En el barro disfrutan los cerdos

Pablo Iglesias en la sesión parlamentaria del 27 de mayo de 2020. Foto: Chema Moya/Efe.

“Con las herramientas científicas en la mano, la inmensa mayoría de la población no está por la polarización”, decía el sociólogo Narciso Michavila, presidente de GAD3, en una entrevista con Dieter Brandau el lunes 25 de mayo. “Es verdad que está enfadada, está preocupada, no entiende muchas cosas, pero no cree que sea el momento precisamente de la crispación, el insulto y de las peleas callejeras porque son conscientes de que eso sólo le hace el juego a ciertas élites políticas que viven de ello. La población española en su inmensa mayoría quiere que sus líderes políticos se pongan de acuerdo”.

En febrero pasado, el PP se adelantó a esa demanda popular de una actitud constructiva, ofreciendo pactos a largo plazo al PSOE si apartaba a ERC de sus apoyos parlamentarios. Pero entonces, el rechazo a la polarización aún no había madurado entre la población como lo ha hecho después del largo confinamiento al que hemos estado sometidos desde marzo.

Ahora, el gobierno conoce este fenómeno. Basta ver el tono que usa Pablo Iglesias en el parlamento, varias octavas más bajo que el que emplearía en otras circunstancias. El problema es que el gesto del gobierno no acompaña al contenido. Le pone fichas a la moderación, escenificando pactos con Ciudadanos, pero después cierra acuerdos con Bildu. Y de paso, le tiende celadas al PP, en las que éste cae redondo.

El martes 26, en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, la portavoz María Jesús Montero culpó abiertamente al PP, que “ha dimitido de su responsabilidad de preservar la salud de los ciudadanos”, por el pacto alcanzado por los partidos de su gobierno con Bildu. Un reconocimiento insólito: la oposición ha hecho que el gobierno se equivoque.

Al día siguiente, el Partido Popular interpeló en el Congreso al vicepresidente segundo Pablo Iglesias. Ya nadie recuerda el motivo de la interpelación urgente (“para que explique cómo van a influir en la acción de Gobierno los acuerdos políticos con el nacionalismo radical”) porque lo único que quedó de ese debate parlamentario fue el intercambio de acusaciones y adjetivos entre Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Iglesias. Nadie se acordó de que en el barro es donde disfrutan los cerdos, más aún ante un escenario sociológico como el presente.

El resultado es exactamente el buscado por el gobierno: el que polariza y no colabora en la resolución de la crisis es el PP. Lo insólito es que el PP colabore en su estrategia.  

Post scriptum: Ha sido terminar esta nota y llega desde la Comisión de Reconstrucción del Congreso la acusación de Pablo Iglesias a Vox de “querer dar un golpe de Estado”. Por alguna razón, Iglesias se sentía muy seguro tras el rifirrafe del miércoles, y ha derrapado verbalmente, poniéndose a sí mismo en evidencia. Espinosa de los Monteros abandonó la comisión rápidamente y su gesto subraya aún más el error del vicepresidente. Será difícil relegitimar esa comisión parlamentaria si en ella se dedican a esparcir infundios contra los demás partidos.  

Junqueras y Prat en mayo

Oriol Junqueras en el Círculo de Economía celebrado en Sitges en 2016. Foto: Europa Press

En mayo de 2016 se celebró la famosa reunión del Círculo de Economía en Sitges. Estaba en la barra del hotel donde se realizaba con los demás periodistas comentando la actualidad y esperando que llegara Oriol Junqueras, a la sazón vicepresidente y consejero de Economía y Hacienda de la Generalitat. Yo les preguntaba cómo era Junqueras, porque no lo conocía personalmente. Si conocía y había entrevistado a su antecesor en el cargo, Andreu Mas-Colell, quien siempre me trató con gran deferencia.

Entonces llegó Junqueras, físicamente enorme y con su mirada estrábica. Saludó a los periodistas catalanes, a los que conocía de nombre, y llegó hasta mí y me presenté: “John Müller”, le dije.

