Lo que ha fallado en Chile no ha sido el mercado sino la política

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(Sentados) Guillermo Tagle, el ministro chileno de Hacienda Alberto Arenas, el empresario Bernardo Larraín y (de pie) John Müller.

[Texto presentado en el Foro de Icare (Instituto Chileno de Administración Racional de Empresa) denominado “¿Cómo viene el 2015? el martes 17 de marzo de 2015. Esta versión incluye en un color distinto los siete párrafos que fueron omitidos por el autor debido a que se había excedido en el tiempo marcado para su intervención. Aquí el vídeo del acto.]

Acabo de presentar en Madrid un libro cuya lectura recomiendo y que me parece imprescindible. Se trata de Economía a la intemperie, obra de mi amigo Andrés González, economista, y de su esposa, la filósofa Rocío Orsi, desgraciadamente fallecida poco después de acabar la obra. Este trabajo plantea una cuestión inquietante: ¿Por qué asumimos automáticamente que el futuro es la mejor alternativa? ¿Por qué damos por supuesto que hay una salida a las crisis? ¿Y si resulta que no fuera así?

Este sesgo del hombre moderno a favor del progreso es el que el historiador inglés Herbert Butterfield criticaba en su opúsculo de 1931 La interpretación whig de la Historia. Arremetía en él contra los intelectuales que buscaban en el pasado argumentos para glorificar el presente y, sobre todo, para dar la razón a los defensores del parlamentarismo constitucional que eran precisamente el ala whig de Westminster en aquel entonces. Esta reescritura del pasado además de ahistórica buscaba justificar el adanismo que invade la política actual.

Hecha esta advertencia, paso a describir mi visión de la situación actual.

Qué duda cabe que el gran factor que ha irrumpido en el escenario global ha sido el desplome del precio del petróleo. Su impacto geopolítico es enorme. No parece que sea suficiente para ahogar al Estado Islámico en Oriente Medio, pero sí es posible que mantenga contra las cuerdas al gobierno de Maduro en Venezuela, cuya subsistencia es muy dudosa. También está haciendo un daño considerable a la Rusia de Putin, cuya economía retrocederá un 3% en 2015, lo cual no significa necesariamente que no se produzca una agudización del conflicto de Ucrania.

Sus efectos económicos son enormes. De hecho, la bajada del petróleo está enmascarando una situación de estancamiento económico que es peor de lo que pensamos. Los que han hecho reformas estructurales crecerán más (es el caso de EEUU y de España, por ejemplo) y los que no las han hecho, que son la gran mayoría, caerán menos. El FMI advertía que el gran problema es la caída de la inversión y la disminución del crecimiento potencial. Y la bajada del petróleo no incentiva a los países a abordar reformas que mejoren ese crecimiento.

El caso de EEUU es interesante. Está creciendo y creando empleo. Curiosamente esto se atribuye a la política monetaria de expansión cuantitativa y nunca se le da crédito a otro factor que ha mejorado brutalmente su competitividad pero que es odiado por los medioambientalistas: el fracking. Esta actividad ha convertido a EEUU en un exportador de hidrocarburos, disminuyendo su dependencia y mejorando los costes energéticos.

¿Cuánto durará la era del petróleo barato? El mercado del crudo es uno de los más imperfectos y manipulados de la Tierra. Lo que está claro es que el factor geopolítico es muy importante y tiene que ver con el nuevo espacio que los dirigentes saudíes quieran ocupar en el mundo. La nueva independencia energética de EEUU ha modificado el alcance del pacto del Quincy alcanzado entre Roosevelt y el fundador del reino saudí, en febrero de 1945.

La política monetaria es el segundo gran elemento que da forma a la coyuntura económica. El cambio de sentido de las mareas monetarias al que obliga el desmantelamiento de la política de Quantitative Easing de la Reserva Federal será el gran protagonista de los próximos años. Ya hay efectos concretos: hasta 24 bancos centrales han bajado tipos en lo que va de año, el último ha sido el de Corea del Sur. Entre las decisiones más importantes está la del Banco Central Europeo de iniciar, con seis años de retraso respecto de EEUU, una política expansión cuantitativa que es lo que está detrás de la reciente depreciación del euro. Esto forzó a Suiza a convertirse en el primer país que abandonó el euro al anular la política de paridad mínima del franco suizo con la moneda europea. Todavía falta verificar lo que suceda con los países emergentes, especialmente en Latinoamérica, donde sólo Perú ha bajado tipos en enero pasado.

