La desglobalización y el legado de Bachelet, dos claves de 2017

Partidarios de Trump manifestándose en EEUU. Photo by Elena on Pexels.com

(He recuperado este artículo publicado en El Mercurio el domingo 12 de febrero de 2017 porque el análisis sobre la desglobalización me parece que sigue siendo relevante).

El cambio de las reglas del juego en el tablero mundial y el legado del gobierno de Michelle Bachelet serán los dos hechos más relevantes que enmarcarán la elección presidencial de noviembre próximo. Ambos, además, van de la mano. El país sabe cuál es el precio de elegir mandatarios que han interpretado mal el signo de los tiempos. Por ejemplo, uno de los primeros errores de cálculo del actual gobierno, y que no tardó en aflorar, fue su equivocada lectura de los ciclos económicos globales.

Esto, junto al convencimiento de que el país era capaz de sobrevivir a los desequilibrios exteriores sin pagar un precio elevado -como ya había sucedido con la crisis de 2008-, le llevó a adoptar medidas como la reforma tributaria, autodestructivas para el crecimiento. Un primer equipo económico, incapaz de descifrar las claves del impulso fiscal del gobierno precedente, se dedicó a despilfarrar el crédito del país en el más amplio sentido de la palabra.

El legado: la conducción impropia del Estado en Chile

El manejo impropio del Estado, con todo lo que ello significa, es el rasgo distintivo de este segundo mandato de Bachelet.

Impropio en el sentido que el Ejecutivo ha llevado de excursión a los poderes públicos hasta ámbitos donde los chilenos ya habían definido sus soluciones, aunque fuera con imperfecciones. Así ha ocurrido con la educación. Chile tenía un nivel de gasto respecto de su PIB similar al de los mejores países de la OCDE, solo que la inversión la decidían las familias, no el Estado. Lo que ha cambiado es que ahora éste toma el dinero de los ciudadanos vía impuestos y lo asigna de acuerdo a criterios discutibles que realmente no se pueden discutir.

Impropio también en el sentido que el Estado ha sido mal conducido. Las reformas se han planteado desordenadamente -con más afán de confrontación que de consenso-, el Gobierno demostró falta de liderazgo durante amplios lapsos de tiempo y la ética pública se desmoronó, con escándalos que salpicaron a la propia Jefa de Estado y a su familia.

El crecimiento más mezquino de la democracia

La falta de empatía con los ciudadanos ha sido generalizada. Casi lo primero que hicieron los poderes públicos durante este período presidencial fue incrementar el número de individuos acogidos en la clase política y mejorar sus emolumentos hasta situarlos entre los mejor pagados del planeta.

El resultado de todo esto han sido los años de crecimiento económico más mezquino desde la recuperación de la democracia y un deterioro sostenido del compromiso cívico.

El corolario del manejo impropio del Estado ha sido la tragedia de los incendios forestales de este verano. El mundo asistió atónito al fracaso del Estado chileno a la hora de frenar la destrucción de los bienes y vidas de sus ciudadanos. Individuos particulares tuvieron que subvenir con medios de apoyo ante la magnitud del desastre. Da la impresión de que, en Chile, los poderes públicos están en el sitio equivocado: metidos donde no deben y ausentes o infradotados donde son imprescindibles.

La restitución del Estado a sus tareas propias es una de las claves de las próximas elecciones chilenas. Más aún cuando a todas luces el problema no es un asunto de tamaño del Estado como se ha querido hacer creer, sino de eficiencia. Se ha confundido con más Estado la demanda de un mejor Estado.

La desglobalización: la amenaza exterior

El cambio de las reglas del juego globales será un segundo aspecto clave en la elección presidencial. Yascha Mounk, un académico de Harvard, se ha atrevido a señalar cuál fue la semana en que cambió la historia: la del 11 al 18 de julio de 2016. En ese puñado de días, David Cameron fue sustituido por Theresa May tras el Brexit (13 de julio); se produjo un ataque terrorista del Estado Islámico en Niza (18 de julio); fracasó un golpe de Estado en Turquía (del 15 al 16 de julio), y Donald Trump se aseguró la candidatura republicana designando a su vicepresidente, Mike Pence (15 de julio).

Los expertos se resisten a admitir que el mundo ha entrado en una fase de desglobalización. Martin Baron, director de The Washington Post, me decía en una entrevista reciente que “es difícil imaginarse que la globalización se va a evaporar solo porque en Estados Unidos hemos elegido a Donald Trump”. Pero lo cierto es que hay indicios firmes al respecto. Quien mejor lo ha resumido es Theresa May, la Primera Ministra británica. “Si crees que eres un ciudadano del mundo, en realidad eres un ciudadano de ninguna parte”, proclamó en octubre de 2016 en Birmingham. Y en su discurso de Lancaster, el 17 de enero pasado, hubo varias referencias a que la democracia es un rasgo de la identidad británica, por lo tanto, la democracia solo sería viable dentro de su Estado-nación.

El retorno del Estado-nación

Las bases de la desglobalización ya están puestas. Una de sus características es la revalorización del Estado-nación con fronteras y prerrogativas bien definidas y dispuesto a hacer valer la autoridad en todo su territorio. Se acabaron los bordes difusos donde podían prosperar desde movimientos sociales alternativos hasta evasores fiscales o auténticos criminales como los narcotraficantes. Es el anuncio también de que vuelve el nacionalismo grande frente al nacionalismo pequeño y que muchos movimientos separatistas, hasta ahora tolerados, pueden tener sus buenos días contados.

