Adiós a Pedro Llorens, “el mejor titulador de Venezuela”

llorens

No quiero recordar a Pedro Llorens Fábregas (Caracas, 1937), en el momento de su partida, de otra manera que no sea elaborando la portada de un diario. Gran parte de la fama y del entrañable aprecio que despierta su figura entre los lectores venezolanos lo ganó con la columna La mosca en la oreja que escribió durante 18 años en diario El Nacional, pero antes, Llorens fue un pilar fundamental de El Universal, donde se labró la reputación de ser “el mejor titulador de Venezuela”.

Cuando llegué a El Universal en septiembre de 1995, Llorens formaba parte de una tetrarquía que era la responsable del día a día del diario. En ella estaban su inseparable amigo Ramón Hernández, Álvaro Miranda, responsable de Deportes, y Lucy Gómez, de Local. El director honorífico era Luis Alfredo Chávez. Y yo, baqueteado pero treintañero al fin, llegué desde España, en medio de las miradas recelosas de todos ellos, a hacerme cargo de la dirección ejecutiva del diario.

Pronto hice muy buenas migas con Llorens. Era un admirable periodista de la vieja escuela, aunque no se le podía calificar de empírico porque había estudiado en la Universidad Central. Era culto hasta el agotamiento. Había leído indiscriminadamente, en aluvión, como sólo lo habíamos hecho los que no teníamos luz eléctrica. Su padre era un escritor e intelectual que había tenido que abandonar España durante la Guerra Civil. Y era simpático y generoso, y cuando estaba en confianza, muy chispeante. Le sobraba humildad. En pocos días me di cuenta de que su fama de buen titulador era justa. Yo traía otra cultura –la que había aprendido en El Mundo con Pedro J. Ramírez– a la hora de elaborar la portada y cuando hice mi primer título venezolano me di cuenta de que haría el ridículo trasladando el estilo de la prensa española al Caribe. Así que dejé que Llorens las siguiera haciendo, porque, además, él era muy feliz con esa tarea.

La foto de arriba se la tomé yo, en la vieja redacción de El Universal que parecía un banco del Lejano Oeste y donde todavía existían esos tubos neumáticos para enviar las páginas diseñadas al taller. Llorens, jefe de Información, está haciendo lo que más le gustaba en la vida: confirmar una noticia por teléfono con el lápiz en la mano sobre un folio donde estaba pergeñando un enfoque para un titular. Sus ideas tenían la fuerza y musicalidad precisas. Sólo los que hemos estado en muchas portadas sabemos que una historia sin título es un producto fallido.

No tengo reparo en decir que si yo hubiera sido el dueño de El Universal, Llorens hubiese sido el director. Su enorme talento me hacía sentir como un intruso que estaba robándole su destino, a él y a los demás periodistas que participaron en el proceso de renovación del diario en la década de 1990. Por eso  nunca quise mostrar la más mínima ambición de atrincherarme en el cargo. Cumplí mi contrato, como me comprometí, y me marché. Y la gran mayoría de ellos, Llorens el primero, me lo agradecieron distinguiéndome hasta hoy con su amistad.

Lo curioso es que poco después de irme de El Universal, Pedro también lo dejó. Trabajó un tiempo para el Gobierno de Rafael Caldera, que se inventó aquella parida de “la información veraz” (otra excusa para acallar las críticas), y después lo fichó con muy buen ojo Miguel Henrique Otero, el presidente director de El Nacional.

Recuerdo dos anécdotas que nos ocurrieron. Un día, Llorens me instruía sobre la vida política venezolana. No la que está en los libros, sino aquella, más menuda, que conocen los periodistas y que en Venezuela es riquísima. Me contó la caída de Carlos Andrés Pérez que estaba arrestado en su domicilio. Le pregunté si podíamos visitarle y me dijo que le diera unos días que él lo arreglaría.

Al cabo de una semana, Llorens me dijo que Pérez nos esperaba esa noche. Fuimos a su casa sobre las nueve de la noche. Accedimos sin problema, aunque un guardia armado cuidaba discretamente la puerta, y allí dentro estaba CAP. Estuvimos hasta las dos o tres de la mañana conversando con él.