Un efecto importante de la política monetaria acomodaticia es la burbuja de activos y deuda que se ha inflado en el mundo y especialmente en Europa. No tiene ningún sentido que estados como el español, que están a punto de superar un endeudamiento público equivalente al 100% de su PIB, sigan financiándose a bajísimo coste pese a que no han controlado su déficit público. Lo mismo sucede con otros países desarrollados con altísimo endeudamiento y bajísimo crecimiento potencial. Se da así la paradoja de que los ahorros de los países emergentes están financiando el bienestar de los europeos.

Pero hay más fuerzas en presencia, aunque algunas no se vean a primera vista. Las destaco porque me parecen importantes:

El debate de la desigualdad y sus efectos: Los trabajos de Thomas Piketty han posado la mirada en el capital y no en las rentas al hacer popular la idea de que el primero tiene un mejor retorno que las segundas. Aunque ahora Piketty ha clarificado que hay elementos institucionales y políticos que gravitan sobre la desigualdad de manera más importante que su famosa fórmula r > g, todo indica que el futuro debate tributario girará en torno a gravar stocks de riqueza y no flujos.

También juega a favor de esto la política monetaria: los bajísimos tipos de interés del dinero han alterado el valor de los activos, creando una falsa impresión de riqueza. Su normalización causará problemas. Defender el precio de esos activos impedirá financiar otros proyectos y generar nuevas rentas. Ante la acuciante falta de rentas no quedará más remedio que poner nuevos impuestos a la riqueza.

Por último subrayar que el debate sobre la desigualdad ha acallado otra discusión, quizá más importante: la del crecimiento, o mejor dicho, la de la falta de crecimiento El mayor factor de justicia social ha sido el crecimiento económico propiciado por el capitalismo y no el reparto. Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, reinterpretó la Gran Recesión con su expresión secular stagnation (estancamiento secular). Hablaba de que tal vez la economía de EEUU haya llegado a un punto en el que su potencial de crecimiento sea demasiado bajo como para poder sostener crecimientos del PIB per cápita sin políticas monetarias permanentemente expansivas; es decir, que sólo podría mantener un crecimiento aceptable creando burbujas. Y, aun así, ese nivel de crecimiento no sería demasiado elevado.

Ahora Summers habla de “crecimiento persistente sin empleo”, es decir el problema que se está planteando en economías que están saliendo de la crisis pero no crean empleo o incluso lo destruyen. Este economista sugiere que se trata de un fenómeno ligado a los avances tecnológicos que están sustituyendo fuertemente a los humanos.

El bienestar huye de Europa: Cuando Angela Merkel habla de la necesidad de hacer reformas estructurales para salvaguardar el modelo social europeo lo hace porque es plenamente consciente de que los Estados del Bienestar (con su educación, pensiones y sanidad universal) son insostenibles en el largo plazo. Lo son fundamentalmente por el factor demográfico y porque, de alguna manera, el bienestar huye de Europa porque otras partes del mundo lo están demandando de manera creciente. Y esa demanda se manifiesta en la forma de una demografía más vigorosa.

España, por citar un caso que conozco, perderá 2,6 millones de habitante la próxima década. Pero este balance no afecta a la pirámide población de manera igualitaria. En 2023 habrá 1 millón menos de niños menores de 10 años que en 2013. Pero habrá 1 millón y medio más de mayores de 65 años. Y el segmento de 20 a 49 años, donde está la fase más productiva de las personas, se reducirá en 4,7 millones.

