Bienvenido terremoto

John Müller, Andrés González y Miguel Sebastián en la presentación del libro. Foto: @alexroa66

(Texto leído en la presentación del libro Economía a la Intemperie de Andrés González y Rocío Orsi, en Madrid, el 24 de febrero de 2015.  Fue copresentador de la obra el ex ministro de Industria Miguel Sebastián. Dirigió el acto el editor de Deusto, Roger Domingo)

Da la circunstancia de que ayer hubo un terremoto en España. De 5,4 grados en un pueblo de Albacete que se llama como una actriz ya muerta. Nací y me crié en Chile, el país que ha registrado el terremoto más poderoso de la historia, y por eso sé que los terremotos son importantes. Un terremoto permite que el hombre tome consciencia de su pequeñez ante la Naturaleza, cosa que en España olvidamos a diario. Más aún, que el hombre tome consciencia de su igualdad con los demás hombres en esa pequeñez.

Cuando vives un terremoto de verdad, descubres de pronto que no hay adónde escapar. Que ningún sitio sobre la Tierra es seguro, porque ésta es la que baila enloquecida. Que las  marquesinas que te protegen de las lluvias son trampas mortales. Que los muros que fortifican nuestra intimidad pueden ser sarcófagos. Que un techo bajo el cual caerte muerto es realmente eso: un sitio donde caerte muerto. Y ves que no sacas nada con correr más rápido que tu vecino de al lado, porque ninguno sabe para dónde correr.

O sea, que un terremoto te deja a la intemperie. Como dice el título de este libro que está la economía desde la crisis de 2008. Ese estar a la intemperie es un acierto que los autores atribuyen a Javier Muguerza, que se refería a lo muy a la intemperie que está la ética, porque la acción humana, por racional que sea, no está al abrigo de verdades permanentes.

En ese sentido, bienvenido sea el terremoto si va a servir para desnudar nuestra soberbia y hacernos más solidarios. A ver si algunos dejan de pretender ser los más ricos del cementerio, como indican las conclusiones de Piketty.

La mala noticia es que el Estado de Bienestar no puede evitar los terremotos. Así que este seísmo deja en evidencia todo el debate del Estado de la Nación. Tampoco habrá una marea de color que vaya a protestar donde un ministro porque no existe el derecho a no ser terremoteado.

Pienso que Andrés González pudo arreglar este acto geológico para apuntalar la presentación de su obra. ¡Qué mejor que un democrático seísmo para subrayar un trabajo donde pone patas arribas el marco epistemológico en el que se desenvuelven los economistas y los que escribimos de los economistas!

He dicho que este será el libro revelación de la crisis y explicaré por qué. (Antes que nada tengo que declarar que me fascinan la Economía, la Historia y la Filosofía, así que un libro escrito por un economista y una filósofa ya tenía muchos boletos para ser premiado. Pero vamos al fondo del asunto. ¿Por qué creo que será el libro revelación?) Primero porque cuestiona todas las certezas de la economía moderna. Y lo hace con eficacia y racionalidad. La economía no es una ciencia exacta y sus leyes en realidad las escriben los abogados. Segundo, porque esta incertidumbre es una oportunidad para rescatar la economía del ámbito de los expertos y traerla al debate cívico que es donde debe estar. Hay que convencer a los ciudadanos de que nadie cuidará mejor el fruto de su esfuerzo que ellos mismos. Eso se llama “madurez”. Tercero porque este trabajo defiende el capitalismo, una interpretación matizada del capitalismo, pero capitalismo en definitiva. Y en cuarto lugar porque este libro contiene un desafío lógico al demostrar que no tiene por qué haber un camino de salida de la crisis.

