El peso de la incertidumbre política en Latinoamérica

(Una versión editada se publicó en El Mercurio de Santiago de Chile el 09.11.2014)

La “era de la nueva mediocridad” no sólo trae consigo menos crecimiento, como vaticinó hace un mes la directora del FMI Christine Lagarde, sino una gran incertidumbre política que puede poner fin al ciclo de progreso que ha vivido Latinoamérica. En muchos centros de análisis y think tanks europeos se aprecia que la política vuelve a ser un factor de desasosiego que pesa en las expectativas económicas. En otras coyunturas recientes, como la crisis financiera de 2008, la de las firmas puntocom o la crisis asiática, no fue así.

Entre los posibles ganadores en la actual coyuntura figuran la Alianza del Pacífico y países como Panamá, Colombia y México. Entre los perdedores, el Mercosur y naciones como Argentina y Venezuela. Añaden incertidumbre a este escenario bloques como el Alba y estados que antes no ofrecían dudas como Chile y Brasil. El rumbo que tome el segundo gobierno de Dilma Rouseff será clave para definir el futuro de la región.

La Alianza del Pacífico integrada por Chile, Perú, Colombia y México es la “niña bonita” de la mayoría de los analistas. Elogian su pragmatismo y los objetivos concretos que se ha fijado. A muchos les recuerda los inicios del proceso de construcción europeo. Los miembros son países democráticos, con estabilidad institucional y que han apostado por economías abiertas y mercados liberalizados. Suman casi 200 millones de personas, comparten el mismo idioma –el castellano es la segunda lengua de la cuenca del pacífico tras el mandarín- y tienen relaciones comerciales fuertes con bloques principales como EEUU, Asia o la Unión Europea (UE). “Además, aunque se llame Alianza del Pacífico, sus cuatro miembros son buenos representantes de los valores atlánticos, los de la democracia liberal”, subraya Guillermo Hirschfeld, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos I.

“Aunque dista mucho de ser un mercado único, y quizás no lo sea nunca”, dice Jill Hedges, analista senior de Oxford Analytica, “las exportaciones de la Alianza ya son significativamente mayores que las del Mercosur (unos 574 mil millones de dólares frente a unos 438 mil millones en 2013), aunque el intercambio comercial dentro del bloque sigue siendo mucho más modesto: unos 13 mil millones de dólares en 2013 para la Alianza, en comparación con unos 56 mil millones para el Mercosur”.

“Sólo por la cantidad de países y organismos que han pedido ser observadores de la Alianza queda clara su superioridad sobre el Mercosur”, añade Carlos Malamud, investigador del Real Instituto Elcano de Madrid. Éste señala que en la Alianza hay dos países, México y Chile, que no sólo tienen muchos acuerdos de libre comercio, sino que disfrutan de tratados de asociación con la UE, “lo cual implica un diálogo político de mayor nivel”. También la Alianza es superior a Mercosur en cuanto a rendimiento económico. De los tres países cuyas previsiones de crecimiento redujo más el FMI, dos son del Mercosur -Argentina y Venezuela, que también es miembro del Alba- y sólo uno -Chile- de la Alianza.

Hedges también destaca este hecho: “A pesar del pronóstico reservado de crecimiento para toda la región este año, los países de la Alianza parecen más resistentes en general, sobre todo Colombia, que puede crecer cerca del 5% este año.  En parte su intercambio con EEUU es ya una ventaja, dada la recuperación de la economía estadounidense y la menor demanda de China”.

“México lo tiene todo para ganar en este bloque”, dice Hirschfeld. Es una nación bioceánica, con enormes potencialidades y si sus reformas cuajan será un actor privilegiado. Con la Alianza, México “se ha metido” en Sudamérica y eso supone un desafío a la cómoda hegemonía de Brasil. En su contra tiene la debilidad institucional en la lucha contra el narco y la violencia, que ha quedado en evidencia con la tardía reacción del presidente Peña Nieto en el caso de la masacre de Iguala.

