Vida, muerte y resurrección del teorema de Baglini

Por Eduardo de Miguel (@edemiguel) desde Buenos Aires

Ni sus propios compañeros de bancada imaginaron que el pedagógico Raúl Baglini (1949), entonces joven diputado oficialista del gobierno radical de Raúl Alfonsín (UCR, 1983-89),  terminaría eternizando su reconocida esgrima legislativa en todo un teorema de la política occidental moderna.

“Cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados políticos; cuanto más cerca, más sensatos y razonables se vuelven”, dijo en mayo de 1986 durante una maratónica sesión de la Bicameral de la Deuda Externa. Radicales en el gobierno y peronistas en la oposición discutían acaloradamente qué, cuánto, cómo y -si acaso- se debía rbaglinieconocer el terrible lastre que había dejado la bicicleta financiera promovida por la dictadura de la que salía el país.

Y es que el Teorema de Baglini debería llamarse el “Teorema de la Deuda”. En 1976, los militares habían tomado el poder en la Argentina con unos 8 mil millones de dólares de deuda externa. Tras los años de la plata dulce, lo habían entregado económicamente destruido y con más de 45 mil millones de deuda. En ese 1986, pagar sólo la mitad de los intereses (unos 2.400 millones de dólares) significaba entregar en cash casi un tercio de las exportaciones del país.

El peronismo reivindicaba en el Congreso el repudio liso y llano de la deuda heredada. Alfonsín había ganado las elecciones de medio término y hacia un primer esfuerzo por ordenar una economía sin inflación con el Plan Austral (1985), en línea con un intento similar de Brasil. Pero toda la región seguía endeudada hasta el cuello con los dólares baratos que habían sobrevolado a fines de los 70 (por qué será que uno tiende a asociarlo con la crisis del euro).

“A éstos les resulta fácil y popular repudiar la deuda, pero somos nosotros los que nos tenemos que hacer cargo, viejo”, pensó Baglini, y haciendo gala de su extraordinaria habilidad para exponer asuntos económicos ante el recinto parlamentario desarrolló su teorema en un pispás.

Después llegaría el Plan Brady porque hasta los bancos sabían que la deuda en Argentina (además de contraída por una dictadura) era realmente impagable. Pero sólo para dar paso a otro período de perverso endeudamiento con Carlos Menem: saltó de 65 mil a 120 mil millones de dólares, y escapó al crack vendiendo YPF a Repsol antes del gong. Seguiría el manotazo inservible del “megacanje” de Domingo Cavallo para ganar tiempo en 2001 con Baglini sentado otra vez en el Congreso, del lado oficialista “responsable” que justificaba el intento. Todo explotaría en la bacanal del default de 180 mil millones en 2002.

En 2003, el kirchnerismo convirtió entonces el Teorema de Baglini en un insulto aplicable a políticos cobardes que había que limpiar. Kirchner emprendió y cerró la más grande reestructuración (con quita) de la deuda que se conocería hasta la reciente griega. El Teorema de Baglini se ha roto, proclamó la Casa Rosada. La “cínica regla áurea de la clase política aborigen” ha muerto, sentenció el columnista preferido del oficialismo.

El Gordo Baglini, como se lo conoce todavía aunque luego adelgazó y dejó los trajes tamaño carpa, ha sido cuatro veces diputado y una senador. Hoy hace honor a su propio teorema esbozando posiciones conservadoras cuando se ve otra vez más cerca del poder, asesorando al precandidato también radical Julio Cobos (UCR), ex vicepresidente conservador de Cristina (2007-2011) excluido del oficialismo por exigir “sensatez” en la aplicación de impuestos al campo.

Pero Argentina no es un país fácil para los teoremas (ni para otros universales). Algunos de los bonos del megacanje de deuda fallido de 2001 son ahora los mismos que agitan los fondos buitres que acorralan a la sucesora del gran reestructurador, Cristina Fernández. Y a diferencia de Alfonsín, su gobierno ha radicalizado el discurso, en lugar de volverlo conservador, y desafía con orgullo juvenil al juez Thomas Griesa y a los fondos tenedores de deuda en default.

Desengañados, sin embargo, hay quienes juran haber visto resucitado al Teorema de Baglini (y no sólo a Baglini). Afirman, incluso, que nunca murió y cambian la vieja cita del ex diputado por una más actual de la Presidenta.

“Somos pagadores seriales de la deuda”, confesó varias veces Cristina, para justificar su firmeza ante el 3% de los acreedores que se negó a reestructurar. Hasta cierto punto, se la puede entender. La oposición argentina ha sido tan escuálida desde 2003 que el kirchnerismo, sin matarlo, neutralizó el teorema teatralmente ejerciendo los dos roles. Como si fuera un Harry Dos Caras que pintara de a ratos a Mariano Rajoy de un lado y a Pablo Iglesias del otro.

Igual, hay quien insiste en que Argentina pagó obedientemente a sus acreedores un dineral de bonos atados al crecimiento del PBI, cuyos índices incluso manipuló durante años hacia arriba para contentar a los tenedores y proclamar “tasas chinas” a un electorado que lo premió con el 54% de los votos en 2011. Y denuncian que el sector bancario fue el más rentable de la economía nacional en los largos años del modelo de “matriz productiva de crecimiento con inclusión social”.

Dicen, además, que el discurso radicalizado con los fondos buitres esconde un reendeudamiento ya no externo, sino interno, una bomba de relojería del tipo de la que dejó armada Menem. Que la relación deuda externa-PBI es muy baja, pero que fue sólo cambiada por deuda interna, una losa que volverá religiosamente conservador a cualquiera de los sucesores que pretenda domar la inflación (20 a 30%) y sacar al país del estancamiento en el que cayó por falta de inversiones.

Anuncian, en fin, que aunque Baglini no vuelva al Congreso ni siquiera al gobierno como asesor presidencial, su teorema volverá de entre los muertos. Si es así, para ese entonces, el kirchnerismo terminará de resucitar el teorema desde las bancas de la oposición.

Mientras haya deuda, habrá Teorema de Baglini. Quién sabe. Tal vez hayamos creado un nuevo teorema sin saberlo, como le pasó al Gordo.

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