La lectura de este libro me llevó a este otro: Butterfield y la razón histórica. Y eso me permitió acariciar esta afirmación tan sorprendente y amenazadora a la vez: ¿Y si no hay salida a la crisis? ¿Y si no está escrito que esto vaya a terminar bien? Cuenta Rocío Orsi en su libro que Butterfield denunció esta “interpretación Whig de la historia” porque con ella se estudiaba el pasado con vistas al presente y no al pasado mismo. Se construye así un discurso ahistórico.

No voy a perder mucho de mi tiempo en explicar cómo este síndrome de la “interpretación Whig de la historia” está hoy presente en la vida española. Miremos ese discurso sobre la Transición que la define como el segundo tiempo del franquismo que se está haciendo tan popular. Me sentí muy reconfortado al leer en Infolibre el otro día a Juan Ramón Lucas, un colega con el que no tengo cercanía ideológica, un artículo que se titulaba “Vale ya con la tontería del 78”. Y decía: “¿Recuerdan en Podemos la matanza de Atocha? ¿Dónde estaban cuando nos manifestábamos en la calle y mataron, por ejemplo, a Arturo Ruiz?… Vale ya de despreciar aquel esfuerzo, vale ya de ningunear a quienes tuvieron el valor de renunciar y la generosidad de trabajar para el futuro, vale ya de la tontería del ‘sistema del 78’”.

Construir hoy un relato en el que la Transición parece una maquinación de nuestros abuelos es tan absurdo como juzgar a los protagonistas de esta crisis con lo que sabemos ahora. Por eso no tengo nada claro que el informe de los peritos permita probar de manera evidente que las cuentas de Bankia no reflejaban la imagen fiel de la crisis. Reflejaban lo que se sabía en cada momento, salvo que se pruebe que lo que se sabía estaba manipulado.

Si Zapatero y sus asesores hubieran tenido claro que la crisis iba a ser tan larga probablemente la habrían encarado de otra manera. Y como sostuvo en su libro el fallecido David Taguas, al que tanto hemos recordado en estos días del primer aniversario de su muerte, la crisis fue mutando, mostrando distintas caras. Pasó de ser una crisis de liquidez a una de solvencia, de ser una crisis que afectaba a los activos privados a enfocarse en la solvencia de los Estados europeos para desembocar en una crisis que hoy cuestiona la posibilidad de los bancos centrales de controlar el crecimiento.

No puedo marcharme sin hacerle una crítica a Andrés. En el ritual del Seppuku japonés, como el afectado no siempre moría rápidamente, se designaba un ayudante en el suicidio, el kaishaku. Yo reclamo el derecho de haber inventado las auténticas presentaciones-suicidas en España, donde un ministro y un ex ministro pueden venir y hacer de kaishakus con el autor del libro o con sus ideas. Agradezco a Miguel Sebastian que lo hiciera con mis afirmaciones y no con mi cuerpo.

En fin, al grano, si hay una crítica que puedo hacerle a Andrés es que como Piketty, ignore el valor del capital humano. Lo soslayas tanto en el capítulo en que analizas el capital como en el conjunto de la obra. Me parece un error puesto que el capital humano, unido al efecto democratizador de internet, es uno de los grandes factores de riqueza en el mundo moderno. Pienso que algunas de vuestras sagaces conclusiones podrían enriquecerse con una visión más amplia del capital humano.

Por último señalar que la obra me pareció muy interesante desde el punto de vista económico, pero que donde me cautivó realmente fue en las partes que son sin duda aportación de Rocío. Tras la lectura de Butterfield… me parece que fui capaz de reconocer las principales ideas que alentaba. Noto la fuerza de sus convicciones en muchas de vuestras sentencias. Lamento enormemente no haberla conocido. Comencé a leer el libro más o menos en las fechas de su muerte. Y el descubrimiento de que una pensadora tan potente estaba a mi alcance me provocó un enorme estremecimiento, como un terremoto moral. Mi esposa es testigo del enorme desasosiego y de la tristeza que se apoderó de mí. Con su marcha, hemos perdido una mente privilegiada. Qué gran suerte tuviste, Andrés.

Muchas gracias.

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