública y las redes sociales han contribuido a materializar una vigilancia y crítica que antes estaba confinada a las Cartas al director y a las sentencias de rectificación.

3.- El Periodismo de Trinchera (II): la visión que Iglesias tiene de sí mismo y del Periodismo adquiere nuevos matices cuando Casimiro García-Abadillo le pregunta por la Revolución Rusa. Cuando uno esperaba que Iglesias se pidiera ser Lenin, Trotsky o Stalin, para liderar el proceso, éste da un sorprendente paso al lado y decide ser John Reed, un cronista nada imparcial, pero un cronista al fin y al cabo, un grado de implicación mucho menor que el de un político.

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“Un periodista extranjero escribiendo con simpatía” es una expresión muy irresponsable para alguien que se presenta como el líder de un movimiento como Podemos. Hay dos formas de ver el concepto “Periodismo de Trinchera”. Una es la de considerar que desde esa trinchera se dispara contra los adversarios. La otra es considerar el periodismo como refugio, donde ocultarse de los disparos del enemigo, que en este caso sólo puede ser el votante, y que al apelar a ser mero cronista es sustituido por un concepto mucho menos vinculante: el lector o telespectador. Cuando habla de Monedero se refiere al primero. Cuando habla de sí mismo, lo hace en la segunda acepción.

4.- Desconocimiento del ‘ethos’ periodístico: Sin embargo, donde Iglesias muestra que su formación no es la de un periodista y que desconoce la deontología profesional es en el relativismo que muestra a la hora de contestar sobre la situación de los medios de comunicación en Venezuela.

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Pocos periodistas pueden sostener hoy otra opinión distinta a que la libertad de prensa está muy gravemente amenazada en Venezuela. No sólo hace falta papel para imprimir esos periódicos disidentes que él cree que siguen en los quioscos (una estrategia que ya quiso utilizar en su momento la Unidad Popular chilena), sino que los que siguen en pie o han sido comprados por empresarios afines al poder bolivariano o están acorralados. Y en cuanto a los medios audiovisuales, los que no perdieron su licencia, también fueron adquirido por empresarios “boliburgueses”. El informe de Reporteros Sin Fronteras de 2014 así lo refleja (pág. 98) al recoger que 37 periódicos tuvieron que cerrar o reducir su difusión y se produjeron 231 agresiones a informadores. También hay denuncias sistemáticas de organizaciones humanitarias como Humans Right Watch o profesionales como la Sociedad Interamericana de Prensa.

Lo que ha fallado en Chile no ha sido el mercado sino la política

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(Sentados) Guillermo Tagle, el ministro chileno de Hacienda Alberto Arenas, el empresario Bernardo Larraín y (de pie) John Müller.

[Texto presentado en el Foro de Icare (Instituto Chileno de Administración Racional de Empresa) denominado “¿Cómo viene el 2015? el martes 17 de marzo de 2015. Esta versión incluye en un color distinto los siete párrafos que fueron omitidos por el autor debido a que se había excedido en el tiempo marcado para su intervención. Aquí el vídeo del acto.]

Acabo de presentar en Madrid un libro cuya lectura recomiendo y que me parece imprescindible. Se trata de Economía a la intemperie, obra de mi amigo Andrés González, economista, y de su esposa, la filósofa Rocío Orsi, desgraciadamente fallecida poco después de acabar la obra. Este trabajo plantea una cuestión inquietante: ¿Por qué asumimos automáticamente que el futuro es la mejor alternativa? ¿Por qué damos por supuesto que hay una salida a las crisis? ¿Y si resulta que no fuera así?

Este sesgo del hombre moderno a favor del progreso es el que el historiador inglés Herbert Butterfield criticaba en su opúsculo de 1931 La interpretación whig de la Historia. Arremetía en él contra los intelectuales que buscaban en el pasado argumentos para glorificar el presente y, sobre todo, para dar la razón a los defensores del parlamentarismo constitucional que eran precisamente el ala whig de Westminster en aquel entonces. Esta reescritura del pasado además de ahistórica buscaba justificar el adanismo que invade la política actual.

Hecha esta advertencia, paso a describir mi visión de la situación actual.