-Vamos a tomar algo que me muero de sed- le dije a Llorens al marcharnos. Pérez no nos ha invitado ni a un mísero vaso de agua.

-¡Que vaina!- soltó Llorens, con su típico acento con el que alargaba las palabras. Si me lo dices antes, te lo hubiera explicado.

Y entonces Pedro se dedicó a contarme que una de las consecuencias del proceso de destitución de Pérez fue que se hizo oficial que tenía una amante, Cecilia Matos, con la que tuvo dos hijas. Cuando su esposa Blanca Rodríguez constató que se había hecho pública la existencia de la amante, quiso echar a Pérez de la casa, pero no pudo porque la Justicia ordenó que cumpliera su condena por “malversación genérica” bajo la forma del arresto domiciliario. Y su único domicilio en Caracas era ése, que lo tenían en régimen de gananciales. Entonces, Blanca dividió la casa por la mitad, tapiando pasillos y habitaciones, y Carlos Andrés tuvo la mala suerte de que la cocina quedó del lado de su mujer. Así que el ex presidente no tenía ni frigorífico ni cocina. Debían traerle la comida y la bebida del exterior.

Le dije que, si era así, habíamos quedado como unos maleducados al no llevar nada para cenar con Pérez, así que le pedí que concertara otra reunión. A ella llegamos con un catering de lo mejor que pudimos conseguir en Caracas y con varias botellas de whisky y un camarero que nos sirvió espléndidamente. Pérez, por cierto, quedó muy agradecido con nuestra segunda visita y a las tres de la madrugada aún nos quería seguir contando sus hazañas de juventud cuando estaba exiliado en La Habana con Rómulo Betancourt durante la dictadura de Pérez Jiménez.

La segunda anécdota se produjo en El Universal un día que un emisario de Hugo Chávez, que también estaba desterrado en Cuba tras serle conmutada la condena por el golpe de Estado de febrero de 1992, vino a ofrecernos que le hiciéramos un publirreportaje para presentarlo en sociedad como un convencido demócrata. Llorens, que conocía el percal y sí era un demócrata a toda prueba, se indignó y dijo que de ninguna manera teníamos que entrar en tratativas con “esos golpistas”. Le dijimos al emisario de Chávez que esa era una exclusiva que en ese momento no nos interesaba por mucho que el Gobierno de Rafael Caldera se empeñara en tratarlo comprensivamente.

Nunca olvidaré la sagacidad con que Llorens advirtió a muy temprana hora que Venezuela alcanzaría la más bajas cotas de su historia abrazando el populismo de Chávez.

Años después, en 2004, Llorens ajustaría cuentas con el ex coronel con su libro Contra Chávez (Ed. Debate, 2005), donde destiló todo el desprecio y el aburrimiento que le producía el líder bolivariano. Incluso, él, que era un fanático de las canciones de José Alfredo Jiménez, le compuso una ranchera burlona dedicada a su omnipresente programa Aló presidente, que dice: De domingo a domingo / te vuelvo a ver / cuando será domingo /… /para volver…

Pedro Llorens, periodista, nació en Caracas el 10 de mayo de 1937 y falleció en esa misma ciudad el 26 de junio de 2015. Le sobreviven su compañera Miriam y su hijo Ernesto.

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3 comentarios en “Adiós a Pedro Llorens, “el mejor titulador de Venezuela”

  1. Gracias por na nota, Pedro, con quien compartí 15 en El Nacional, además de excelente periodista, fue una persona muy generosa, desde todo punto de vista, y además, nos unió el gusto por Barcelona, la Ciudad Condal (no de la Anzoátegui), y nuestra simpatía por el Barsa.

  2. Hola John
    Leí con mucho interés el artículo sobre Pedro que escribiste y te felicito por tu capacidad de entender a los venezolanos y a este país que te acogió por breve tiempo.
    Tu estadía entre nosotros no fue en vano y me gusta que alguien entienda a Venezuela y cuente la verdad de lo que aquí ocurre.
    Un gran abrazo.
    Myriam Fernandes

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