Enfrente está el Mercosur, bloque que incluye a Brasil, una de las grandes incógnitas regionales. Carlos Malamud recuerda que frente a los múltiples tratados comerciales de la Alianza, el Mercosur apenas ha firmado tres: con Israel, con Egipto y con la Autoridad Nacional Palestina. El proceso de integración con la Unión Europea, además, se ha frenado. Y peor aún, las perspectivas económicas para Argentina, Brasil y Venezuela son malas.

“El carácter proteccionista del bloque, los frecuentes desacuerdos entre los miembros con respecto a sus intercambios (por ejemplo, el régimen automotor entre Argentina y Brasil) y las dificultades en terminar un acuerdo de asociación con la UE”, son sus mayores hándicaps, señala Hedges.

De los tres grandes países del Mercosur, dos están en crisis y un tercero en un punto de quiebre. La crisis de Venezuela es la peor ya que es un foco de inestabilidad para la región. La última vuelta de tuerca es que el gobierno de Nicolás Maduro tiene que importar petróleo en un país que tiene las mayores reservas mundiales de crudo pesado. Tampoco puede cubrir algunas necesidades básicas de la población. “¿Cuánto puede aguantar Venezuela sin un cambio?”, pregunta Malamud. “¿Qué ocurrirá cuando los militares comprueben que han sido desplazados del centro del poder? ¿Hasta dónde apoyarán los cubanos a Maduro?”.

“Venezuela es un régimen que parece democrático, pero no cuenta con legitimidad y no garantiza ciertas libertades, como la de prensa, ni la separación de poderes que permita la actuación de una Justicia independiente”, dice Hirschfeld. Sin embargo, la oposición a Maduro está desunida y ningún país o grupo de países ha ejercido la suficiente presión diplomática ante los abusos que el Gobierno está perpetrando contra los opositores.

“Las lecciones del peronismo son importantes en el desenlace que se produzca en Venezuela”, dice Malamud. “Si el chavismo se cuece en su propia salsa y colapsa, desaparecerá. Pero si es apartado o puede construir una coartada, seguirá como mito populista”.

Argentina, que siempre está coqueteando con una crisis fiscal, encara ya el fin de ciclo del kirchnerismo. No se sabe que ocurrirá primero. “En Argentina todo es posible”, dice Malamud, que nació en ese país. La región ha aprendido a vivir sin contar con ellos: Colombia acaba de desplazar a Argentina del tercer lugar en el ránking del PIB de las economías latinoamericanas.

En cambio la situación de Brasil es clave. El país basó su desarrollo en la demanda interna y la exportación de materias primas. La primera ha tocado techo y la segunda está amenazada por la desaceleración global. Han faltado reformas oportunas. Y la ajustada victoria de Dilma Rouseff es un indicador de que el equilibrio de poder ha basculado desde el PT de Dilma al PMDB del vicepresidente Michel Temer. Un indicio del tipo de cambios que se demandan es que la poderosa patronal paulista, históricamente adicta al proteccionismo, está pidiendo reformas liberalizadoras y apertura al exterior. Será clave en estas definiciones el nombre del futuro ministro de Economía y Hacienda. “Casi con toda seguridad va a tener que implementar algunas políticas de ajuste en el 2015 que también pesarán sobre el crecimiento”, afirma Hedges.

El último bloque importante en Latinoamérica es el Alba, creado por la voluntad de Hugo Chávez y regado con petróleo venezolano. En él se inscriben Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y otros países más pequeños. “Casi no hay imagen de ellos por puro desconocimiento”, precisa Malamud. Hedges recuerda: “Alba cumple 10 años en diciembre, pero en un contexto en que goza de cada vez menos relevancia.  Nació como respuesta de Venezuela y Cuba a la idea de una Área de Libre Comercio de las Américas y se proponía la promoción del desarrollo colaborativo en la región. Sin embargo, ha sido siempre dependiente de Caracas, y sobre todo de Hugo Chávez, y tras su muerte y la situación actual en Venezuela ha perdido relevancia”.