Qué duda cabe que el gran factor que ha irrumpido en el escenario global ha sido el desplome del precio del petróleo. Su impacto geopolítico es enorme. No parece que sea suficiente para ahogar al Estado Islámico en Oriente Medio, pero sí es posible que mantenga contra las cuerdas al gobierno de Maduro en Venezuela, cuya subsistencia es muy dudosa. También está haciendo un daño considerable a la Rusia de Putin, cuya economía retrocederá un 3% en 2015, lo cual no significa necesariamente que no se produzca una agudización del conflicto de Ucrania.

Sus efectos económicos son enormes. De hecho, la bajada del petróleo está enmascarando una situación de estancamiento económico que es peor de lo que pensamos. Los que han hecho reformas estructurales crecerán más (es el caso de EEUU y de España, por ejemplo) y los que no las han hecho, que son la gran mayoría, caerán menos. El FMI advertía que el gran problema es la caída de la inversión y la disminución del crecimiento potencial. Y la bajada del petróleo no incentiva a los países a abordar reformas que mejoren ese crecimiento.

El caso de EEUU es interesante. Está creciendo y creando empleo. Curiosamente esto se atribuye a la política monetaria de expansión cuantitativa y nunca se le da crédito a otro factor que ha mejorado brutalmente su competitividad pero que es odiado por los medioambientalistas: el fracking. Esta actividad ha convertido a EEUU en un exportador de hidrocarburos, disminuyendo su dependencia y mejorando los costes energéticos.

¿Cuánto durará la era del petróleo barato? El mercado del crudo es uno de los más imperfectos y manipulados de la Tierra. Lo que está claro es que el factor geopolítico es muy importante y tiene que ver con el nuevo espacio que los dirigentes saudíes quieran ocupar en el mundo. La nueva independencia energética de EEUU ha modificado el alcance del pacto del Quincy alcanzado entre Roosevelt y el fundador del reino saudí, en febrero de 1945.

La política monetaria es el segundo gran elemento que da forma a la coyuntura económica. El cambio de sentido de las mareas monetarias al que obliga el desmantelamiento de la política de Quantitative Easing de la Reserva Federal será el gran protagonista de los próximos años. Ya hay efectos concretos: hasta 24 bancos centrales han bajado tipos en lo que va de año, el último ha sido el de Corea del Sur. Entre las decisiones más importantes está la del Banco Central Europeo de iniciar, con seis años de retraso respecto de EEUU, una política expansión cuantitativa que es lo que está detrás de la reciente depreciación del euro. Esto forzó a Suiza a convertirse en el primer país que abandonó el euro al anular la política de paridad mínima del franco suizo con la moneda europea. Todavía falta verificar lo que suceda con los países emergentes, especialmente en Latinoamérica, donde sólo Perú ha bajado tipos en enero pasado.

Un efecto importante de la política monetaria acomodaticia es la burbuja de activos y deuda que se ha inflado en el mundo y especialmente en Europa. No tiene ningún sentido que estados como el español, que están a punto de superar un endeudamiento público equivalente al 100% de su PIB, sigan financiándose a bajísimo coste pese a que no han controlado su déficit público. Lo mismo sucede con otros países desarrollados con altísimo endeudamiento y bajísimo crecimiento potencial. Se da así la paradoja de que los ahorros de los países emergentes están financiando el bienestar de los europeos.

Pero hay más fuerzas en presencia, aunque algunas no se vean a primera vista. Las destaco porque me parecen importantes:

El debate de la desigualdad y sus efectos: Los trabajos de Thomas Piketty han posado la mirada en el capital y no en las rentas al hacer popular la idea de que el primero tiene un mejor retorno que las segundas. Aunque ahora Piketty ha clarificado que hay elementos institucionales y políticos que gravitan sobre la desigualdad de manera más importante que su famosa fórmula r > g, todo indica que el futuro debate tributario girará en torno a gravar stocks de riqueza y no flujos.

También juega a favor de esto la política monetaria: los bajísimos tipos de interés del dinero han alterado el valor de los activos, creando una falsa impresión de riqueza. Su normalización causará problemas. Defender el precio de esos activos impedirá financiar otros proyectos y generar nuevas rentas. Ante la acuciante falta de rentas no quedará más remedio que poner nuevos impuestos a la riqueza.