El modelo económico español, cuyo crecimiento se produce por la demanda interna, tendrá que apoyarse en otros factores porque la España de 2023 será más vieja que la de hoy y se ha comprobado que los mayores gastan menos. Eso augura cambios desde el marketing hasta la sanidad. Y nuevos debates si tenemos en cuenta que según datos de la propia Sociedad Española de Oncología el 90% del gasto sanitario en los pacientes oncológicos se produce en los 6 últimos meses de vida y el 46% del gasto total en los últimos 2 meses de vida del paciente .

Neoproteccionismo: El proteccionismo, en realidad, nunca se ha ido. Durante años se dijo que si algo habíamos aprendido de la crisis de 1929 fue a huir del proteccionismo y de la falta de liquidez. Se ha inundado el mercado con dinero pero surgió un proteccionismo oculto: el proteccionismo financiero. No se puede denominar de otra forma lo que ocurrió en los mercados de capitales europeos durante la reciente crisis del euro. Hoy, aún quedan rescoldos y el proteccionismo se ha trasladado a la política monetaria.

Quisiera destacar un país: Turquía. Es una nación que está jugando un papel excepcional en el concierto mundial. No sólo es  clave en el actual equilibrio geoestratégico global, sino que está desempeñando un papel humanitario importantísimo sin la menor queja. Lo defino como “país interface” porque igual que un programa informático hace comprensible la actividad de un ordenador para el hombre, Turquía está conectando mundos muy diversos (el orden occidental con el caos de Oriente Medio, el Islam con el Cristianismo, la paz de Europa con la violencia de Siria e Irak, las ambiciones de Rusia con el equilibrio del Mediterráneo, el nuevo mundo ruso-asiático con Europa…) y lo hace de manera muy eficaz y hasta gana dinero gracias al efecto frontera que esto produce en su economía.

Turquía, en vez de encerrarse en sí misma y blindar sus fronteras para protegerse, está absorbiendo todos esos shocks, procesándolos y traduciéndolos para todos, demostrando una capacidad de cooperación enorme.

* * *

La situación de Chile: El gran asunto del que se habla hoy en Chile es de la corrupción. Esto ha venido a ocultar que el Gobierno de Michelle Bachelet entró en 2015 en un compás de espera que se parece mucho a la tierra de nadie. La intensidad con que aplicó sus reformas en el primer año erosionó la confianza de la sociedad, sembró la incertidumbre entre los empresarios hasta el punto de que el crecimiento ha caído en 2014 a menos de la mitad del registrado en 2013, e instaló en la política chilena un paradigma que desincentiva la cooperación y la búsqueda del consenso a cambio de la imposición del criterio de la mayoría.

Cuando uno asiste al debate en Chile, da la impresión de que este país limita al norte con Suecia, al Este con Alemania y al noreste con Suiza, es decir, con el promedio de la OCDE. Estamos todo el día comparándonos con la OCDE. El problema es que para tener Suecia se necesitan suecos. En ese sentido, al instalar este nuevo paradigma, el Gobierno está desperdiciando la gran oportunidad histórica que se había dado este país de alcanzar el desarrollo. En el promedio de la OCDE lo más ejemplar había sido hasta ahora el modelo chileno. Un modelo mucho más original que los demás. Y cuando ellos nos empezaban a mirar para copiar nuestras instituciones, de pronto hemos decidido ponernos a importar una agenda socioeconómica que por lo demás se quiere imponer unilateralmente.

Apenas ha existido voluntad para rectificar la reforma tributaria. Debo admitir que he estado en Chile en marzo de 2014, en agosto, en octubre y ahora y he notado que el discurso del ministro de Hacienda ha cambiado en los últimos meses, pero en ese momento no lo hizo. La justificación de la reforma ahora ya no es aumentar el gasto social en educación sino hacer más eficaz el sistema de recaudación tributaria, según ha dicho la presidenta hace unos días. Esto no es lo mismo. La reforma educativa sigue presa en su desenfoque original: es una reforma del gasto más que una reforma educativa. Cuando se empiece a hablar de las nuevas habilidades que necesitan los jóvenes chilenos para afrontar el futuro se habrá terminado este mandato presidencial.

