El impostor

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David Jiménez puede enternecerse con un tailandés ahogado en un tsunami, pero es incapaz de sentir la más mínima compasión hacia las debilidades de unos colegas golpeados por la peor crisis que ha conocido la Prensa en su historia. Esa es la primera impresión que se desprende de la lectura de El Director (Ed. Libros del K.O., 2019). La vara de medir del autor es extraordinariamente estricta y, salvo algunas autocríticas inanes, se aplica siempre en una sola dirección, la de los demás.

Hay que pasar muchos años en las redacciones de un diario para aprender que estas son auténticas cocteleras de emociones. Y muchos años más para saber que se necesitan cualidades excepcionales para gestionar esos egos de manera virtuosa con el fin de crear un proyecto intelectual original.

Hay que admitir que Jiménez es sincero: él se sabe un impostor y lo admite con el suficiente cuajo como para poder dejar en evidencia a quien le puso en el puesto de director del segundo periódico de España sin estar preparado para ello. En ese sentido, su relato es una auténtica novela picaresca, la de un nuevo Lazarillo, un Lazarillo del siglo XXI, digital y acomodado, pero igual de oportunista que el del siglo XVI.

Jiménez se sabe un impostor y su relato es una novela picaresca, la de un nuevo Lazarillo del siglo XXI, digital y rico, pero igual de oportunista que el del siglo XVI.

Nuestro Lazarillo de la postverdad se muestra escandalizado por las presiones que recibe a diario un director de periódicos. Dan ganas de responderle como hizo el portero Chilavert cuando le preguntaron si sentía presión al jugar una final: “¡Presión es lo que siente un padre que no tiene nada que llevar a la mesa para sus hijos!”. La presión forma parte del área de gestión de un director, como la de cualquier líder de una organización, y su deber es resistirla, sortearla y no doblegarse ante ella si considera que tiene razón.

Su osada ignorancia le lleva a confesar que realmente nunca entendió que las grandes jornadas informativas que El Mundo emprendió (ya fuera en torno al 11-M, al caso GAL o en los asuntos de corrupción política) no eran para demostrar las tesis de un comisario o para probar tal o cual conspiración, sino la de esclarecer lo ocurrido para sus lectores. Se cometieron errores, y en la gran mayoría de las ocasiones se corrigieron, pero la tarea era desafiar las hipótesis oficiales con el fin de probar su robustez.

Lo que resulta imperdonable es la manera en que Jiménez banaliza el periodismo, este oficio al que algunos seguimos amando. Se inventa conductas y prácticas que no existen más que en su imaginación o que ha calcado de Noticia Bomba de Evelyn Waugh. Ridiculiza, además, los rasgos de personalidad de los mismos periodistas que después dice admirar, como si el fruto de su talento pudiera disociarse de sus defectos. Los despersonaliza hasta el punto de llamarlos con motes o inscribirlos en denominaciones colectivas -los Poetas Muertos, los Nobles…-, para construir un escenario de indultos a su propia impostura.

Pocas veces alguien ha dicho tanto de sí mismo hablando de los demás.

3 comentarios en “El impostor

  1. Querido Jonh:
    No se puede decir mejor en menos palabras. Tu columna es soberbia. Desde mi punto de vista, David cayó en la tentación de la vanidad y este asunto del libro, más allá de dejarle un dinerillo (que por cierto no necesita) y darle una fama q poco le favorecerá, se lo llevará por delante.

  2. Cuando el segundo diario más importante del país ha perdido a cuatro directores en un lustro por no agradar al PP y todos los dedos señalan a quien lo denuncia, malo.

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