Por último subrayar que el debate sobre la desigualdad ha acallado otra discusión, quizá más importante: la del crecimiento, o mejor dicho, la de la falta de crecimiento El mayor factor de justicia social ha sido el crecimiento económico propiciado por el capitalismo y no el reparto. Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, reinterpretó la Gran Recesión con su expresión secular stagnation (estancamiento secular). Hablaba de que tal vez la economía de EEUU haya llegado a un punto en el que su potencial de crecimiento sea demasiado bajo como para poder sostener crecimientos del PIB per cápita sin políticas monetarias permanentemente expansivas; es decir, que sólo podría mantener un crecimiento aceptable creando burbujas. Y, aun así, ese nivel de crecimiento no sería demasiado elevado.

Ahora Summers habla de “crecimiento persistente sin empleo”, es decir el problema que se está planteando en economías que están saliendo de la crisis pero no crean empleo o incluso lo destruyen. Este economista sugiere que se trata de un fenómeno ligado a los avances tecnológicos que están sustituyendo fuertemente a los humanos.

El bienestar huye de Europa: Cuando Angela Merkel habla de la necesidad de hacer reformas estructurales para salvaguardar el modelo social europeo lo hace porque es plenamente consciente de que los Estados del Bienestar (con su educación, pensiones y sanidad universal) son insostenibles en el largo plazo. Lo son fundamentalmente por el factor demográfico y porque, de alguna manera, el bienestar huye de Europa porque otras partes del mundo lo están demandando de manera creciente. Y esa demanda se manifiesta en la forma de una demografía más vigorosa.

España, por citar un caso que conozco, perderá 2,6 millones de habitante la próxima década. Pero este balance no afecta a la pirámide población de manera igualitaria. En 2023 habrá 1 millón menos de niños menores de 10 años que en 2013. Pero habrá 1 millón y medio más de mayores de 65 años. Y el segmento de 20 a 49 años, donde está la fase más productiva de las personas, se reducirá en 4,7 millones.

El modelo económico español, cuyo crecimiento se produce por la demanda interna, tendrá que apoyarse en otros factores porque la España de 2023 será más vieja que la de hoy y se ha comprobado que los mayores gastan menos. Eso augura cambios desde el marketing hasta la sanidad. Y nuevos debates si tenemos en cuenta que según datos de la propia Sociedad Española de Oncología el 90% del gasto sanitario en los pacientes oncológicos se produce en los 6 últimos meses de vida y el 46% del gasto total en los últimos 2 meses de vida del paciente .

Neoproteccionismo: El proteccionismo, en realidad, nunca se ha ido. Durante años se dijo que si algo habíamos aprendido de la crisis de 1929 fue a huir del proteccionismo y de la falta de liquidez. Se ha inundado el mercado con dinero pero surgió un proteccionismo oculto: el proteccionismo financiero. No se puede denominar de otra forma lo que ocurrió en los mercados de capitales europeos durante la reciente crisis del euro. Hoy, aún quedan rescoldos y el proteccionismo se ha trasladado a la política monetaria.

Quisiera destacar un país: Turquía. Es una nación que está jugando un papel excepcional en el concierto mundial. No sólo es  clave en el actual equilibrio geoestratégico global, sino que está desempeñando un papel humanitario importantísimo sin la menor queja. Lo defino como “país interface” porque igual que un programa informático hace comprensible la actividad de un ordenador para el hombre, Turquía está conectando mundos muy diversos (el orden occidental con el caos de Oriente Medio, el Islam con el Cristianismo, la paz de Europa con la violencia de Siria e Irak, las ambiciones de Rusia con el equilibrio del Mediterráneo, el nuevo mundo ruso-asiático con Europa…) y lo hace de manera muy eficaz y hasta gana dinero gracias al efecto frontera que esto produce en su economía.

Turquía, en vez de encerrarse en sí misma y blindar sus fronteras para protegerse, está absorbiendo todos esos shocks, procesándolos y traduciéndolos para todos, demostrando una capacidad de cooperación enorme.

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La situación de Chile: El gran asunto del que se habla hoy en Chile es de la corrupción. Esto ha venido a ocultar que el Gobierno de Michelle Bachelet entró en 2015 en un compás de espera que se parece mucho a la tierra de nadie. La intensidad con que aplicó sus reformas en el primer año erosionó la confianza de la sociedad, sembró la incertidumbre entre los empresarios hasta el punto de que el crecimiento ha caído en 2014 a menos de la mitad del registrado en 2013, e instaló en la política chilena un paradigma que desincentiva la cooperación y la búsqueda del consenso a cambio de la imposición del criterio de la mayoría.