Y en la recámara está la reforma laboral destinada a privilegiar al lobby sindical y a ligar el incremento de las remuneraciones a la capacidad de daño que se le pueda infligir a una de las partes -el empleador- en vez de mantenerla vinculada a los aumentos de productividad como manda la lógica económica. He visto funcionando mercados laborales como el que define esa reforma y voy a decir una sola cosa: no funcionan. Sólo reparten el desempleo. Si Chile quiere tener un paro estructural del 14% al 18% -cosa que más adelante diré por qué es insostenible- sólo tiene que imitar la legislación laboral española con su negociación colectiva: una auténtica máquina de destruir empleo que ha generado más de 5 millones de desempleados.

Los institucionalistas como los profesores Acemoglu y Robinson siempre destacan el papel de las instituciones en las sociedades exitosas. En ese sentido, el mercado libre es una de las mejores  instituciones que se ha podido ofrecer a los chilenos en los últimos 40 años. El mercado es el gran articulador social de la nación, en nuestro país cumple un papel que no tiene nada que ver con el que realiza en los demás países de la OCDE. Los chilenos hacen su vida en el mercado: en él desarrollan libremente su vida profesional, se educan, cumplen sus sueños, se casan, adquieren bienes y servicios, se enriquecen y también se arruinan. Pero el mercado es un terreno de juego donde, pese a las desigualdades, los chilenos saben que el dinero de un rico y de un pobre vale igual, sin importar su apellido, cosa que no está nada clara que ocurra en otros ámbitos. Por eso hacer trampas en el mercado debería ser delito de lesa libertad.

Y como el mercado es el gran articulador social, el empleo se convierte en el gran factor de socialización de la población adulta. Quedarse sin trabajo en Chile es mucho más grave que en otros países porque supone caer en la marginalidad, significa desengancharse de la Nación. Por eso es tan importante que el país mantenga una tasa de crecimiento que sostenga un alto nivel de empleo. Incorporar nuevas rigideces al mercado laboral no va a ayudar a ello.

Recordemos lo que antes decía Summers sobre el “crecimiento persistente sin empleo”. Y yo me permito recordar que esto ya ocurrió en los años 70, cuando en una situación similar, de fuerte incorporación de tecnología a los negocios, EEUU recicló rápidamente su fuerza laboral gracias a su flexibilidad mientras que Europa respondió endureciendo la legislación lo que incentivó aún más la sustitución de mano de obra por capital y empeoró los índices de desempleo en los 80.

Esa apuesta  ya está en marcha. Ayer me contaron que en el norte de Chile hay empresas mineras que manejan sus camiones y sus máquinas de carga utilizando la tecnología de los drones. Es decir, unos muchachos de 25 años, sentados en una oficina en el barrio El Golf de Santiago con aire acondicionado, hacen el trabajo de varios operarios en el desierto calcinante. No sé si el Gobierno es consciente de la destrucción de empleo que se producirá en las empresas donde la nueva legislación laboral puede resultar más crítica y que preferirán sustituir una mano de obra a la que el Gobierno incentivará para que cree conflictos por un pacífico capital tecnológico. Pienso en la minería, las salmoneras o la exportación de fruta.

* * *

Y entonces llegaron los escándalos de corrupción. La literatura académica demuestra que la corrupción política daña a los países, sobre todo reduciendo la inversión y el crecimiento como ha demostrado Paolo Mauro (1995). Una mejora equivalente a la desviación típica en los índices de corrupción (pasar por ejemplo de 6/10 a 8/10) causa un aumento de la inversión de más de cuatro puntos porcentuales y el PIB crece medio punto porcentual en términos anuales.

La corrupción también altera la asignación del talento. Allí donde la captura de rentas es más lucrativa que la actividad productiva, los mejores y más educados se dedican a lo primero.

La corrupción también reduce la efectividad de las transferencias de ayuda a los países en desarrollo. De manera similar, en el ámbito nacional, reduce la efectividad de las transferencias a los más desfavorecidos.

La corrupción erosiona la recaudación fiscal cuando toma la forma de evasión fiscal.