Sus intentos de desarrollo institucional han tenido desigual fortuna. El Banco Alba ha hecho muy poco, con la excepción de Petrocaribe que consiguió proteger a muchos países del Caribe de las subidas del crudo (cosa que ya no ocurre al colapsar la producción venezolana) y del sistema SUCRE de “divisa virtual” para cubrir los intercambios dentro del Alba.

¿Hay espacio para la convergencia entre la Alianza y el Mercosur?, como proponía el ministro Heraldo Muñoz hace pocos días. Sólo Hirschfeld cree que sí. A su juicio es cierto que hay asimetrías entre los dos bloques, pero el diseño abierto y pragmático de la Alianza le permitiría alcanzar acuerdos concretos con cualquier otro país que se adaptara a sus reglas del juego. Uruguay y Paraguay, que son los miembros más pequeños del Mercosur, ya se han apuntado como observadores en la Alianza.

En cambio Malamud cree que “es difícil ver la compatibilidad de la Alianza con el Mercosur. No sólo por el número de acuerdos, sino por el papel de los empresarios y del Estado en cada bloque. Imponerle el Mercosur a la Alianza es acabar con ésta”. Se trataría, entonces, de pura retórica de Muñoz y la presidenta Bachelet destinada a contentar a países como Brasil.

Jill Hedges ve improbable dicha convergencia. “Los dos bloques están proponiendo mayor integración, para llegar en teoría a una zona de libre comercio que abarque toda la región y facilite las exportaciones a Asia. Sin embargo esa convergencia parece difícil, dado que la Alianza ya avanzó bastante más que el Mercosur en eliminar tarifas dentro del bloque e integrar las bolsas de comercio”.

¿Y el riesgo político? En septiembre pasado, el Strategic Survey del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, IISS) centraba su análisis regional en el papel de las clases medias. “Las transiciones democráticas en América Latina hicieron avances impresionantes en los últimos 30 años, pero siguen siendo una tarea inconclusa…  Con el boom de la clase media -que se expandió dramáticamente durante la década anterior- se elevaron las expectativas sobre los líderes elegidos y los servicios públicos. Y con la propagación de los teléfonos inteligentes vino la capacidad de movilizar rápidamente a un gran número de personas. Estos fenómenos empequeñecieron los avances logrados en los gobiernos y las instituciones. El resultado fueron protestas generalizadas en los lugares en los que la clase media creció más: Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Las consecuencias fueron visibles no sólo en las calles, sino en las urnas: abstención y votos en blanco empañaron las elecciones presidenciales en Chile y Colombia”.

Hoy, las clases medias son la gran excusa para las reformas en Chile, en Perú, en México y lo serán muy pronto en Brasil. América Latina reúne ingentes recursos naturales, tiene enormes reservas de agua dulce y capacidad energética y materias primas de sobra. Actualmente, el 25% de los 600 millones de personas que la habitan son jóvenes, recuerda Hirschfeld. “Si en 1950 había 300.000 universitarios, hoy hay 15 millones. Dos tercios de los latinoamericanos matriculados hoy son la primera generación que va a la universidad. Esto cambia la morfología social de un continente”.

Pero sigue siendo una región donde no se protege el talento y que tiene un déficit de innovación. Corea del Sur produce 10 veces más patentes industriales con 10 veces menos población que América Latina.

“Hay un sector muy amplio de la población que ya no es prisionera de los partidos, de los líderes o de las ideologías. Por eso los sondeos se equivocan tanto”, dice Hirschfeld. Adivinar en qué clave deben interpretarse sus deseos –si más intervencionismo estatal o más libertad- y cuál alternativa será más eficaz es lo que añade incertidumbre a la situación.

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