Tres siglos en 54 años

libro de beatriz

Foto del acto de presentación del libro de Beatriz Becerra en la sede del Europarlamento Europeo en Madrid. Tomada de http://mep.euwatch.eu/2606343247.html

(Presentación en Madrid del libro Eres liberal y no lo sabes de Beatriz Becerra. Editorial Deusto, 2018)

Quiero felicitar a Beatriz por este libro. También a Deusto y a su editor, Roger Domingo. Sé que llevaba muchos años buscando a alguien que escribiera un título así. Lo consiguió y pienso que no podía haber mejor autora que Beatriz Becerra. Ella misma confiesa que no sabía que era liberal hasta que se sorprendió siéndolo. Esto confirma que ser liberal es una cierta manera de mirar al mundo desde unos principios, en vez de una ideología a través de la cual mirar al mundo.

Esta manera amistosa, amena y hasta cierto punto ingenua que emplea Beatriz para narrarnos su aventura intelectual y política con el Liberalismo es enormemente seductora. Pero eso no significa que sea menos rigurosa. Casi me caigo de espaldas el viernes cuando me descargué mi ejemplar de The Economist y traía un manifiesto para reinventar el Liberalismo. Pues las coincidencias entre ese manifiesto y el libro de Beatriz son enormes, tanto a la hora de señalar los errores que ha cometido el Liberalismo como a la hora de sugerir por dónde debe discurrir su futuro.

Una coincidencia clave, por ejemplo, es la de que ambos señalan que el Liberalismo ha permanecido de espaldas ante cuestiones como la igualdad de género, la sexualidad, el amor al terruño, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades… y ambos sostienen que, sin los principios liberales, el mundo no gozaría de la prosperidad que hoy disfruta.

Me gusta mucho de este libro que recuerde esa frase de Keynes de que “no se trata de que el Estado haga lo mismo que el mercado ya hace un poco mejor o peor, sino de que se encargue de lo que no hace en absoluto”. Y me gusta su insistencia en que el Liberalismo y el Nacionalismo son incompatibles. Como lo son el Liberalismo con el Populismo. También me gusta su europeísmo, natural en alguien que pasa tanto tiempo en Bruselas. Pero pese a la burocracia europea, pienso que Europa es el único proyecto de civilización hoy vigente que merece la pena.

En el pasado, quizá había más proyectos de civilización a los que apuntarse: la carrera espacial, el genoma humano, las Naciones Unidas… Hoy, cuando la ONU sólo es un sitio para colocar a izquierdistas que jubilaron los votantes, secuestrado por su Consejo de Seguridad, la Unión Europea, con todos sus defectos, es el único proyecto al que aún vale la pena apuntarse.

Por eso, esta frase de Beatriz evocando la saga de La Guerra de las Galaxias es tan afortunada: “Europa es la República antes de que el Lado Oscuro se hiciera con el poder”.

Yo también comparto con ella el aprecio por el “centrismo insurgente” de Macron, aunque no pierdo de vista sus ribetes de populismo mainstream, como se ha dicho.

Con todo, hay aquí párrafos realmente acertados. Déjenme leerles uno que me parece brillante:

“Como liberal, no necesito ser judía para oponerme al antisemitismo, ni musulmana para defender la libertad de culto, ni negra para luchar contra el racismo, ni yazidí para exigir la protección de las minorías. No necesito ser mujer para defender los derechos de las mujeres, ni discapacitada para defender los derechos de las personas discapacitadas, ni LGBTI para defender los derechos de las personas LGBTI…” (Página 39)

Creo que aquí hay una clave del Liberalismo moderno. Y digo moderno, porque la globalización no existía en tiempos de Adam Smith. Y esa clave es que el Liberalismo hoy es capaz de reconocer la igualdad esencial de derechos de nuestra especie de una forma que antes no hizo. Los padres fundadores de EEUU defendían la esclavitud, The Economist no apoyó el sufragio femenino, los Liberales españoles se apoyaban indiscriminadamente en el voto y en los espadones… en fin. La historia del Liberalismo está llena de reinvenciones. Pero hoy, como nunca, somos conscientes de que la Humanidad sufre cuando la libertad de uno solo de nosotros se ve menoscabada por la acción de otros hombres.

Pero no creo que la misión del presentador de un libro sea colmar a la autora de elogios. Sobre todo, si te has leído el libro. Además, si me aplico lo que he dicho al comienzo -que ser liberal es mirar el mundo a través de unos principios-, ¡cómo no voy a ejercer mi derecho a la discrepancia!

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De izquierda a derecha. John Müller, Beatriz Becerra y Cayetana Álvarez de Toledo. Selfie del autor.