Cuando uno asiste al debate en Chile, da la impresión de que este país limita al norte con Suecia, al Este con Alemania y al noreste con Suiza, es decir, con el promedio de la OCDE. Estamos todo el día comparándonos con la OCDE. El problema es que para tener Suecia se necesitan suecos. En ese sentido, al instalar este nuevo paradigma, el Gobierno está desperdiciando la gran oportunidad histórica que se había dado este país de alcanzar el desarrollo. En el promedio de la OCDE lo más ejemplar había sido hasta ahora el modelo chileno. Un modelo mucho más original que los demás. Y cuando ellos nos empezaban a mirar para copiar nuestras instituciones, de pronto hemos decidido ponernos a importar una agenda socioeconómica que por lo demás se quiere imponer unilateralmente.

Apenas ha existido voluntad para rectificar la reforma tributaria. Debo admitir que he estado en Chile en marzo de 2014, en agosto, en octubre y ahora y he notado que el discurso del ministro de Hacienda ha cambiado en los últimos meses, pero en ese momento no lo hizo. La justificación de la reforma ahora ya no es aumentar el gasto social en educación sino hacer más eficaz el sistema de recaudación tributaria, según ha dicho la presidenta hace unos días. Esto no es lo mismo. La reforma educativa sigue presa en su desenfoque original: es una reforma del gasto más que una reforma educativa. Cuando se empiece a hablar de las nuevas habilidades que necesitan los jóvenes chilenos para afrontar el futuro se habrá terminado este mandato presidencial.

Y en la recámara está la reforma laboral destinada a privilegiar al lobby sindical y a ligar el incremento de las remuneraciones a la capacidad de daño que se le pueda infligir a una de las partes -el empleador- en vez de mantenerla vinculada a los aumentos de productividad como manda la lógica económica. He visto funcionando mercados laborales como el que define esa reforma y voy a decir una sola cosa: no funcionan. Sólo reparten el desempleo. Si Chile quiere tener un paro estructural del 14% al 18% -cosa que más adelante diré por qué es insostenible- sólo tiene que imitar la legislación laboral española con su negociación colectiva: una auténtica máquina de destruir empleo que ha generado más de 5 millones de desempleados.

Los institucionalistas como los profesores Acemoglu y Robinson siempre destacan el papel de las instituciones en las sociedades exitosas. En ese sentido, el mercado libre es una de las mejores  instituciones que se ha podido ofrecer a los chilenos en los últimos 40 años. El mercado es el gran articulador social de la nación, en nuestro país cumple un papel que no tiene nada que ver con el que realiza en los demás países de la OCDE. Los chilenos hacen su vida en el mercado: en él desarrollan libremente su vida profesional, se educan, cumplen sus sueños, se casan, adquieren bienes y servicios, se enriquecen y también se arruinan. Pero el mercado es un terreno de juego donde, pese a las desigualdades, los chilenos saben que el dinero de un rico y de un pobre vale igual, sin importar su apellido, cosa que no está nada clara que ocurra en otros ámbitos. Por eso hacer trampas en el mercado debería ser delito de lesa libertad.

Y como el mercado es el gran articulador social, el empleo se convierte en el gran factor de socialización de la población adulta. Quedarse sin trabajo en Chile es mucho más grave que en otros países porque supone caer en la marginalidad, significa desengancharse de la Nación. Por eso es tan importante que el país mantenga una tasa de crecimiento que sostenga un alto nivel de empleo. Incorporar nuevas rigideces al mercado laboral no va a ayudar a ello.

Recordemos lo que antes decía Summers sobre el “crecimiento persistente sin empleo”. Y yo me permito recordar que esto ya ocurrió en los años 70, cuando en una situación similar, de fuerte incorporación de tecnología a los negocios, EEUU recicló rápidamente su fuerza laboral gracias a su flexibilidad mientras que Europa respondió endureciendo la legislación lo que incentivó aún más la sustitución de mano de obra por capital y empeoró los índices de desempleo en los 80.

Esa apuesta  ya está en marcha. Ayer me contaron que en el norte de Chile hay empresas mineras que manejan sus camiones y sus máquinas de carga utilizando la tecnología de los drones. Es decir, unos muchachos de 25 años, sentados en una oficina en el barrio El Golf de Santiago con aire acondicionado, hacen el trabajo de varios operarios en el desierto calcinante. No sé si el Gobierno es consciente de la destrucción de empleo que se producirá en las empresas donde la nueva legislación laboral puede resultar más crítica y que preferirán sustituir una mano de obra a la que el Gobierno incentivará para que cree conflictos por un pacífico capital tecnológico. Pienso en la minería, las salmoneras o la exportación de fruta.