-¡Ostras, tú eres Müller, tengo que hablar contigo!- me dijo y me cogió del hombro y me llevó aparte. Los demás periodistas se quedaron atónitos.

Cuando estuvimos solos me dijo: “Sé que eres chileno. ¿Me puedes contar el combate naval de Iquique?”

Estaba muy interesado en la figura de Arturo Prat, el máximo héroe naval chileno, porque la familia de éste es originaria de Santa Coloma de Farnés y el alcalde era de su partido (Esquerra Republicana de Catalunya) y le había invitado al homenaje que la Armada de Chile suele rendir a Prat en ese pueblo cada 21 de mayo.

Estuve 20 minutos contándole la acción naval en la que Prat se inmoló al mando de la corbeta Esmeralda frente al monitor Huáscar del almirante Miguel Grau (otro apellido de origen catalán). Yo veía a los colegas cuchicheando a lo lejos: ¿Qué le estará contando? ¿La próxima emisión de deuda? ¿La declaración de independencia? ¿La situación del déficit?

La conversación acabo porque Junqueras se tuvo que ir a dar su ponencia ante los empresarios y yo volví a la barra con los periodistas.

-¿Que te dijo? ¿Qué te contó?- me preguntaron insistentemente.

-No os puedo decir nada- contesté.

La soledad de Prat

Muerte de Arturo Prat, de Thomas Somerscales.

(Publicado en El Diario Austral de Osorno el 22 de septiembre de 2002)

Sigo la polémica sobre la obra Prat de Manuela Infante y veo que hay tanto ruido y humo que, una vez más, como ya ocurriera el 21 de mayo de 1879, el grueso de la marinería no acompañará al héroe en su incursión sobre la cubierta del Huáscar.

Leo la versión de la obra completa que publicó La Segunda cuyo tamaño no excede al de un sketch y me parece un texto inane. Habría que ver la obra montada para hacer un juicio más certero, pero la primera impresión es que es teatro surrealista bastante menor, sin rozar siquiera la fuerza de autores como Jorge Díaz o Ionesco. Incluso la forma de abordar el dilema del héroe, un tema de gran enjundia para la literatura y que parecía central a la hora de recibir el apoyo del Fondart, es superficial.

Pero la obra, gracias al marketing grandilocuente y patriotero de los almirantes en retiro, se ha convertido en un asunto central del quehacer nacional y ha dado pie a los infaltables descerebrados para que aconsejen con sus métodos mafiosos a Manuela Infante de que es mejor que se retracte de lo hecho. Yo prefiero decirle a la autora que su obra es mala, que el Fondart ha tirado la plata, pero jamás impediría que quién quiera leerla o verla se forme su propio juicio sobre ella que puede contrariar al mío. Y no creo que haya profanado la figura de Prat más de lo que lo hicieron en vida los antecesores de los mismos que ahora se rasgan las vestiduras.

He tenido varias visiones de Prat. La heroica de libro de texto escolar en la infancia. La del dilema ético y moral que se estudia en la universidad. Un tiempo llegué a la conclusión de que con su deber no más cumplió ya que el abordaje de las naves enemigas estaba en los manuales de la guerra naval de la época. Al final he llegado a la conclusión de que Prat era un hombre muy común, porque los héroes no mueren como héroes, sólo los hombres comunes lo hacen.

Hay muchos indicios de que al igual que en la famosa pelea de Lord Cochrane con el almirantazgo británico, Prat no estaba a gusto con los jefazos de la Armada que no reconocían ni sus méritos ni los de su generación. El intransigente almirante Juan Williams Rebolledo no sólo le llamaba “marino-literato”, sino que le negaba los destinos que hacen feliz a un marino. Además, el sueldo era poco y Prat se veía obligado a controlar férreamente los gastos para sacar adelante a su familia.

Williams y su camarilla muy posiblemente recelaban de la decisión de Prat de estudiar derecho (fue el primer marino que obtuvo un título universitario), lo que le abría un mundo de relaciones políticas y sociales muy importantes. Allí hay al menos tres datos que muestran su interés por la política y sus relaciones con ella: la tesis de grado de Prat con sus observaciones a la Ley Electoral de 1874, su asesoría en la redacción de la Ley de Navegación de 1878, y su actuación como espía en Argentina por petición expresa del Gobierno chileno.