Voy a limitar mis desacuerdos a dos puntos y a una anécdota:

Resuelvo rápidamente la anécdota. Beatriz se pregunta cómo es posible que Thomas Jefferson, padre de la Constitución estadounidense, pidiera un gobierno federal lo más pequeño posible y no se preocupara del grado de opresión de los gobiernos locales, en este caso estatales. Bueno, una repuesta posible es que a su lado estaba su discípulo, James Madison, que hizo el camino inverso al de Jefferson: empezó creyendo que debía existir un gobierno federal fuerte y acabó aceptando un equilibrio entre los estados y el poder central. De hecho, no pocos estadounidenses creen que la capital del país se debería llamar Madison DC en vez de Washington DC.

En todo caso, tanto Jefferson como Madison fueron capaces de alumbrar un mecanismo de frenos y contrapesos casi perfecto. Su interés por el desarrollo de instituciones perfectibles contrasta con el cortoplacismo de la política mundial y española actual. Allí, Trump hace locuras por Twitter y aquí, el doctor Sánchez prefiere proceder a desmantelar aspectos clave de nuestra institucionalidad económica con la osadía que sólo brinda la ignorancia y la ambición sin freno.

Respecto de mis dos desacuerdos con tu libro, estos son:

1º El Liberalismo no puede rendirse ante el gobierno grande y el Estado benefactor.

Discrepo de esta afirmación que haces en la página 123: “Creo que los liberales debemos comprometernos con el estado de Bienestar, con los servicios públicos esenciales y, por tanto, con la igualdad de oportunidades”.

El Estado moderno, que apenas tiene 200 años de antigüedad, es una manifestación reglada y civilizada de la opresión de la mayoría sobre el individuo, pero no deja de ser una forma de opresión. Si el Liberalismo no se centra en el individuo, las personas estamos perdidas. Y una cosa son las personas ejerciendo la acción colectiva y otra es el colectivismo y el colectivo que Ortega y Gasset llamaba “las masas”.

Resulta cansino hablar contra el Estado en España, porque yo sé que la mayoría de los españoles creen que el Estado es justiciero, que les ayuda a tener lo que creen que nunca van a tener, que protege sus derechos, que evita los abusos de los poderosos, que financia obras como el AVE que nunca serán rentabilizadas…

La misma autora demuestra que es una buena española: en la página 35 nos dice que los Estados-nación tienen “el poder de conceder derechos a los individuos”. ¡Noooo! Las Constituciones existen para que el Estado sepa que esos derechos y libertades que figuran allí son inalienables y son una severa limitación de su capacidad de acción. Lo primero que debe el Estado es respeto a los derechos y libertades de las personas, porque esos derechos y libertades son anteriores al Estado y a la propia Constitución.

Esta idea del Estado protector y justiciero es lo que nos lleva a la patología colectiva hispana de pensar que lo público es idéntico a lo estatal. Y no es así. Hay partes de España donde hay autopistas públicas que gestiona un privado y cada usuario paga por su uso. Los medios de comunicación que no son estatales son empresas privadas que prestan un servicio al público. Hay países como Chile o Singapur que no tienen Sanidad pública y la gente no muere en las calles como dice la propaganda. Es más, la esperanza de vida en Chile bajo un modelo privado de Sanidad es de 82 años. Apenas uno menos que en España.

Creo que los liberales debemos seguir distinguiéndonos por la apuesta por un Estado y un gobierno -que es su administrador circunstancial-, pequeño. Y frente al Estado de Bienestar socialdemócrata debemos plantear la existencia de una Sociedad de Bienestar, un modelo mucho más flexible -con un papel mucho más relevante de la iniciativa privada y de la sociedad civil-, sobre todo ante los embates de la globalización que se traducen en deslocalización de empresas, pérdida de empleos, de eficiencia y de competitividad. El bienestar está huyendo de Europa y el que no quiera darse cuenta de ello que eche una mirada a las cuentas de la Seguridad Social española.

Un Estado pequeño no significa unas leyes débiles, como un Estado grande no garantiza que las leyes se cumplan. España es la demostración viva de lo que digo: si hay un problema en este país no es la calidad de las leyes, sino la dificultad para que se cumplan.

Cabe traer aquí la reflexión que hacía Paul Samuelson en una de las introducciones a su famoso Manual de Economía. Si nadie respetara las luces rojas, el sistema de semáforos sería costosísimo porque habría que poner un policía junto a cada uno de ellos. Es decir, debe existir un cierto nivel de consenso en el respeto a la ley, de lo contrario esta resulta inaplicable por costosa.

Este ejemplo, sin embargo, me viene de perillas para ofrecer otro argumento para que los Liberales sigamos recelando del Estado y su poder: las nuevas tecnologías. ¿Y si ponemos un radar online en cada semáforo? Bueno, efectivamente, ahí hay una posibilidad tecnológica de perfeccionar la coacción. Y es esa combinación entre las aspiraciones del Estado moderno y la tecnología lo que me hace temer que, si abdicamos de la exigencia del gobierno limitado, caminamos ciegamente hacia una dictadura que, además, a muchos les gustará. La dictadura de la psicopolítica que dice Bjung Chul-han con aquella frase de “protégeme de lo que quiero” de la artista Jenny Holzer.