Cuando se habla de este Estado que evoca las naciones soberanas que surgieron de la Paz de Westfalia (1648), quien mejor encarna sus valores es Vladimir Putin. Hace tres años, en enero de 2014, el presidente ruso estaba contra las cuerdas. La Unión Europea lo humilló al apoyar la caída del gobierno prorruso de Ucrania. Putin solo tuvo fuerzas para apoderarse de Crimea y a cambio recibió sanciones comerciales que empeoraron su situación económica, lastrada por un precio del petróleo cada vez más bajo.

Ahora, Putin aparece como el gran vencedor del año 2016. Es un líder con nuevos amigos en Washington, Londres y París, y es capaz de inclinar la balanza de la opinión pública en EE.UU. y en Europa gracias a los ciberejércitos que maneja y que han sido más eficaces que el gas natural con el que chantajeaba a la vieja Europa todos los inviernos.

Putin es hoy el zar más poderoso de la historia y uno de los dirigentes que están modulando el proceso de desglobalización. Uno de sus objetivos es el desmantelamiento de la Unión Europea. Lo persigue desde que los europeos tuvieran la pésima idea de acampar en el antejardín de Moscú apoyando la revuelta del “Euromaidan” en Kiev, hechos que el líder ruso recordaba hace apenas 15 días demostrando que la herida sigue abierta.

Para realizar sus planes está dispuesto a apoyar a la ultraderechista Marine Le Pen, que ya ha anunciado que si conquista la Presidencia de Francia impondrá un programa económico que la sitúa fuera del euro y de la Unión Europea debido a las restricciones a los extranjeros que quiere crear. La salida de Francia, fundadora de la UE, sería un golpe al que esta comunidad de naciones no podría sobrevivir fácilmente.

La nueva narrativa china

En el propósito de descalabrar a la Unión Europea, Putin coincide tácticamente con Donald Trump. Este último no tiene un objetivo estratégico al respecto, pero desprecia a la UE a la que llama “el consorcio”. Cuando vaticinó a Theresa May que el Brexit será “muy positivo” para el Reino Unido, dejó claro que piensa que Europa es un área decadente, de poder blando. Su objetivo, de momento, es limitado: renegociar los acuerdos comerciales con la UE y hacer pagar a los países de la OTAN su parte del despliegue militar. Pero, al coincidir con Putin, el efecto de estas dos fuerzas sobre Europa puede ser difícil de calibrar.

Las barreras arancelarias y el neoproteccionismo fiscal son las principales aportaciones de Trump al proceso de desglobalización, junto con medidas como el muro que quiere terminar entre Estados Unidos y México. Más allá de la dificultad física de atravesarlo, el muro supone un estigma para los mexicanos. Y ese estigma afectará tanto a los que permanezcan en México como, a la larga, a los que ya han emigrado a EE.UU. y a sus descendientes.

Estas decisiones de Trump, largamente anunciadas, le han brindado a China la oportunidad de convertirse en el nuevo adalid de la globalización. Más aún, las decisiones antipáticas de Trump hacia otros países y su incansable búsqueda del conflicto con otros poderes del Estado están debilitando el relato constitucional norteamericano. Si algo le faltaba a China para alzarse como potencia global de referencia era una narrativa tan seductora como la que ha trabado el constitucionalismo norteamericano desde la Boston Tea Party de 1773 hasta el desembarco en Omaha Beach para liberar a Europa del nazismo. A eso, China solo podía oponerle una sucesión de dinastías milenarias de corte absolutista. Pero ahora tiene la oportunidad de compensar esa debilidad.

El comercio mundial y el efecto red

¿Y cómo afecta todo esto a Chile? Uno de los resultados previsibles de la desglobalización será el agostamiento del llamado “efecto red”. Este es un concepto acuñado en el campo de las telecomunicaciones y la informática, pero que también aplica al comercio. Describe una situación en la que la utilidad del bien que consume una persona depende del resto de individuos que también lo hacen. El teléfono es el ejemplo más común. Mientras que un teléfono solo no sirve para nada, si dos personas tienen uno ya pueden hablar entre sí, y cada vez que una persona adquiera otro teléfono, la utilidad de cada uno y de todos los aparatos será mayor.

Con el tiempo, las redes han adquirido una gran complejidad. Si antes los negocios se situaban en los puntos de la red (los teléfonos, en este ejemplo), poco a poco el valor de las operaciones se ha ido trasladando al vínculo (el enlace). El valor de una empresa como Uber o Airbnb no está en la propiedad de los automóviles o de los departamentos que arriendan, sino en la capacidad de poner de acuerdo (enlazar) al conductor o dueño con el usuario.

Antes de la década de 1980, el comercio internacional era concebido exclusivamente de forma bilateral. Pero las llamadas rondas del GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio), sobre todo la Ronda Uruguay que se inició en Punta del Este en 1986 y terminó en Marrakech (Marruecos) en 1993, asentaron la idea de que el mundo sería más próspero mientras más países comerciaran. El comercio multilateral se convirtió a partir de 1990 en la panacea de la mundialización.

Chile, nación en red

Mucho antes de que el proceso de globalización se hiciera visible, Chile ya había apostado por convertirse en una nación en red. La apertura al exterior en la época del gobierno militar, primero, y la estrategia de los gobiernos democráticos de tener el mayor número de tratados comerciales posibles, después, convirtieron al país en una nación globalizada.