Descolgado de la escuadra que ha zarpado al norte, Prat logra meterse como secretario del ministro de Guerra en campaña Rafael Sotomayor -un político- y llega así al escenario bélico, del que había quedado marginado. Allí, a Williams Rebolledo no le queda otra que darle un mando, la Covadonga, el barco más chico de la flota.

No es ninguna locura pensar que de no haber cambiado mucho las cosas en la Armada, Prat hubiera acabado dedicándose al ejercicio de la abogacía e incursionando en política de la mano de los liberales.

¿De dónde venía esta animosidad de los almirantes con Prat? A él le correspondió defender a su amigo Luis Uribe Orrego por los delitos de desobediencia y desacato (se había casado con una viuda en Inglaterra sin el consentimiento de sus jefes). Prat probó que Uribe era inocente demostrando los procedimientos arbitrarios del almirante José Anacleto Goñi Prieto. ¿Qué pensaría el alto mando naval de este abogado listillo que libraba a un simple teniente de la ira de un almirante?.

No era Prat, entonces, la encarnación de rígidos modales militares como los que posteriormente se introducirían en Chile, sino que era bastante “paisano”. Como en las mejores historias, nadie pensaba que allí se ocultaba un héroe.

El combate naval de Iquique fue un enfrentamiento extraño. Nada doctrinal. En sólo 17 años, el período que va de la batalla de Lepanto (1571) a la derrota de la Armada Invencible (1588), la táctica naval sufrió un cambio radical. Mientras en Lepanto se luchó al abordaje, que era la técnica milenaria, la Armada de Felipe II fue liquidada a cañonazos.

Esto estableció una diferencia esencial entre la doctrina naval española y la británica, las dos potencias marítimas más importantes de ese tiempo. Mientras la española mantuvo el concepto de la fortaleza flotante, con tropas embarcadas, armas antipersonales y espolones, los ingleses basaron toda su fuerza en los cañones. Lord Cochrane y su afición por los abordajes y los golpes de mano eran, de hecho, un elemento extraño en la marina británica del siglo XIX.

Prat sabía que la contienda era desigual y así lo dijo a su gente. Lo que no dijo es que la ilusión de la victoria rondó su mente. “Si viene el Huáscar, ¡lo abordo!”, habría dicho la noche anterior. No estaba patrióticamente loco, ése era el único procedimiento posible. Un abordaje masivo habría desencadenado una fenomenal lucha en el barco peruano y allí las posibilidades eran 50/50. Estaba en los manuales.

Estoy convencido de que Prat nunca dudó si saltar o no que es el típico debate popular en Chile. Tampoco creo que hiciera muchas reflexiones morales sobre la vida o la muerte. Saltó profundamente convencido de que era su única posibilidad de vencer.

Al otro lado sólo estaban la muerte o la rendición. Y de hecho la posibilidad de victoria no era banal, aunque hoy parezca increíble. Salvo Aldea y Ugarte, ninguno de los demás chilenos lo siguió. Y esa soledad es la que convirtió en mito su heroísmo, porque a nadie se le oculta que esos marineros despistados o ateridos de miedo que no saltaron somos, en realidad, todos los chilenos de ayer y de siempre. Serrano y doce más lo intentaron arreglar en el segundo espolonazo, pero hacía falta una treintena de hombres para un abordaje con posibilidades de éxito.

Es esta soledad de Prat en el momento clave el que le ha pasado una factura moral al país desde hace decenios y en él se asienta la fuerza popular de su leyenda. Por eso se hacen chistes sobre el abordaje, intentando minimizar la vergüenza que nos produce que le dejáramos casi solo.

Las necesidades de la política y de la guerra crearon una formidable campaña publicitaria en torno a Prat. Lo convirtieron en banderín de enganche de las tropas que luchaban en el norte. Y su poderoso mito, ya domesticado por los grandes intereses y transmutado en leyenda políticamente correcta, comenzó a crecer y a enseñarse en las escuelas y a transformarse en patrimonio de los mismos que antes querían mal a Prat.