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Y entonces llegaron los escándalos de corrupción. La literatura académica demuestra que la corrupción política daña a los países, sobre todo reduciendo la inversión y el crecimiento como ha demostrado Paolo Mauro (1995). Una mejora equivalente a la desviación típica en los índices de corrupción (pasar por ejemplo de 6/10 a 8/10) causa un aumento de la inversión de más de cuatro puntos porcentuales y el PIB crece medio punto porcentual en términos anuales.

La corrupción también altera la asignación del talento. Allí donde la captura de rentas es más lucrativa que la actividad productiva, los mejores y más educados se dedican a lo primero.

La corrupción también reduce la efectividad de las transferencias de ayuda a los países en desarrollo. De manera similar, en el ámbito nacional, reduce la efectividad de las transferencias a los más desfavorecidos.

La corrupción erosiona la recaudación fiscal cuando toma la forma de evasión fiscal.

La corrupción puede desestabilizar la política fiscal de un país, especialmente allí donde el Estado puede proporcionar crédito a través de bancos o institutos públicos.

La corrupción puede provocar un deterioro de la calidad de las infraestructuras públicas y los servicios.

La corrupción puede afectar la composición del gasto del Gobierno. Hines, por ejemplo, comprobó en 1995 que la venta internacional de aviones militares era una actividad particularmente susceptible de ser corrompida.

Existen estudios que demuestran que la corrupción perjudica sobre todo el gasto educativo: una mejora equivalente a la desviación típica está asociada con un aumento de medio punto del PIB en el gasto en educación.

Los estudios no son concluyentes sin embargo con esta cuestión: ¿Es la corrupción la que modifica el gasto público o es el gasto público el que modifica la corrupción? De hecho no se sabe si los gobiernos corruptos dictan más normas sólo para tener más callejones oscuros donde cobrar sobornos.

Los casos de corrupción que hoy se conocen en Chile son de dos tipos: uno tiene que ver con la financiación de la política, que es el caso Penta, y otro tiene que ver con el tráfico de influencias y la política de incompatibilidades, que es el caso Caval, donde quizá sea difícil probar la existencia de un delito, pero va a resultar complicado encajar un pelotazo multimillonario como el de Machalí, dado por el hijo de la presidenta de la República, en la sociedad igualitaria que preconiza la Nueva Mayoría.

A estos dos habría que sumar el caso SQM donde, según diversas fuentes, habría otros 40 políticos que habrían emitido “boletas ideológicamente falsas”.

Estoy seguro de que Chile no era tan limpio y honorable como pensábamos, ni es tan corrupto como parece hoy. Me parece significativa la repulsa ciudadana que vemos en Chile. En España también la hubo, pero fue curioso que muchos políticos acusados de corrupción fueran reelegidos en sus cargos. Realmente la crítica social sólo cobró entidad cuando la crisis económica se extendió por el país. Entonces fue cuando se percibió la desgracia que supone que todos los partidos políticos “empaten” en casos de corrupción. Eso es el famoso “y tú más” que obliga a los ciudadanos a escoger entre Calígula o el caos. Es en ese momento extremo cuando han surgido partidos populistas como Podemos, cuyos promotores tienen una gran afición a mencionar la guillotina.

La combinación de corrupción y crisis económica es mortal para las instituciones. No hay que olvidar que la gran corrupción se asienta en conductas sociales. Es muy irresponsable atribuir toda la culpa de la corrupción a los políticos cuando es la sociedad la que da sustento a esas conductas. En España, por ejemplo, la familia es una institución que muestran una gran tolerancia hacia ciertas conductas corruptas como el evadir el IVA o cobrar el salario en dinero negro. Otra vez: necesitamos suecos para tener Suecias. ¿Por qué los ministros alemanes dimiten por plagiar sus tesis doctorales? Porque a los alemanes desde kínder se les enseña que “copiar es malo”. En cambio los países latinos enseñamos que lo malo es “que te pillen copiando”.

En un artículo publicado en El Mercurio el día de Año Nuevo, sostenía que la incertidumbre había sido generada por el estilo intransigente exhibido por el Gobierno en su primer año. Aunque no se ha producido un cambio de gabinete, quizá la de ahora sea una coyuntura adecuada para ese cambio de estilo. Puede ser que la nueva comisión anticorrupción, que rompe con el paradigma de las mayorías, como subrayaba Carlos Peña en El Mercurio este domingo, sea el primer indicio de un cambio.