 

2º No hay razón para el optimismo: viejos enemigos con nuevos ropajes.

El libro de Beatriz es profundamente optimista y yo discrepo de esa visión. Y lo explico. En mi vida, y sólo tengo 54 años, he tenido la suerte de vivir en tres siglos. Hasta los 25 años, que cumplí en 1989, viví en lo que hemos llamado el siglo XX, el siglo de las dos grandes guerras mundiales, el siglo de la Guerra Fría. Y lo vi acabarse. El 9 de noviembre de 1989, desde la redacción de El Mundo, asistimos a la caída del Muro de Berlín y el sistema de países de lo que se llamaba socialismo real o comunismo se vino abajo.

Desde ahí y hasta 2016, cuando cumplí 52 años, viví en lo que yo llamo “el pequeño siglo XXI”. Un periodo maravilloso, en lo individual y en lo que concierne a la Humanidad, o sea a vosotros. En esa época nació Internet, y la productividad y el bienestar se dispararon por todo el mundo con el advenimiento de nuevas tecnologías. En esos 27 años, China, Brasil y la India sacaron un número de personas de la pobreza que nunca nadie imaginó. El mundo se hizo más igualitario que nunca. Fue un tiempo tan próspero que pensamos que duraría para siempre. Aprendimos a inflar burbujas y hacia el final, una muy gorda estalló. Los gobernantes no hicieron más que agravar las cosas.

Con todo, fue un tiempo magnífico. La década de 1990 fue realmente prodigiosa: Gorbachov, Bill Clinton, Mónica Lewinsky, Regreso al Futuro, Michael J. Fox… también desaparecieron esas detestables hombreras y los pelos eléctricos… todo eso fue estupendo.

La globalización se expandió por todo el planeta pese a ese agricultor francés rabioso que quemaba los McDonald’s y que ha sido compañero de Beatriz en el Parlamento Europeo: José Bové.

La globalización se proyectó con una fuerza inaudita gracias a tres motores: la libertad de comercio, que ya la conocíamos, pero nunca había llegado hasta estos extremos (gracias Pascal Lamy por todos tus desvelos), la libertad de movimiento de capitales (que curiosamente acabó con la necesidad de tener cuentas en Suiza) y la libertad de movimiento de personas. Estas tres fuerzas han sido claves en la consecución de la prosperidad actual.

Pero llegó la segunda semana de julio de 2016, la que comenzó el lunes 11 de ese mes. Yascha Mounk, un profesor de teoría política de Harvard tuvo el acierto periodístico de llamarla La semana en que murió la democracia en la revista Slate. Yo la rebauticé como La semana en que murió la globalización. En sólo siete días, una crisis política en Londres acabó con lo que quedaba de David Cameron después del referéndum del Brexit y dio paso a Theresa May, cuyo nuevo mandato pasó a ser el de sacar al Reino Unido de Europa. Un ataque terrorista en Niza puso de manifiesto la vulnerabilidad de nuestros países ante el fanatismo fundamentalista. Un golpe de estado fracasado en Estambul puso fin al sueño de un modelo democrático en Turquía compatible con el islam, y un multimillonario grosero se transformó en el candidato republicano a la presidencia de EEUU. No nos lo creíamos, pero ese tipo que metía mano descaradamente a las mujeres ganó las elecciones.

Todo eso pasó en menos de siete días. Ahí, señores y señoras, empezó realmente el siglo XXI o lo que sea esto donde nos hemos metido. Sólo sé que llevo dos años advirtiendo de que la globalización se ha frenado y que va a empezar a ir marcha atrás. Que los tres motores que he mencionado están gripados. Y que esto va a tener consecuencias sobre nosotros y sobre nuestras vidas.

No me quiero extender sobre los sistemas iliberales que Beatriz también analiza. China, por ejemplo, apenas descubra una narrativa tan seductora como la del constitucionalismo estadounidense, se alzará como única potencia de la Tierra. Y mucha gente apostará por la eficacia y el bienestar económico y preferirá subordinar las otras libertades a su bienestar. Eso ocurrirá tan pronto el gigante asiático abandone su somnolienta historia de emperadores y dinastías y encuentre un relato seductor que pueda globalizar tan fácilmente como su comida.

Así que no soy optimista como la autora. Pero, por lo mismo, creo que tu libro es imprescindible porque estoy seguro de que, al leerlo, muchas más personas descubrirán que son liberales y no lo sabían.

¡Enhorabuena!

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