Su viuda, en cambio, planteaba en su carta a Miguel Grau, el comandante del Huáscar, que estaba segura que de haber podido, el almirante peruano habría impedido la muerte de Prat y “habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su Patria como desastroso para mi corazón”.

¿Estéril? ¿Habrán acusado de antipatriota a doña Carmela Carvajal? Claro, ella no podía verlo de otra forma, porque el héroe era ese hombre que dormía en su cama y que era el padre de sus hijos. Un hombre común. Porque sólo los hombres comunes son capaces de revestirse de heroísmo.

Mis apuntes de ‘The Crown’, la última coartada de los Windsor

Resulta paradójico que el estreno de la tercera temporada de The Crown -la serie que muestra cómo los Windsor han aprovechado ciertas noticias para tapar aquellas que no les convenían- haya servido para mitigar la separación de la vida pública del príncipe Andrés -tocado por su amistad con Jeffrey Epstein y sus relaciones con una menor de edad- y el “paso atrás” del príncipe Harry y Meghan Markle. Precisamente en el último episodio, Ana, la hermana de Isabel II le dice que va a separarse y que será el primer divorcio desde Enrique VIII. La reina le dice entonces que tiene una buena noticia: “Si lo planeamos bien, el anuncio de tu separación podría amortiguarse con la dimisión del primer ministro”.

Con la excusa de contar la vida de Isabel II, The Crown es una serie que logra rediseñar la imagen de la monarquía británica, convirtiendo sus miserias en dramas humanos y políticos que tienen su eco en la eternidad. Desde The Queen, la relación de la industria audiovisual con la monarquía británica no es inocente. Sus productos han sido fundamentales para recuperar el anclaje popular después de que este tocara fondo en 1992, el año que la propia Isabel II calificó de “annus horribilis”.

En esta temporada, estrenada el 17 de noviembre de 2019, los guionistas se han esforzado por transmitir ideas-fuerza que recopilé en este texto que elaboré nada más ver la serie y que era para mi uso como documentación personal. Alerto a quienes no la hayan visto que aquí quedan al descubierto aspectos de la trama de la obra.

Un último apunte de mi cosecha. El príncipe de Gales se consolida como personaje en esta temporada de la serie. He hablado con una persona que vivió ese momento de la historia y conoció a los personajes de primera mano para disipar algunas dudas. ¿Carlos admiraba tanto a Eduardo VIII como se desprende de la serie? ¿Sentía que su pasión romántica uniría su destino el del ex rey? ¿Vivía atormentado como un príncipe de Shakespeare? La persona a la que pregunté me dijo que la serie, en eso, se toma grandes licencias. “Deja a Carlos como a un tonto”, me dijo. “Él siempre pensó que su tío David (el ex rey Eduardo VIII) era un pobre hombre que había tomado una decisión equivocada”.

Estos son mis apuntes y recortes sobre esta magnífica serie:

Churchill

Desde la primera temporada, la serie ha vinculado la imagen de Isabel II con la de Churchill, uno de los mitos más poderosos del Reino Unido. Sin embargo, en el primer episodio de esta temporada, “el viejo león” está agonizante y la reina lo visita en su lecho de enfermo y eso le da ocasión de preguntarse para darle ánimos: “¿Dónde estaría Gran Bretaña sin su mejor británico?” Pero Churchill se ha dormido. La reina lo besa en la frente y se marcha.

La postverdad

También en el primer episodio, se recrea la historia de Anthony Blunt, el curador de las colecciones reales. Se descubre que ha sido un espía soviético (del famoso Círculo de Cambridge), pero el asunto no se hace público y se maneja discretamente. Felipe de Edimburgo trata de presionar a Blunt para que renuncie, pero este se niega y le recuerda que hay episodios que pueden resultar comprometedores para el príncipe: “Todos nos contamos mil cosas para darle sentido al pasado. Tanto que nuestras invenciones si nos las repetimos lo suficiente, se convierten en verdad. En nuestra mente y en la de los demás. Y créame, me alegra saber que su verdad es la verdad. Es lo mejor para todos”.