Hay tres cosas que el Ejecutivo podría plantearse para señalizar un cambio de estilo y de paso mejorar el ambiente económico en Chile. Primero, revisar a fondo la reforma tributaria. Incluso podría avanzar en la dirección de implantar en el país una tarifa plana tributaria que iguale o acerque los tipos de los impuestos de sociedades y de la renta. No sería ninguna herejía ya que el Partido Socialista Obrero Español propuso la implantación de un tipo único en 2004.

En segundo lugar, crear una comisión para volver a analizar la reforma laboral desde la perspectiva del crecimiento y la cooperación en vez de desde la que estimula la confrontación social.

Y en tercer lugar, cambiar el discurso oficial. Dejar de criminalizar a los contribuyentes, que son los ciudadanos. Dejar de criminalizar a los dueños de colegios concertados. Dejar de criminalizar a los empresarios. Prometer que se van a construir consensos eficaces y eso sólo se puede hacer desde la Presidencia de la República.

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Los casos de corrupción se producen en la zona de contacto entre lo público y lo privado, entre el Estado y el sector privado. Es evidente que mientras más amplia y más opaca sea esa zona de contacto, más probabilidades existirán para que haya corrupción. La derivada es lógica: mientras más activo se muestre el Gobierno en regularlo todo, mientras más recursos reclame vía impuestos de la sociedad, es decir mientras más amplia sea la acción del Estado, más zona de contacto existirá y las fricciones serán mayores. Más callejones oscuros surgirán en las esquinas del Estado para que los cazadores de rentas puedan medrar.

Voy a leer un párrafo reciente del profesor Benito Arruñada que El País ha publicado bajo el título tópico de ¿Más o menos Estado? En realidad el título original de Arruñada era mucho mejor, se titulaba La Excusa del Buen Gobierno. Dice así: “Cuanto mayor es el campo de decisión de políticos y funcionarios, más favores distribuyen y más fuertes son sus tentaciones. De ahí que la corrupción esté tan ligada al peso del Estado. Para reducirla, los gobernantes deberían tomar menos decisiones, pero el español aún cree que el Estado es la solución de todos sus problemas, y los políticos le dan lo que pide. Igualmente, lejos de limitar la actuación del Estado, muchas propuestas de regeneración sólo buscan mejorarla, dando por supuesto que ello es posible”.

Lo peor es que estos casos nos brindan una gran ocasión de cometer más errores. Se habla, por ejemplo, de imponer la financiación estatal de la política. ¡Otra vez el Estado como solución cuando la evidencia es la contraria! En España y en Italia existe la financiación pública de la política y eso no ha evitado los escándalos. Incluso con fuertes subvenciones públicas, los partidos han generado esquemas corruptos para mantener una financiación paralela

El modelo norteamericano de financiación política, basado en la libertad y transparencia total, está funcionando y pienso que genera menos corrupción que el modelo de intervención pública.

El problema real está en que la política se ha vuelto carísima. El presupuesto de la última elección midterm en EEUU superó los 6.000 millones de dólares. Quizá sería más inteligente trabajar en medidas que abaraten efectivamente la política que en pagarla con dinero público.

Lo que más me ha llamado la atención de los casos recientes es la implicación delictiva de funcionarios públicos y lo poco que se habla de medidas para incrementar la probidad de estos servidores. ¿Ha realizado el Servicio de Impuestos Internos una investigación introspectiva tras descubrir que había funcionarios suyos implicados? ¿Tiene este organismo un departamento de asuntos internos que garantice que no hay más corruptos en su plantilla? Esto plantea una cuestión muy interesante y que necesita una redefinición urgente en Chile: ¿Cuál es el ámbito de la política y cuál el del servicio civil? No es normal que un 30% o un 40% de las personas que han administrado el Estado salgan de sus puestos cuando cambia el Gobierno. Esto sólo ha sido visible cuando ha habido rotación real en el poder. Y no es una cuestión que se pueda resolver sólo con una política de incompatibilidades. Hay que trabajar bajo el principio de las mejores prácticas de gobernanza que asignan al político la facultad y el deber de fijar los fines y dejar que sean los funcionarios civiles los que actúen sobre los medios.