Su carácter pionero en este terreno ha dotado a Chile de nuevas fortalezas y también de debilidades. Ha sido el primero en llegar a muchos mercados, a fuerza de talento y de la competitividad de sus bienes y servicios. Pero esa posición de privilegio, que durante años permitió acceder a un bienestar sin precedentes, puede verse modificada o distorsionada si se inicia un proceso de desglobalización, donde factores como el poder geopolítico o militar pueden volver a pesar más que la calidad o el precio de los productos. Aún es pronto para señalar qué características tendrá esta fase de desglobalización, pero es seguro que estamos ante una transformación que no solo afectará a los intercambios comerciales, sino que tendrá efectos políticos, sociales y culturales de primer orden.

El retraso de las cuentas públicas: no se podía saber

La ministra de Hacienda y portavoz, Mª Jesús Montero. (B. Puig de la Bellacasa)

El Ejecutivo de Pedro Sánchez tiene un problema de memoria, se le olvida que es un gobierno de coalición. Y eso provoca retrasos injustificados e ineficacia.

La ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, informó el jueves 10 de septiembre de que el calendario de los Presupuestos Generales del Estado “se desplaza un poco” por las negociaciones para conseguir apoyos a unas nuevas cuentas públicas. En realidad, el retraso se debe a las conversaciones que Montero y Nacho Álvarez, el director económico de Podemos, están desarrollando para presentar un anteproyecto en nombre del gobierno.

A Sánchez y a Montero se les había olvidado que integran un gobierno de coalición. Se les olvidó prácticamente todo el mes de julio y el de agosto, en el que se fueron de vacaciones. Sólo se acordaron de ello el lunes 31 de agosto cuando Pablo Iglesias le exigió a Sánchez acordar las cuentas públicas y estar presente en las reuniones con Ciudadanos. Días después de la reunión, Iglesias anunció públicamente que “ese documento lo presentaremos el presidente del Gobierno y yo”.

“La metodología que hemos acordado -anunció Iglesias en esta entrevista– para negociar es hablar primero con los partidos que apoyaron la investidura de este Gobierno, después con quienes se abstuvieron y al final, con quienes votaron que no”.

Montero espera llevar el techo de gasto “a finales de mes”. Para cumplir con el trámite constitucional, el artículo 134.3 de la Constitución establece que “el Gobierno deberá presentar ante el Congreso de los Diputados los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior”. Por lo tanto, el anteproyecto articulado, no el techo de gasto, debería estar ante la cámara antes del 1 de octubre de 2020.

Tres minutos para traicionar al presidente y a sí mismo

Del “de eso no voy a hablar en los medios de comunicación” al “se disculpó y eso lo engrandece”.

Pablo Iglesias durante la entrevista con Angel Barceló.

(Transcripción de un fragmento de la entrevista a Pablo Iglesias hecha por Angels Barceló en la Cadena Ser el 08.09.2020)

AB: (Minuto 11:02) ¿Considera una deslealtad que Pedro Sánchez no le informara de las negociaciones para la fusión de Bankia y Caixabank.

PI: Sobre cuestiones de este tipo no voy a hablar en los medios de comunicación, lo que tenga que decir se lo diré al presidente…

AB: ¿Cuestiones de este tipo que quiere decir? ¿De las cosas que se ocultan?

PI: Sobre las cuestiones que nos puedan molestar, si a mi me molesta algo que ha hecho el presidente yo no voy a comentar eso en un medios de comunicación.

AB: Pero deduzco de eso que le molesta…

PI: Deduzca usted lo que quiera.

AB: Si dice ‘de las cosas que me molestan no voy a hablar en los medios de comunicación’ y no me quiere responder a la pregunta, a usted le molestó que no se lo comentaran…

PI: No voy a contestar esa pregunta por responsabilidad, aunque usted es muy perspicaz y creo que se da cuenta de lo que hay dentro de mi voluntad de no contestar a esa pregunta precisamente por una cuestión de lealtad al presidente del gobierno. Si el presidente del gobierno hace algo que me molesta, se lo digo en privado, no lo comento en los medios de comunicación, lo mismo para el resto de ministros.

(…)

AB: (Minuto 13:31)¿Por qué piensa que el presidente del gobierno no le cuenta lo del rey? ¿Hay una falta de confianza en Ud., en su partido?

PI: Voy a ser reservado sobre eso. Lo he hablado con él, pero no voy a hablar en público de eso por responsabilidad y por lealtad al presidente…

AB: ¿Pero hay un motivo por el que no lo hace?

PI: Insisto, sobre estas cuestiones, por responsabilidad y lealtad al presidente del gobierno cuando se produce una situación así en la que algo que quizá nosotros teníamos que saber no lo hemos sabido cuando lo teníamos que saber, prefiero no hablar de ello en los medios de comunicación y hablarlo en privado con el presidente. (Minuto 14:04) En el caso concreto de la salida, de la huida, del rey emérito tuvimos una discusión fuerte y puedo decir que el presidente se disculpó y eso le engrandece. Que un presidente pida disculpas y te diga ‘esto tenía que habértelo dicho a pesar de que sabía que no ibas a estar de acuerdo conmigo’ creo que habla bien de él.   

El doble lenguaje: reformas no recortes

Una de las primera batallas que perdió el gobierno de Mariano Rajoy ante la opinión pública fue que las reformas se convirtieran en sinónimo de recortes. Ni siquiera la dio ante la que estaba cayendo. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que contribuyeron a generar esa confusión instrumentalizando a las mareas, ahora ven con terror que la gente reconozca sus patrañas cuando se sustancie el verdadero plan de gobierno en los Presupuestos que preparan para 2021.