No somos iguales

La princesa Margarita ha encandilado al presidente Johnson de EEUU con su estilo desenfadado y plebeyo, y ha logrado desbloquear una importante operación política. Isabel, que ha considerado cambiar el papel constitucional de su hermana para darle más relieve, siente un puntito de envidia: “Margarita fue aquello que le supliqué que no fuera, lo que yo nunca podría ser: instintiva, espontánea, deslumbrante… Yo soy predecible, responsable, fiable. Pero estaría bien ser deslumbrante a veces”.

Entonces Felipe de Edimburgo pronuncia algunas de las mejores líneas de la serie: “El sistema es desigual, injusto y cruel. La ley del primogénito divide y destruye familias. El sistema es horrible. Pero en su crueldad e injusticia refleja algo más que es duro y brutal y que nadie sugiere que cambiemos: la vida. Todos deseamos la igualdad, pero lo cierto es que no nacemos iguales”.

“Siempre ha habido Windsor aburridos y deslumbrantes. Deslumbrantes, brillantes e individualistas. Así Por cada Victoria, tienes un Eduardo VII, por cada Jorge V tienes un príncipe Alberto, por cada Jorge VI tienes un Eduardo VIII, por cada Isabel tienes una Margarita. Habrá tenido éxito, pero no nos engañemos pensando que una diplomacia seria pueda lograrse bebiendo y cantando.  No rescribamos las normas constitucionales porque haya tenido éxito una vez…. Esa mente febril no necesita más ánimos”.

“Todo es política”

En el tercer episodio se cuenta la tragedia de Aberfan, un pueblo minero cuya escuela infantil resulta arrasada por el derrumbe de una montaña de residuos. El primer ministro Wilson viaja al lugar de la tragedia y sus asesores intentan quitarle hierro al asunto:

-Debemos tener cuidado, esto podría ponerse feo muy rápido- dice Wilson.

-Vamos Harold, esto es un accidente provocado por una lluvia sin precedentes. No todo es política.

-Todo es política- sentencia el primer ministro.

“Apenas necesitamos la humanidad”

La reina le explica al primer ministro que no ha sido capaz de emocionarse con la tragedia de Aberfan. Y que tampoco lo hacía cuando visitaba sitios bombardeados durante la II Guerra Mundial. Wilson la tranquiliza: “No podemos contentar a todos y seguir siendo fieles a nosotros mismos. Hacemos lo que debemos como líderes, esa es nuestra labora. Nuestro trabajo es calmar más crisis de las que creamos. Ese es nuestro trabajo y usted lo hace pero que muy bien. En cierto modo su ausencia de emociones es una bendición: nadie quiere ver histeria en una jefa de estado. La verdad es que apenas necesitamos la humanidad”

El misterio de la monarquía

Felipe de Edimburgo pide más recursos para la Casa Real. El gobierno se molesta. Wilson: “La armadura más fuerte en el arsenal de la monarquía es esa sensación de misterio de la que se deriva su aire de majestuosidad. Lo único que inspira asombro en esta pandilla es el tamaño de su hiperinflado egocentrismo”.

Para ganar popularidad, Felipe promueve que la BBC haga un documental sobre la vida cotidiana de la familia real. El experimento sale mal: acaba ridiculizando a sus miembros.

La reina reflexiona con Wilson sobre el asunto:

-La televisión es buena para la gente normal- dice el primer ministro.

-Pero de eso se trataba, que todos vieran que tras las puertas de palacio somos gente normal- replica Isabel.

– No señora, no son normales… el pueblo no cree que lo sean. Y, si me permite, aquí la cosa se complica, ellos no quieren que sean normales.

-Y entonces qué quieren?

