El hombre transparente

Julio Fuentes Serrano, reportero de guerra.

(Publicado en el suplemento Aula de El Mundo el 20 de noviembre de 2001)

¿Dónde está Julio Fuentes? Esta pregunta, cien mil veces repetidas a lo largo de los últimos 12 años en la redacción de El Mundo de Madrid, no encontró respuesta anteayer. No era la primera vez que Julio (para nosotros siempre “Julito”), madrileño de 42 años, desaparecía en acción. En 1991, cuando se desató la invasión terrestre contra Irak, estuvo más de 24 horas ilocalizable. Para justificar el tiempo perdido volvió con una historia increíble: había “liberado” Kuwait City –al mismo tiempo que los “marines” norteamericanos- a bordo de un jeep comprado en el mercado negro entre varios periodistas. En el camino, varios soldados iraquíes se les habían rendido y Julio se limitaba a repetirles: “No soy militar, sólo soy periodista”.

Julito era así: nada más y nada menos que un periodista. Había desaparecido y aparecido en prácticamente todos los países del planeta. Cuando empezó, en 1980, con Cambio 16 se marchó a Centroamérica a cubrir las guerras de Nicaragua y El Salvador. Entraba en las junglas a buscar a los comandantes guerrilleros y volvía con esmeraldas informativas que desparramaba en la mesa del redactor jefe.

En 1989 participó en la fundación de El Mundo, animado por la idea de Pedro J. Ramírez  de que ese proyecto se convirtiera en un diario de grandes reporteros. Desde el principio puso la vara muy alta. Solía llamar desde El Salvador o desde Panamá y me ponía al teléfono el ruido de los bombazos y los tiros, como si quisiera demostrarme que estaba en la primera línea de fuego.

Nunca lo dudamos. Julito, que además de redactor era fotógrafo, tenía la pulsión de los hombres de la imagen por estar en los sitios donde pasan las cosas. El no era de los que se inflan a martinis en el bar del hotel y después imaginan lo que escriben.

También desapareció en Croacia y en Bosnia-Herzegovina. Y aunque telefoneaba dos veces al día, poco a poco su alma se iba esfumando, quedándose enredada en las montañas de Sarajevo. Fue el periodista occidental que más tiempo permaneció en la ciudad mártir.

Fue una de sus crónicas, sobre el mal estado de las incubadoras de Sarajevo, la que motivó una formidable campaña de solidaridad en España para salvar a esos niños que nacían en medio de la muerte. Pasaban los meses y cuando ya todos los periodistas que habían llegado con él habían salido heridos, muertos o relevados, la dirección del diario lo obligaba a tomarse unas breves vacaciones. Julio volvía a Madrid, pero andaba por la redacción como un león enjaulado, pensando en volver.

Y es que escondía un secreto: él mantenía a un pequeño grupo de niños abandonados en Sarajevo trapicheando con las raciones humanitarias que los estraperlistas vendían a precio de oro a los periodistas extranjeros. No sé si los niños de Sarajevo saben todo lo que Julio Fuentes hizo por ellos.

Volvió a desaparecer en Liberia y en Chechenia. Se embarraba en las trincheras buscando testimonios de soldados, de civiles, de víctimas. Tenía que ir siempre hasta el frente, olfatear la pólvora y oir los estampidos. De tanto acercarse, en la famosa batalla de Basora, en la guerra de Irán e Irak, perdió parte de la capacidad auditiva de un oído.

Decía que los hombres que habían visto muchas guerras “se volvían seres transparentes”. El lo era. Por eso aparecía y desaparecía cuando quería. Pasaba olímpicamente de lo políticamente correcto y siempre tomaba partido por los débiles, por los que sufrían, pero sin perder de vista las razones de su debilidad o de su sufrimiento. Al cabo de los años, su faceta de escritor se hizo más relevante y produjo tres novelas: Sarajevo, juicio final; Resistencia Humana y Rebelión. En ellas puede apreciarse su visión apocalíptica del futuro y una opinión de los hombres muy al estilo de Herman Hesse: crueles y tiernos a la vez.

El lunes, Julio Fuentes volvió a desaparecer, esta vez en Afganistán, en la última guerra que libramos los hombres. Aseguran que unos guerreros desalmados, a los que él conocía tan bien, lo asesinaron en la cuneta de una carretera en Puli-es-the-Kam junto a tres compañeros periodistas. Sólo las balas han impedido que no trajera otra gran historia  que nos permitiera saber más de lo que pasa allí. Pero guardo la esperanza de que cada vez que veamos el sufrimiento que provocan las guerras, cada vez que un niño llore abandonado en una incubadora o que veamos cómo un francotirador mata a una mujer a la salida del mercado, sintamos la llamada inaudible de Julio Fuentes recordándonos que eso no debe ocurrir, pero sucede.

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