Este artículo de El País (“Sánchez podrá esquivar los grandes recortes esta legislatura”) es muy revelador sobre lo que quiere transmitir el gobierno y cuáles son sus miedos presentes. Y este párrafo final es significativo:

Como bien ha subrayado Miguel Ángel García, que las revalorizaciones sean más bajas (como iba a ocurrir con la reforma de Rajoy en 2018) o que, en razón del sistema de cálculo las nuevas pensiones sean menos generosas, no serían considerados en la categoría de “recortes” como si lo fueron en el pasado. Puro doble lenguaje.

Tampoco es del todo cierto que Europa no nos pida una reforma de pensiones. La queja europea es muy amplia e implica una revisión de todo el esquema de bienestar español. Pero Bruselas sí viene pidiendo desde 2019 “medidas compensatorias” al abandono de la reforma de Rajoy y más atención a niños y jóvenes en un sistema, como ha dicho el propio Sánchez, “demasiado centrado en los mayores”.

La calidad de nuestros políticos

La razón por la que Merkel ya no apuesta por la austeridad como en 2008 no es que estemos ante una crisis de naturaleza distinta o a sus convicciones: «El presidente subraya que se nota que Merkel ya no se presenta a más elecciones generales», explican fuentes gubernamentales.

Sánchez se olvida de que Merkel ha hecho cosas muy impopulares cuando sí se presentaba a las elecciones. Por ejemplo, defender su decisión de recibir a más de un millón y medio de refugiados. Y lo pagó: hubo un auge de la ultraderecha y su partido perdió 65 escaños en 2017. Pero así es la vida.

En el gobierno hay personas con más preparación intelectual y mejores valores que Sánchez y habrán comprendido que Merkel siempre está jugando un partido a 30 años, más allá de su destino personal. De hecho, su partido, la CDU, sí se presenta a las elecciones y no tiene líder.

Ahora, si la opinión pública debe sacar una conclusión de esta manera de concebir la política expresada por Sánchez, esta es que hay que prohibir que los políticos puedan volver a presentarse a las elecciones.

Así, la posibilidad de que la legítima ambición de poder degenere en corrupción populista queda neutralizada y les obliga a pactos a largo plazo y a crear equipos.

Sobre la tolerancia y la verdad

Sobre la carta del senador Cotton en ‘The New York Times‘:

“Esta noción de que las opiniones contagian y no pueden ser refutadas o discutidas es lo que está detrás de la convicción de una parte importante de los empleados del Times de que la opinión de Cotton no debía ser publicada bajo ningún motivo. Se rompe así con la visión liberal que considera que las ideas deben competir libremente en un foro donde los ciudadanos pueden examinarlas, discutirlas y, finalmente, adoptarlas o rechazarlas”.

“Lo más sorprendente de este episodio no es la rebelión de los redactores, sino la debilidad con que el staff del diario ha defendido los principios básicos de la democracia liberal, publicando notas de arrepentimiento y cortándose las venas en público. Las opiniones de Cotton pueden ser equivocadas, pero son las mismas que consiguieron en 2015 el respaldo de medio millón de votantes, el 56% del electorado de Arkansas”.

John Müller (@cultrun) en El algodón (cotton) no engaña, publicado en El Mercurio de Chile el 07.07.2020.

Sin verdad objetiva no hay democracia:

“Un mundo en el que no hay una verdad objetiva es un mundo en el cual las democracia no pueden triunfar” (“A world in which there is no objective truth is one in which democracies cannot succeed”).

Laura Roseberger y Lindsay Gorman en How Democracies Can Win the Information Contest.

La influencia de las redes sociales en las redacciones:

“Twitter no está en la mancheta de The New York Times, pero ha pasado a ser su jefe de cierre. A medida que la ética y las costumbres de esa plataforma se han convertido en las del periódico, éste se ha ido asemejando cada vez más a una especie de sala de performances. Las historias se eligen para satisfacer a la más restringida de las audiencias en lugar de propiciar que un público curioso se haga una idea de lo que ocurre en el mundo y extraiga sus propias conclusiones”

Sobre el acoso interno:

“No entiendo cómo has permitido que este tipo de comportamiento persista en tu empresa, a la vista del personal y de los lectores del periódico. Y, ciertamente, no acierto a entender cómo tú y otros directivos del Times os habéis mostrado conniventes al tiempo que, en privado, me alababais por mi coraje. Exponerse a escribir desde una óptica centrista en un periódico estadounidense no debería requerir valentía”.

Bari Weiss (@bariweiss) en su Carta de Dimisión de The New York Times.

Las opiniones como propaganda:

“It is now quite common among journalists to think of opinions not as arguments to be advanced, engaged with, and potentially refuted, but as a kind of viral propaganda with the power to convert readers to new holistic outlooks, much like the spread of a religious fervor during a revival”

Damon Linker en When journalists stop believing in debate en The Week.

El estado de anomia se apodera del planeta

Una estación del Metro de Santiago de Chile incendiada en los desórdenes del 18-O de 2019.

(Este artículo se publicó en la revista “Inversión” en el número publicado el 25 de octubre de 2019)

El viernes 18, casi a la misma hora que en Barcelona se registraban los enfrentamientos más duros entre los manifestantes independentistas y los Mossos y la Policía, a 11.200 kilómetros de allí, en Santiago de Chile, sucedía algo similar entre estudiantes movilizados contra la subida del precio del billete de Metro y los Carabineros, la policía militarizada chilena.