-La verdad es que no sabemos lo que queremos, aparte de que queremos que sean extraordinarios, un ideal…

-Ningún ser humano es ideal- contesta Isabel-. Sólo Dios es ideal, por eso quiero que la familia real permanezca fuera de la vista, fuera de la mente, por nuestra supervivencia y cordura. Pero la contradicción es que no podemos estar escondidos, tenemos que estar a plena vista todo el tiempo… lo mejor que hemos encontrado por ahora es ritual y misterio, porque nos mantiene ocultos aún estando a plena vista. El humo y los espejos, el misterio y el protocolo no están ahí para mantenernos separados, sino para mantenernos con vida.

Técnica del golpe de estado

Lord Mountbatten se reúne con un grupo de conspiradores que quieren dar un golpe de Estado contra el primer ministro Wilson. Les sigue la corriente y les explica: “Lo que todos los alzamientos de éxito tienen en común son cinco elementos clave: control de los medios, control de la economía y la toma de objetivos administrativos para lo cual hace falta el cuarto elemento: la lealtad de los mandos militares. Bien, en Gana y en Gabón se consiguió con un puñado de batallones, pero aquí, en el Reino Unido, tendríamos que tomar el Parlamento, Whitehall, el Ministerio de Defensa y la sede del Gabinete… Harían falta decenas de miles de hombres de una lealtad inquebrantable y ni en mis mejores años podría dirigir semejante fuerza. Lo cual me lleva al quinto elemento: la legitimidad. Nuestro gobierno obtiene su fuerza de las instituciones centenarias establecidas que lo apoyan: los tribunales, el Common Law, la Constitución. Para que una acción contra el Estado pudiera triunfar, también habría que derrocar todo eso. Pero en una democracia tan evolucionada como la nuestra su autoridad es sacrosanta. Y por eso caballeros, un golpe de estado en el Reino Unido no tienen ninguna posibilidad…. A no ser que tuviéramos el respaldo de la única persona que no he nombrado: la Corona. La Corona tiene a su disposición poderes constitucionales sin igual que podrían hacer posible algo como esto: en 1834, Guillermo IV los utilizó para disolver su gobierno ante la oposición del Parlamento, y en 1920 la ley de poderes de emergencia fue aprobada, ley que otorga a la soberana poder en ciertas circunstancias para declarar el estado de emergencia… Ella es nuestro César”.

“Protegiendo la democracia”

La reina convoca a Mountbatten para reprocharle que participara en la conspiración contra Wilson.

-¿Por qué proteges a un hombre como Wilson?- pregunta Mountbatten.

-Estoy protegiendo al primer ministro, estoy protegiendo la Constitución, estoy protegiendo a la democracia- replica la reina.

-¿Pero si el hombre que hay en el centro de esa democracia amenaza con destruirla se supone que no tenemos que hacer nada?

-Sí, no hacer nada es lo que tenemos que hacer. Y aguantar el tiempo y esperar que la gente que lo votó, vote en su contra si es que eso lo que deciden hacer- repone Isabel-. Sé que te resulta casi imposible no hacer nada y no tener las responsabilidades que siempre has tenido. Naciste para estar ocupado y para liderar, pero aún tienes un papel importante que desempeñar en esta familia: una figura paternal para mi marido, un tío y un guía para mí, para hacer de Carlos un rey, por no mencionar un hermano para tu hermana…  Eso sería un mayor servicio a la corona que liderar golpes de estado anticonstitucionales.

“Nadie va a querer oírla”

Carlos discute con su madre sobre su papel en la familia.

-…Se me escucha en esta familia, se me ve por quién y qué soy. ¿Tengo voz?- pregunta angustiado Carlos.

-Demasiada voz para mi gusto- responde Isabel-. No tener voz es algo con lo que debemos vivir. Todos hemos hecho sacrificios y hemos suprimido quienes somos. Una parte de nuestro ser natural siempre se pierde.

-Eso es una elección

-No es una elección, es un deber. Yo tenía tu misma edad cuando tu bisabuela, la reina María, me dijo que no hacer nada, no decir nada, era lo más complicado. Requiere cada gramo de energía que tenemos. Ser imparcial no es natural, no es humano. La gente siempre querrá que sonriamos, o asintamos o estemos serios o hablemos, y en el momento en que lo hagamos habremos declarado una posición, una opinión y eso es lo único que como Familia Real no tenemos derecho a hacer. Y por esa razón esos sentimientos debemos ocultarlos.

