Pongamos que hablo de David

Allá donde se cruzan los caminos de la economía, las matemáticas y la estadística estaba la patria intelectual de David Taguas. Conozco a muchos economistas españoles y ninguno es tan apasionado y vehemente como era Taguas, con ese vozarrón ronco y quebrado. Tenía además una cualidad extraordinaria: era tan cordial en el trato que te hacía sentir único. Cuando falleció yo me di cuenta de que decenas de otros periodistas bebían de las fuentes de su sabiduría, pero cuando hablábamos y discutíamos -normalmente a alta horas de la noche porque él era como el búho de Minerva que sale a volar al atardecer, según nos dijo Hegel-, me hacía sentir único.

La semblanza más completa de David la hizo su amigo César Molinas en el prólogo de su único libro en solitario –Cuatro bodas y un funeral– cuyo título hoy nos parece una jugarreta del destino. Decía Molinas que el nombre de David Taguas “es indisociable de la historia del uso de técnicas de economía cuantitativa para el análisis, diseño y evaluación de la política económica en España”. Si alguien podía tener un dato o realizar una simulación económica era él. Su amor por el empirismo era un factor extraño en un entorno donde es más habitual pastelear con argumentos políticos que con verdades económicas.

Quiero subrayar esto porque David, aficionado obsesivamente a medir y cuantificar, nunca cayó en ese cientificismo que criticó Hayek cuando recibió el Premio Nobel en 1974. David creía en el empirismo como base del conocimiento económico, pero nunca perdió de vista que la conducta humana es azarosa. Y lo quiero subrayar porque esa advertencia de Hayek ha dado lugar a líneas de pensamiento que desprecian auxiliarse con las matemáticas. El debate económico se libra así en un terreno donde pesan más la ética y la retórica. Estas son importantes, pero en ese campo se citan con gran eficacia los neopopulismos, que en los próximos meses insistirán en subvertir los principios de la economía al descubrir que éstos son el punto más débil de su estrategia política.

Qué gran contendiente hubiera sido David Taguas en estas batallas de la actualidad contingente. Cuánta falta nos hacen él y sus fascinantes modelos matemáticos. Taguas sabía que la consolidación fiscal en España no está asegurada. Que el proceso planteado por Cristóbal Montoro se ha quedado corto en cuanto al recorte del gasto y que se apoya demasiado en el aumento de ingresos. Creía que era indispensable que el Estado dejara de drenar recursos del sector privado para que éste pudiera afrontar con éxito su indispensable desendeudamiento que, por lo demás, es la clave de bóveda de esta crisis. Por eso, cuando le preguntaron en la presentación de su libro qué tres medidas tomaría para salir de la crisis, no dudó un segundo: un recorte del gasto de cinco puntos del PIB, una fuerte rebaja de impuestos y un contrato laboral único.

Como otros colegas cuando David murió perdí a una magnífica fuente, pero también a un maestro que me estaba enseñando a amar la economía. Pero más perdió España, porque David era sobre todo un patriota que rindió grandes servicios a nuestra economía de las maneras más variadas. Creo que la presencia hoy aquí del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero y de la ex presidenta de Madrid Esperanza Aguirre demuestran que Taguas había vulnerado todas las líneas visibles e invisibles del sectarismo político. Esto ponía muy nerviosos a algunos ministros del presente y del pasado. Con los años experimentó una marcada deriva liberal. Pienso que era uno de los baluartes del pensamiento liberal progresista o progresista liberal, como le gusta decir a Zapatero. Su frescura a la hora de argumentar y su honestidad intelectual habían despertado una considerable atracción entre los jóvenes que habitan en las redes sociales.

Taguas tenía claro que esta larga crisis no tenía una, sino muchas caras. Su diagnóstico fue claro y potente: estamos ante una crisis mutante. Y desgraciadamente, nos hemos equivocado una y otra vez en las medicinas. Por eso creo que su primer y último libro es una obra muy maciza, que sobrevivirá al corto plazo, y su legado merece ser preservado con actos como éste que celebramos hoy.

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