Hay quienes ven un paralelismo entre ambas situaciones, la catalana y la chilena, que tendrían un antecedente inmediato en las protestas en Ecuador contra el gobierno de Lenin Moreno por encarecer los combustibles, en el Líbano por la imposición de una tasa gubernamental al servicio de Whatsapp y en las manifestaciones prodemocráticas en Hong Kong o las de los chalecos amarillos en Francia desde comienzos de 2019. También se pueden incluir aquí los movimientos de protesta en Canadá, México, Haití e Irak, o la increíble “liberación” de Ovidio Guzmán, hijo del “Chapo”, en Culiacán (México) tras poner en jaque a todas las fuerzas de seguridad de la ciudad.

El precedente más obvio de todo esto es el estallido de la llamada Primavera Árabe entre 2010 y 2013 que comenzó en Túnez, pasó a Egipto, incendió Libia, Siria, Yemen, Argelia y provocó cambios en Jordania y los emiratos de Omán y Bahrein. En esa oleada de inquietud social también se inscriben las protestas de los indignados en Francia, del 15-M en la Puerta del Sol que dio origen a Podemos, de los universitarios chilenos en 2011 que terminaron formando el izquierdista Frente Amplio, del movimiento “Occupy Wall Street” y hasta las manifestaciones proeuropeas de la Plaza Maidan de Kiev en febrero de 2014. Precisamente con estas últimas se cerró ese ciclo.

Existe evidencia que establece una conexión entre los estallidos de indignación social y otros factores como las sequías. Ya en 1997, el profesor Fekri A. Hassan, del Instituto de Arqueología del University College de Londres, sostenía que había una relación entre la caída del caudal del Nilo y las protestas contra el gobierno centralizado del Egipto Antiguo (2200 AC). En 2015, el científico Richard Seager de Columbia afirmó que una sequía récord entre 2006 y 2010 pudo contribuir al alzamiento contra el gobierno en Siria en 2011. Y en 2017 se publicó un estudio sobre 1.800 episodios de disturbios en África subsahariana registrados en un lapso de 20 años que indicó que la sequía podía ser un poderoso predictor de las protestas ciudadanas.

Se da la circunstancia de que, en estos momentos, la zona central de Chile vive la peor sequía en 60 años con un déficit de precipitaciones del 70%.  

Inspirados en el ‘Black Bloc’

Hay más similitudes entre la protesta catalana y la chilena: en ambas, los manifestantes son mayoritariamente jóvenes, de clase media, jugaron al gato y al ratón con las fuerzas de seguridad en una gran urbe, se coordinaban a través de sus smartphones y de las redes sociales, seguían manuales de guerrilla urbana como el famoso Black Bloc que circula en España (un documento detallado sobre el despliegue y tácticas de las fuerzas de seguridad y cómo contrarrestarlas), mostraron un grado de violencia importante, un sector destacado de la política local les mostró apoyo y, lo más importante, en ambos casos el gobierno parecía estar a ambos lados de la protesta. En el caso catalán, porque el presidente Quim Torra apoya abiertamente a los CDR y al mismo tiempo es el jefe máximo de los Mossos encargados de reprimirlos; en el caso chileno porque Piñera manda en los Carabineros, pero su reacción inicial fue tan débil que no hizo más que alentar los saqueos.

Curiosamente, las dos protestas buscaban no tanto la toma del poder -en Cataluña los independentistas ya lo tienen-, sino la disolución del mismo, la desaparición de la autoridad constituida. Este era el aspecto más desconcertante de la protesta chilena que se justificaba en la pura rabia, pero que no tenía ni una dirección ni un propósito definido.

Pero ahí acaban las similitudes. La protesta chilena ha sido mucho más violenta y destructiva que la catalana. De las 136 estaciones del Metro de Santiago, el segundo más extenso de América Latina después del de México, 80 estaciones fueron atacadas, 9 resultaron totalmente destruidas, 32 destrozadas y 39 dañadas. Los destrozos fueron valorados en 300 millones de dólares. Dos convoyes del Metro totalmente nuevos, cuya reposición tarda dos años, fueron completamente incendiados.

La madrugada del sábado, cuando la policía reconoció ante el presidente Piñera que había sido completamente desbordada, éste decretó el estado de emergencia y militarizó la ciudad de Santiago. Era la primera vez desde el fin de la dictadura del general Pinochet en 1989, que la capital chilena volvía a estar tomada por los soldados y bajo toque de queda. Esto no impidió que los saqueos a supermercados y ataques a instalaciones públicas se extendieran los días siguientes de norte a sur por todo el país.

El fracaso de la policía chilena en el control del orden público es estrepitoso. Se trata de una fuerza formada por unos 58.000 efectivos para un país de 18,7 millones de habitantes. La Policía Nacional española, la principal fuerza de control de orden público, tiene 66.000 miembros para una población de 47 millones. Es verdad que en las áreas rurales opera la Guardia Civil y sus 77.000 miembros, pero la ratio sigue siendo parecida: 1 agente por alrededor de 320 ciudadanos. Sin embargo, la policía chilena se dio por superada, incapaz de evitar los ataques al Metro.

Corrupción y escándalos policiales

Los expertos citan que la capacidad operativa de los Carabineros chilenos está muy menguada. Desde que Piñera fue elegido, a finales de 2017, la policía uniformada ha tenido tres directores generales y sus respectivos altos mandos. La institución reconoció en 2017 un grave caso de corrupción económica interna y sus dos últimos directores han dimitido por diversos escándalos policiales (manipulación de pruebas y el asesinato de un campesino mapuche).