La corrupción puede desestabilizar la política fiscal de un país, especialmente allí donde el Estado puede proporcionar crédito a través de bancos o institutos públicos.

La corrupción puede provocar un deterioro de la calidad de las infraestructuras públicas y los servicios.

La corrupción puede afectar la composición del gasto del Gobierno. Hines, por ejemplo, comprobó en 1995 que la venta internacional de aviones militares era una actividad particularmente susceptible de ser corrompida.

Existen estudios que demuestran que la corrupción perjudica sobre todo el gasto educativo: una mejora equivalente a la desviación típica está asociada con un aumento de medio punto del PIB en el gasto en educación.

Los estudios no son concluyentes sin embargo con esta cuestión: ¿Es la corrupción la que modifica el gasto público o es el gasto público el que modifica la corrupción? De hecho no se sabe si los gobiernos corruptos dictan más normas sólo para tener más callejones oscuros donde cobrar sobornos.

Los casos de corrupción que hoy se conocen en Chile son de dos tipos: uno tiene que ver con la financiación de la política, que es el caso Penta, y otro tiene que ver con el tráfico de influencias y la política de incompatibilidades, que es el caso Caval, donde quizá sea difícil probar la existencia de un delito, pero va a resultar complicado encajar un pelotazo multimillonario como el de Machalí, dado por el hijo de la presidenta de la República, en la sociedad igualitaria que preconiza la Nueva Mayoría.

A estos dos habría que sumar el caso SQM donde, según diversas fuentes, habría otros 40 políticos que habrían emitido “boletas ideológicamente falsas”.

Estoy seguro de que Chile no era tan limpio y honorable como pensábamos, ni es tan corrupto como parece hoy. Me parece significativa la repulsa ciudadana que vemos en Chile. En España también la hubo, pero fue curioso que muchos políticos acusados de corrupción fueran reelegidos en sus cargos. Realmente la crítica social sólo cobró entidad cuando la crisis económica se extendió por el país. Entonces fue cuando se percibió la desgracia que supone que todos los partidos políticos “empaten” en casos de corrupción. Eso es el famoso “y tú más” que obliga a los ciudadanos a escoger entre Calígula o el caos. Es en ese momento extremo cuando han surgido partidos populistas como Podemos, cuyos promotores tienen una gran afición a mencionar la guillotina.

La combinación de corrupción y crisis económica es mortal para las instituciones. No hay que olvidar que la gran corrupción se asienta en conductas sociales. Es muy irresponsable atribuir toda la culpa de la corrupción a los políticos cuando es la sociedad la que da sustento a esas conductas. En España, por ejemplo, la familia es una institución que muestran una gran tolerancia hacia ciertas conductas corruptas como el evadir el IVA o cobrar el salario en dinero negro. Otra vez: necesitamos suecos para tener Suecias. ¿Por qué los ministros alemanes dimiten por plagiar sus tesis doctorales? Porque a los alemanes desde kínder se les enseña que “copiar es malo”. En cambio los países latinos enseñamos que lo malo es “que te pillen copiando”.

En un artículo publicado en El Mercurio el día de Año Nuevo, sostenía que la incertidumbre había sido generada por el estilo intransigente exhibido por el Gobierno en su primer año. Aunque no se ha producido un cambio de gabinete, quizá la de ahora sea una coyuntura adecuada para ese cambio de estilo. Puede ser que la nueva comisión anticorrupción, que rompe con el paradigma de las mayorías, como subrayaba Carlos Peña en El Mercurio este domingo, sea el primer indicio de un cambio.

Hay tres cosas que el Ejecutivo podría plantearse para señalizar un cambio de estilo y de paso mejorar el ambiente económico en Chile. Primero, revisar a fondo la reforma tributaria. Incluso podría avanzar en la dirección de implantar en el país una tarifa plana tributaria que iguale o acerque los tipos de los impuestos de sociedades y de la renta. No sería ninguna herejía ya que el Partido Socialista Obrero Español propuso la implantación de un tipo único en 2004.