-Mamá, tengo voz.

-Te voy a decir un secreto: nadie va a querer oírla.

-¿Te refieres al país, a mi propia familia?

-Nadie.

Los astronautas

Felipe se ve seducido por la aventura del Apolo XI. Trastoca toda la jerarquía exigiendo una reunión privada con los astronautas durante su visita al país. Pero, tras reunirse en privado con ellos, se siente profundamente decepcionado. 

-No se qué me esperaba, pensé que eran gigantes, dioses, pero en realidad son tres pequeños hombres, pálidos y resfriados…- le dice a Isabel.

-Ten compasión, esas cualidades les hacen perfecto para su trabajo…

-Pero su falta de estilo o imaginación…

-…Sentido del deber, modestia, fiabilidad- replica la reina.

-Una ausencia absoluta de originalidad o espontaneidad…

-Pero es lo que les hace perfectos en una crisis.

-Y completamente decepcionantes cuando les conoces en persona. Son capaces de ir a la Luna y volver sanos, pero un viaje a Londres casi los mata

-No es culpa de ellos, no querían ser figuras públicas. Y ahora por una sola misión lo serán para siempre.

-Cumplieron como astronautas, pero decepcionan como seres humanos.

-Van a pasar el resto de su vida como en una pecera, con miedo a abrir la boca, sabiendo que eso podría revelar como son de verdad y que eso decepcionará y por eso merecen nuestra compasión. 

La reputación

Eduardo VIII recibe malas noticias. Le queda poco tiempo. Y reflexiona con Wallis Simpson: “La reputación es una vana y engañosísima impostura que muchas veces se adquiere sin mérito y se pierde sin culpa”

El hombre en suspenso

Carlos cena con Camila Shawn (en el futuro Parker-Bowles). Y reflexiona sobre su papel:

-¿Príncipe de Gales?- se pregunta-. No es solo una forma de vivir, sino también un dilema. Soy a la vez libre y prisionero, totalmente superficial y bastante indispensable. No puedo dedicarme de lleno a una cosa u otra porque en cualquier momento todo puede cambiar.

-Y te convertirías en rey…- repone Camila.

-Por no hablar de cómo afecta a la familia. Cómo se puede ser un buen hijo cuando lo que más temes es lo que más, no deseo, sí deseo, porque hasta que ella no muera yo no podré vivir plenamente, no puedo ser aquello para que he nacido, así que estoy sometido a la ansiedad de la espera, como Saul Bellow… que escribió El Hombre en Suspenso, me siento como su protagonista a quien describe como existente en un atemporal y ligeramente ridículo abismo.

“La corona siempre encuentra el camino a la cabeza apropiada”

Isabel va a despedirse de su tío, Eduardo, en Francia. Hablan de Carlos y de la relación que han mantenido:

-Hemos tenido desacuerdos, pero siempre has sido mi tío favorito- le dice Isabel. 

– Es un detalle que lo digas y que hayas venido a visitarme… Te subestimé, yo y todos, pero la corona siempre encuentra el camino a la cabeza apropiada… mi padre, mi hermano, tu y algún día, Dios mediante, tu hijo. ¿Crees que no está preparado?

-Yo nunca he dicho tal cosa.

-Pero lo piensas. Puedo leer tu mente tan bien como tú puedes leer la mía. Y sé lo que piensas. A menudo parece débil, indeciso, pero con una buena mujer a su lado, diría que será un buen rey. Su pensamiento ya está puesto en ese asunto. Le gusta una tal Camila…

-Apenas se conocen…

-A veces, uno lo sabe inmediatamente, tú lo supiste…

-¿Qué te dice?

-Coge las cartas, léelas

-No puedo hacer eso, es correspondencia privada.

-Y afectan al futuro de la corona y arrojan luz sobre el alma no solo de un futuro rey, sino también de tu hijo. Es mejor que las tengas tu antes que cualquier otra persona. En el escritorio, en el cajón.