Beatriz Becerra, la ex eurodiputada de UPyD, ha sido la primera en preguntarse si nos estamos moviendo hacia un estado de emergencia global, no por el cambio climático, como ha reclamado la joven Greta Thurnberg y movimientos como Extinction Rebellion, sino por la falta de garantías que supone destrucción de bienes públicos y de la propiedad privada.

“Tanto en Barcelona como en Santiago -escribe Becerra-, se trata de atacar de forma ilegítima el Estado de derecho. Tanto en Chile como en Cataluña, los mecanismos de actuación coordinada estaban listos. La “brisa bolivariana” que el madurismo venezolano se adjudica sigue soplando fuerte en Ecuador, Honduras, Argentina… siempre con la impronta de Rusia y Cuba”.

La eurodiputada española, que ha denunciado incansablemente los atropellos de la dictadura bolivariana en Venezuela, no duda en señalar a Maduro entre los responsables de la ola de agitación en Sudamérica de la misma manera que lo hizo el Tribunal Supremo en el exilio de Venezuela el sábado 19. Ante las acusaciones, el propio Maduro se jactó irónicamente de las protestas en Ecuador y Chile afirmando que “vamos mejor de lo que pensábamos, y todavía lo que falta… No puedo decir más, son secretos de súper bigote”. “Estamos cumpliendo el plan”, lanzó Maduro.

Lo cierto es que Chile y Ecuador han sido dos de los países más duros contra Maduro dentro del Grupo de Lima.

La anomia global

Si el gobierno de Piñera no logra restablecer el orden tendrá que renunciar a la organización de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico APEC que iba a concluir el 16 y 17 de noviembre próximo en Santiago con una reunión de 21 líderes mundiales entre los cuales se contaba con Donald Trump, Xi Jingpin y Vladimir Putin. Piñera había depositado muchas esperanzas en lograr un éxito diplomático en esta reunión después de que la del año pasado fracasara por el enfrentamiento comercial entre EEUU y China.

La que con toda seguridad tendrá que ser cancelada es la Conferencia sobre Cambio Climático de Naciones Unidas COP 25, que debe celebrarse en diciembre. Esta reunión supone la visita a Santiago de 60.000 personas que forman parte de distintas delegaciones que iban a ser trasladadas fundamentalmente en un Metro que resultó gravemente dañado.

En al menos dos conferencias públicas que ha ofrecido en las últimas semanas, Felipe González ha señalado que el principal problema que afecta al orden mundial es la anomia, la falta generalizada de reglas o de respeto a esas reglas cuando existen. El expresidente es una persona muy bien informada y su reflexión abarca tanto la creciente erosión del multilateralismo, por las guerras comerciales desatadas por Donald Trump, como la pérdida de legitimidad de las Naciones Unidas, o los movimientos como el Brexit o el separatismo que sitúan la democracia por encima de todas las demás normas.

El más lúcido de los escritores de la prensa chilena, el abogado y filósofo Carlos Peña, utilizaba el mismo término que González en su columna dominical en el diario El Mercurio donde reflexionaba sobre los episodios de su país: “…En un mundo donde la subjetividad de cada uno es el árbitro final, las reglas escasean. A eso la sociología lo llama anomia. Pero eso que está ocurriendo (y no sólo en el Metro, claro está) no es pura anomia generacional. También hay una cuestión de legitimidad. Todas las sociedades se erigen sobre un principio que las legitima, que hace admisibles las diferencias que en ellas se pueden constatar. Como todas las sociedades tienen desigualdades, la clave para su estabilidad es la forma en que las justifican”.

En el barro disfrutan los cerdos

Pablo Iglesias en la sesión parlamentaria del 27 de mayo de 2020. Foto: Chema Moya/Efe.

“Con las herramientas científicas en la mano, la inmensa mayoría de la población no está por la polarización”, decía el sociólogo Narciso Michavila, presidente de GAD3, en una entrevista con Dieter Brandau el lunes 25 de mayo. “Es verdad que está enfadada, está preocupada, no entiende muchas cosas, pero no cree que sea el momento precisamente de la crispación, el insulto y de las peleas callejeras porque son conscientes de que eso sólo le hace el juego a ciertas élites políticas que viven de ello. La población española en su inmensa mayoría quiere que sus líderes políticos se pongan de acuerdo”.

En febrero pasado, el PP se adelantó a esa demanda popular de una actitud constructiva, ofreciendo pactos a largo plazo al PSOE si apartaba a ERC de sus apoyos parlamentarios. Pero entonces, el rechazo a la polarización aún no había madurado entre la población como lo ha hecho después del largo confinamiento al que hemos estado sometidos desde marzo.

Ahora, el gobierno conoce este fenómeno. Basta ver el tono que usa Pablo Iglesias en el parlamento, varias octavas más bajo que el que emplearía en otras circunstancias. El problema es que el gesto del gobierno no acompaña al contenido. Le pone fichas a la moderación, escenificando pactos con Ciudadanos, pero después cierra acuerdos con Bildu. Y de paso, le tiende celadas al PP, en las que éste cae redondo.

El martes 26, en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, la portavoz María Jesús Montero culpó abiertamente al PP, que “ha dimitido de su responsabilidad de preservar la salud de los ciudadanos”, por el pacto alcanzado por los partidos de su gobierno con Bildu. Un reconocimiento insólito: la oposición ha hecho que el gobierno se equivoque.