Todo esto que está sucediendo nos recuerda a los más viejos de este país los tiempos en que a los amigos y correligionarios se les prestaba el dinero público en mejores condiciones que a los demás –que bueno sería que el Banco del Estado hiciera público a quién y en qué condiciones se le presta el dinero de los contribuyentes-, o cuando las carreteras se rompían de un año para otro porque constructores inescrupulosos usaban malos materiales en las contratas públicas. Tomo del libro El cascabel al gato de José Piñera la intervención que hizo el presidente Frei Montalva en 1968 sobre la seguridad social chilena: “Hay dos mil leyes sobre previsión en Chile…Sin embargo, el ejecutivo no tiene medios de parar esta monstruosidad. En cada grupo de previsión hay muchas leyes con nombre y apellido. En Chile hay 30 cajas de previsión y 70 servicios de bienestar en organismos complementarios de seguridad social. Hay casos fabulosos. Los hípicos tienen nueve cajas de previsión. La Caja de los Ferrocarriles del Estado existe sólo para pagar asignaciones y préstamos, es decir, un absurdo. Hay dos mil cien empleados de notarías y archivos judiciales que han sacado 27 leyes de previsión”.

Curiosamente lo que ha fallado estrepitosamente en Chile no ha sido el mercado sino la política. Primero se conformó con reducir a meros clientes a los ciudadanos. Como los malos futbolistas, aquellos que no saben jugar al fútbol sin balón, los políticos no supieron participar en el partido sin mangonear desde el Estado. Como el paradigma entonces era que éste fuera chico y mandara poco, dieron un paso al lado y abandonaron la gestión de las cuestiones cívicas, entre las cuales una de las más importantes era la participación ciudadana que se veía limitada por la existencia de dos Chiles: el de los inscritos y el de los no inscritos. Estos dos tipos de ciudadanos se vieron interpelados desde el poder como meros usuarios del país y no como sus legítimos accionistas, que es lo que son. Después, percibido el descontento, la clase política ha reaccionado a la antigua: ofreciéndose a intervenir para, teóricamente, igualar la cancha, repartiendo bonos y subvenciones, ofreciéndose a pagar la cuenta de la educación, fijando los porcentajes de música chilena que se deben oír, expropiando el tiempo de los estacionamientos. Cuando lo que realmente ha faltado es construir un discurso para el ciudadano, que recargara sus valores cívicos, y que atendiera a una de las quejas de éstos que no se quiere oír: los chilenos denuncian que no se les respeta. Pero esa falta de respeto lleva los ecos del viejo clasismo chileno. No es el mercado el que no les respeta y los trata desigualmente, sino una élite bien conectada a través de la política y los negocios que recibe un trato diferenciado de las instituciones, que se salta las reglas del mercado y que perciben que gestiona el país. Esa élite olvida que en el mundo moderno los países son “casas de vidrio” y que la soberbia es mala consejera para transitar por ellos.

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Hay un elemento común a tres países cuya evolución sigo por motivos personales y profesionales: me refiero a España, Chile y Grecia. Los tres han transitado de la dictadura a la democracia en los últimos 40 años y hasta ahora los expertos juzgaban que lo habían hecho con éxito. Sin embargo, en el último tiempo ha florecido en estas tres naciones un discurso que considera que la transición no ha sido más que el segundo tiempo de la dictadura. En Grecia, ese discurso forma parte del acervo de Syriza. En España lo ha traído al debate público el nuevo partido Podemos y, en Chile, miembros de la Nueva Mayoría.

Este discurso presupone que la historia ya estaba escrita y que todo quedó atado y bien atado hace décadas. La situación actual, que no es siquiera comparable en los tres países, pero que tiene este discurso como característica común, sería un legado ominoso.

Afortunadamente, todos sabemos que la historia no está escrita. La muerte de Adolfo Suárez hace no mucho permitió recordar que la historia de España hubiera sido muy distinta si el golpe de Estado del coronel Tejero hubiera tenido éxito. Como hubiera sido distinta si el país no hubiera entrado en la Unión Europea y el euro, o no hubiera vivido los atentados del 11 de marzo de 2004. Lo mismo se podría predicar de tantos hechos de la historia reciente de Chile. La historia, por el contrario, es un proceso incremental, donde los chilenos o los españoles de hoy se alzan sobre los hombros de los chilenos y españoles de ayer, con todos sus aciertos y con todos sus errores.

Muchas gracias