En segundo lugar, crear una comisión para volver a analizar la reforma laboral desde la perspectiva del crecimiento y la cooperación en vez de desde la que estimula la confrontación social.

Y en tercer lugar, cambiar el discurso oficial. Dejar de criminalizar a los contribuyentes, que son los ciudadanos. Dejar de criminalizar a los dueños de colegios concertados. Dejar de criminalizar a los empresarios. Prometer que se van a construir consensos eficaces y eso sólo se puede hacer desde la Presidencia de la República.

* * *

Los casos de corrupción se producen en la zona de contacto entre lo público y lo privado, entre el Estado y el sector privado. Es evidente que mientras más amplia y más opaca sea esa zona de contacto, más probabilidades existirán para que haya corrupción. La derivada es lógica: mientras más activo se muestre el Gobierno en regularlo todo, mientras más recursos reclame vía impuestos de la sociedad, es decir mientras más amplia sea la acción del Estado, más zona de contacto existirá y las fricciones serán mayores. Más callejones oscuros surgirán en las esquinas del Estado para que los cazadores de rentas puedan medrar.

Voy a leer un párrafo reciente del profesor Benito Arruñada que El País ha publicado bajo el título tópico de ¿Más o menos Estado? En realidad el título original de Arruñada era mucho mejor, se titulaba La Excusa del Buen Gobierno. Dice así: “Cuanto mayor es el campo de decisión de políticos y funcionarios, más favores distribuyen y más fuertes son sus tentaciones. De ahí que la corrupción esté tan ligada al peso del Estado. Para reducirla, los gobernantes deberían tomar menos decisiones, pero el español aún cree que el Estado es la solución de todos sus problemas, y los políticos le dan lo que pide. Igualmente, lejos de limitar la actuación del Estado, muchas propuestas de regeneración sólo buscan mejorarla, dando por supuesto que ello es posible”.

Lo peor es que estos casos nos brindan una gran ocasión de cometer más errores. Se habla, por ejemplo, de imponer la financiación estatal de la política. ¡Otra vez el Estado como solución cuando la evidencia es la contraria! En España y en Italia existe la financiación pública de la política y eso no ha evitado los escándalos. Incluso con fuertes subvenciones públicas, los partidos han generado esquemas corruptos para mantener una financiación paralela

El modelo norteamericano de financiación política, basado en la libertad y transparencia total, está funcionando y pienso que genera menos corrupción que el modelo de intervención pública.

El problema real está en que la política se ha vuelto carísima. El presupuesto de la última elección midterm en EEUU superó los 6.000 millones de dólares. Quizá sería más inteligente trabajar en medidas que abaraten efectivamente la política que en pagarla con dinero público.

Lo que más me ha llamado la atención de los casos recientes es la implicación delictiva de funcionarios públicos y lo poco que se habla de medidas para incrementar la probidad de estos servidores. ¿Ha realizado el Servicio de Impuestos Internos una investigación introspectiva tras descubrir que había funcionarios suyos implicados? ¿Tiene este organismo un departamento de asuntos internos que garantice que no hay más corruptos en su plantilla? Esto plantea una cuestión muy interesante y que necesita una redefinición urgente en Chile: ¿Cuál es el ámbito de la política y cuál el del servicio civil? No es normal que un 30% o un 40% de las personas que han administrado el Estado salgan de sus puestos cuando cambia el Gobierno. Esto sólo ha sido visible cuando ha habido rotación real en el poder. Y no es una cuestión que se pueda resolver sólo con una política de incompatibilidades. Hay que trabajar bajo el principio de las mejores prácticas de gobernanza que asignan al político la facultad y el deber de fijar los fines y dejar que sean los funcionarios civiles los que actúen sobre los medios.