Al día siguiente, el Partido Popular interpeló en el Congreso al vicepresidente segundo Pablo Iglesias. Ya nadie recuerda el motivo de la interpelación urgente (“para que explique cómo van a influir en la acción de Gobierno los acuerdos políticos con el nacionalismo radical”) porque lo único que quedó de ese debate parlamentario fue el intercambio de acusaciones y adjetivos entre Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Iglesias. Nadie se acordó de que en el barro es donde disfrutan los cerdos, más aún ante un escenario sociológico como el presente.

El resultado es exactamente el buscado por el gobierno: el que polariza y no colabora en la resolución de la crisis es el PP. Lo insólito es que el PP colabore en su estrategia.  

Post scriptum: Ha sido terminar esta nota y llega desde la Comisión de Reconstrucción del Congreso la acusación de Pablo Iglesias a Vox de “querer dar un golpe de Estado”. Por alguna razón, Iglesias se sentía muy seguro tras el rifirrafe del miércoles, y ha derrapado verbalmente, poniéndose a sí mismo en evidencia. Espinosa de los Monteros abandonó la comisión rápidamente y su gesto subraya aún más el error del vicepresidente. Será difícil relegitimar esa comisión parlamentaria si en ella se dedican a esparcir infundios contra los demás partidos.  

Junqueras y Prat en mayo

Oriol Junqueras en el Círculo de Economía celebrado en Sitges en 2016. Foto: Europa Press

En mayo de 2016 se celebró la famosa reunión del Círculo de Economía en Sitges. Estaba en la barra del hotel donde se realizaba con los demás periodistas comentando la actualidad y esperando que llegara Oriol Junqueras, a la sazón vicepresidente y consejero de Economía y Hacienda de la Generalitat. Yo les preguntaba cómo era Junqueras, porque no lo conocía personalmente. Si conocía y había entrevistado a su antecesor en el cargo, Andreu Mas-Colell, quien siempre me trató con gran deferencia.

Entonces llegó Junqueras, físicamente enorme y con su mirada estrábica. Saludó a los periodistas catalanes, a los que conocía de nombre, y llegó hasta mí y me presenté: “John Müller”, le dije.

-¡Ostras, tú eres Müller, tengo que hablar contigo!- me dijo y me cogió del hombro y me llevó aparte. Los demás periodistas se quedaron atónitos.

Cuando estuvimos solos me dijo: “Sé que eres chileno. ¿Me puedes contar el combate naval de Iquique?”

Estaba muy interesado en la figura de Arturo Prat, el máximo héroe naval chileno, porque la familia de éste es originaria de Santa Coloma de Farnés y el alcalde era de su partido (Esquerra Republicana de Catalunya) y le había invitado al homenaje que la Armada de Chile suele rendir a Prat en ese pueblo cada 21 de mayo.

Estuve 20 minutos contándole la acción naval en la que Prat se inmoló al mando de la corbeta Esmeralda frente al monitor Huáscar del almirante Miguel Grau (otro apellido de origen catalán). Yo veía a los colegas cuchicheando a lo lejos: ¿Qué le estará contando? ¿La próxima emisión de deuda? ¿La declaración de independencia? ¿La situación del déficit?

La conversación acabo porque Junqueras se tuvo que ir a dar su ponencia ante los empresarios y yo volví a la barra con los periodistas.

-¿Que te dijo? ¿Qué te contó?- me preguntaron insistentemente.

-No os puedo decir nada- contesté.

La soledad de Prat

Muerte de Arturo Prat, de Thomas Somerscales.

(Publicado en El Diario Austral de Osorno el 22 de septiembre de 2002)

Sigo la polémica sobre la obra Prat de Manuela Infante y veo que hay tanto ruido y humo que, una vez más, como ya ocurriera el 21 de mayo de 1879, el grueso de la marinería no acompañará al héroe en su incursión sobre la cubierta del Huáscar.

Leo la versión de la obra completa que publicó La Segunda cuyo tamaño no excede al de un sketch y me parece un texto inane. Habría que ver la obra montada para hacer un juicio más certero, pero la primera impresión es que es teatro surrealista bastante menor, sin rozar siquiera la fuerza de autores como Jorge Díaz o Ionesco. Incluso la forma de abordar el dilema del héroe, un tema de gran enjundia para la literatura y que parecía central a la hora de recibir el apoyo del Fondart, es superficial.

Pero la obra, gracias al marketing grandilocuente y patriotero de los almirantes en retiro, se ha convertido en un asunto central del quehacer nacional y ha dado pie a los infaltables descerebrados para que aconsejen con sus métodos mafiosos a Manuela Infante de que es mejor que se retracte de lo hecho. Yo prefiero decirle a la autora que su obra es mala, que el Fondart ha tirado la plata, pero jamás impediría que quién quiera leerla o verla se forme su propio juicio sobre ella que puede contrariar al mío. Y no creo que haya profanado la figura de Prat más de lo que lo hicieron en vida los antecesores de los mismos que ahora se rasgan las vestiduras.

He tenido varias visiones de Prat. La heroica de libro de texto escolar en la infancia. La del dilema ético y moral que se estudia en la universidad. Un tiempo llegué a la conclusión de que con su deber no más cumplió ya que el abordaje de las naves enemigas estaba en los manuales de la guerra naval de la época. Al final he llegado a la conclusión de que Prat era un hombre muy común, porque los héroes no mueren como héroes, sólo los hombres comunes lo hacen.

Hay muchos indicios de que al igual que en la famosa pelea de Lord Cochrane con el almirantazgo británico, Prat no estaba a gusto con los jefazos de la Armada que no reconocían ni sus méritos ni los de su generación. El intransigente almirante Juan Williams Rebolledo no sólo le llamaba “marino-literato”, sino que le negaba los destinos que hacen feliz a un marino. Además, el sueldo era poco y Prat se veía obligado a controlar férreamente los gastos para sacar adelante a su familia.

Williams y su camarilla muy posiblemente recelaban de la decisión de Prat de estudiar derecho (fue el primer marino que obtuvo un título universitario), lo que le abría un mundo de relaciones políticas y sociales muy importantes. Allí hay al menos tres datos que muestran su interés por la política y sus relaciones con ella: la tesis de grado de Prat con sus observaciones a la Ley Electoral de 1874, su asesoría en la redacción de la Ley de Navegación de 1878, y su actuación como espía en Argentina por petición expresa del Gobierno chileno.

Descolgado de la escuadra que ha zarpado al norte, Prat logra meterse como secretario del ministro de Guerra en campaña Rafael Sotomayor -un político- y llega así al escenario bélico, del que había quedado marginado. Allí, a Williams Rebolledo no le queda otra que darle un mando, la Covadonga, el barco más chico de la flota.

No es ninguna locura pensar que de no haber cambiado mucho las cosas en la Armada, Prat hubiera acabado dedicándose al ejercicio de la abogacía e incursionando en política de la mano de los liberales.

¿De dónde venía esta animosidad de los almirantes con Prat? A él le correspondió defender a su amigo Luis Uribe Orrego por los delitos de desobediencia y desacato (se había casado con una viuda en Inglaterra sin el consentimiento de sus jefes). Prat probó que Uribe era inocente demostrando los procedimientos arbitrarios del almirante José Anacleto Goñi Prieto. ¿Qué pensaría el alto mando naval de este abogado listillo que libraba a un simple teniente de la ira de un almirante?.

No era Prat, entonces, la encarnación de rígidos modales militares como los que posteriormente se introducirían en Chile, sino que era bastante “paisano”. Como en las mejores historias, nadie pensaba que allí se ocultaba un héroe.

El combate naval de Iquique fue un enfrentamiento extraño. Nada doctrinal. En sólo 17 años, el período que va de la batalla de Lepanto (1571) a la derrota de la Armada Invencible (1588), la táctica naval sufrió un cambio radical. Mientras en Lepanto se luchó al abordaje, que era la técnica milenaria, la Armada de Felipe II fue liquidada a cañonazos.

Esto estableció una diferencia esencial entre la doctrina naval española y la británica, las dos potencias marítimas más importantes de ese tiempo. Mientras la española mantuvo el concepto de la fortaleza flotante, con tropas embarcadas, armas antipersonales y espolones, los ingleses basaron toda su fuerza en los cañones. Lord Cochrane y su afición por los abordajes y los golpes de mano eran, de hecho, un elemento extraño en la marina británica del siglo XIX.

Prat sabía que la contienda era desigual y así lo dijo a su gente. Lo que no dijo es que la ilusión de la victoria rondó su mente. “Si viene el Huáscar, ¡lo abordo!”, habría dicho la noche anterior. No estaba patrióticamente loco, ése era el único procedimiento posible. Un abordaje masivo habría desencadenado una fenomenal lucha en el barco peruano y allí las posibilidades eran 50/50. Estaba en los manuales.

Estoy convencido de que Prat nunca dudó si saltar o no que es el típico debate popular en Chile. Tampoco creo que hiciera muchas reflexiones morales sobre la vida o la muerte. Saltó profundamente convencido de que era su única posibilidad de vencer.

Al otro lado sólo estaban la muerte o la rendición. Y de hecho la posibilidad de victoria no era banal, aunque hoy parezca increíble. Salvo Aldea y Ugarte, ninguno de los demás chilenos lo siguió. Y esa soledad es la que convirtió en mito su heroísmo, porque a nadie se le oculta que esos marineros despistados o ateridos de miedo que no saltaron somos, en realidad, todos los chilenos de ayer y de siempre. Serrano y doce más lo intentaron arreglar en el segundo espolonazo, pero hacía falta una treintena de hombres para un abordaje con posibilidades de éxito.

Es esta soledad de Prat en el momento clave el que le ha pasado una factura moral al país desde hace decenios y en él se asienta la fuerza popular de su leyenda. Por eso se hacen chistes sobre el abordaje, intentando minimizar la vergüenza que nos produce que le dejáramos casi solo.

Las necesidades de la política y de la guerra crearon una formidable campaña publicitaria en torno a Prat. Lo convirtieron en banderín de enganche de las tropas que luchaban en el norte. Y su poderoso mito, ya domesticado por los grandes intereses y transmutado en leyenda políticamente correcta, comenzó a crecer y a enseñarse en las escuelas y a transformarse en patrimonio de los mismos que antes querían mal a Prat.

Su viuda, en cambio, planteaba en su carta a Miguel Grau, el comandante del Huáscar, que estaba segura que de haber podido, el almirante peruano habría impedido la muerte de Prat y “habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su Patria como desastroso para mi corazón”.

¿Estéril? ¿Habrán acusado de antipatriota a doña Carmela Carvajal? Claro, ella no podía verlo de otra forma, porque el héroe era ese hombre que dormía en su cama y que era el padre de sus hijos. Un hombre común. Porque sólo los hombres comunes son capaces de revestirse de heroísmo.