Todo esto que está sucediendo nos recuerda a los más viejos de este país los tiempos en que a los amigos y correligionarios se les prestaba el dinero público en mejores condiciones que a los demás –que bueno sería que el Banco del Estado hiciera público a quién y en qué condiciones se le presta el dinero de los contribuyentes-, o cuando las carreteras se rompían de un año para otro porque constructores inescrupulosos usaban malos materiales en las contratas públicas. Tomo del libro El cascabel al gato de José Piñera la intervención que hizo el presidente Frei Montalva en 1968 sobre la seguridad social chilena: “Hay dos mil leyes sobre previsión en Chile…Sin embargo, el ejecutivo no tiene medios de parar esta monstruosidad. En cada grupo de previsión hay muchas leyes con nombre y apellido. En Chile hay 30 cajas de previsión y 70 servicios de bienestar en organismos complementarios de seguridad social. Hay casos fabulosos. Los hípicos tienen nueve cajas de previsión. La Caja de los Ferrocarriles del Estado existe sólo para pagar asignaciones y préstamos, es decir, un absurdo. Hay dos mil cien empleados de notarías y archivos judiciales que han sacado 27 leyes de previsión”.

Curiosamente lo que ha fallado estrepitosamente en Chile no ha sido el mercado sino la política. Primero se conformó con reducir a meros clientes a los ciudadanos. Como los malos futbolistas, aquellos que no saben jugar al fútbol sin balón, los políticos no supieron participar en el partido sin mangonear desde el Estado. Como el paradigma entonces era que éste fuera chico y mandara poco, dieron un paso al lado y abandonaron la gestión de las cuestiones cívicas, entre las cuales una de las más importantes era la participación ciudadana que se veía limitada por la existencia de dos Chiles: el de los inscritos y el de los no inscritos. Estos dos tipos de ciudadanos se vieron interpelados desde el poder como meros usuarios del país y no como sus legítimos accionistas, que es lo que son. Después, percibido el descontento, la clase política ha reaccionado a la antigua: ofreciéndose a intervenir para, teóricamente, igualar la cancha, repartiendo bonos y subvenciones, ofreciéndose a pagar la cuenta de la educación, fijando los porcentajes de música chilena que se deben oír, expropiando el tiempo de los estacionamientos. Cuando lo que realmente ha faltado es construir un discurso para el ciudadano, que recargara sus valores cívicos, y que atendiera a una de las quejas de éstos que no se quiere oír: los chilenos denuncian que no se les respeta. Pero esa falta de respeto lleva los ecos del viejo clasismo chileno. No es el mercado el que no les respeta y los trata desigualmente, sino una élite bien conectada a través de la política y los negocios que recibe un trato diferenciado de las instituciones, que se salta las reglas del mercado y que perciben que gestiona el país. Esa élite olvida que en el mundo moderno los países son “casas de vidrio” y que la soberbia es mala consejera para transitar por ellos.

* * *

Hay un elemento común a tres países cuya evolución sigo por motivos personales y profesionales: me refiero a España, Chile y Grecia. Los tres han transitado de la dictadura a la democracia en los últimos 40 años y hasta ahora los expertos juzgaban que lo habían hecho con éxito. Sin embargo, en el último tiempo ha florecido en estas tres naciones un discurso que considera que la transición no ha sido más que el segundo tiempo de la dictadura. En Grecia, ese discurso forma parte del acervo de Syriza. En España lo ha traído al debate público el nuevo partido Podemos y, en Chile, miembros de la Nueva Mayoría.

Este discurso presupone que la historia ya estaba escrita y que todo quedó atado y bien atado hace décadas. La situación actual, que no es siquiera comparable en los tres países, pero que tiene este discurso como característica común, sería un legado ominoso.

Afortunadamente, todos sabemos que la historia no está escrita. La muerte de Adolfo Suárez hace no mucho permitió recordar que la historia de España hubiera sido muy distinta si el golpe de Estado del coronel Tejero hubiera tenido éxito. Como hubiera sido distinta si el país no hubiera entrado en la Unión Europea y el euro, o no hubiera vivido los atentados del 11 de marzo de 2004. Lo mismo se podría predicar de tantos hechos de la historia reciente de Chile. La historia, por el contrario, es un proceso incremental, donde los chilenos o los españoles de hoy se alzan sobre los hombros de los chilenos y españoles de ayer, con todos sus aciertos y con todos sus errores.

Muchas gracias

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