-Antes de que te vayas, por última vez, por todo ello, por todo lo que te hice, perdóname- dice el ex rey.

-Gracias. Lo que hiciste, tu abdicación del trono, me cambió la vida para siempre, pero quiero que sepas que no siempre es una maldición y no siempre he estado enfadada contigo. Hay días, cada vez más a medida que envejezco, que considero que es una bendición. Incluso en ocasiones he querido darte… las gracias. (Eduardo se ha dormido o perdido el conocimiento).

“Nunca renuncies al amor verdadero”

Wallis Simpson le entrega a Carlos un reloj que ella le obsequió a Eduardo VIII al que llama David con la inscripción: “No tienes excusa para equivocarte de dirección”. Ambos hablan tras el sepelio del ex rey.

-¿Es tu media naranja?- inquiere Wallis sobre Camila.

-Sí, eso creo.

-Pues si me permites dos consejos: nunca renuncies al amor verdadero, a pesar de todos los sacrificios y todo el dolor, David y yo jamás nos arrepentimos.

-Gracias y ¿el segundo?

-Ten cuidado con tu familia…

-Ah, son buenas personas

-Son terribles.

“Un emparejamiento apropiado”

Isabel II en las bodas de plata de su matrimonio, se dirige a Felipe de Edimburgo:

“Debo admitir, esposo mío, que los primeros 25 años de matrimonio han pasado en un suspiro. No soy muy dada a filosofar pero de vez en cuando se nos da la oportunidad para reflexionar sobre qué ha contribuido al éxito de algo y en el caso de nuestro matrimonio es la familia, la roca sobre la cual todo matrimonio duradero debe cimentarse, una red de hermanos y hermanas, madres y padres, primos y familiares, una filigrana de hilos diminutos entretejidos por sangre, parentesco y confianza…. Alcanzar esa, a veces esquiva condición de familia feliz, es una incansable lucha, una batalla, pero es una batalla que merece la pena librar, ya que no hay nada, en la vida, comparable. Un emparejamiento apropiado con una pareja apropiada son los sólidos cimientos sobre los que debe apoyarse una familia de éxito. El matrimonio es una apuesta que algunos en el mundo moderno cuestionan, pero es una apuesta, sobre la que, si me preguntan, puedo responder explítica e inequívocamente, estoy a favor”.

“Sólo hay una reina”

Isabel visita a Margarita que ha intentado suicidarse. Esta le dice que se va a separar de Anthony Armstrong-Jones y que será el primer divorcio real desde que Enrique VIII se separó de Ana de Cleves.

-Tengo una buena noticia al respecto- le dice Isabel-. Si lo planeamos bien, el anuncio de tu separación podría amortiguarse con la dimisión del primer ministro.

-¿Cuántos llevas ya?- pregunta Margarita.

-¿Primeros ministros?

-Mmm.

-El que le sustituya será mi séptimo.

-Los demás caemos como moscas, pero ella sigue y sigue- dice Margarita mientras besa la mano de su hermana.

-Que conste que hay muchas cosas que se te dan bien.

-¿Dime una que sea importante?

-Ser hermana.

-No te burles de mí.

-No lo hago. de todas las personas del mundo tu eres la más cercana e importante para mi. Y si al hacer esto querías que me imaginase por un minuto como sería mi vida sin ti, lo has conseguido: seria insoportable.

-Pues debemos seguir las dos.

-¿Qué opinas del jubileo?- pregunta la reina.

-Que debes celebrarlo…

-No crees que puede jugar en mi contra. Piénsalo, en el tiempo que llevo en el trono, ¿qué he logrado realmente?

-Has sido serena, estable…

-Inútil, inservible, este era un gran país cuando subí al trono y ahora mira. Adiós a la ‘segunda era isabelina’ de la que hablaba Winston, bajo mi mando parece que todo se ha venido abajo.

-Solo se ha venido abajo si nosotros lo decimos- responde Margarita-. Eso es lo bueno de la monarquía. Tapamos las grietas, y si lo que hacemos es lo bastante llamativo, grandioso y espectacular, nadie notara que todo a nuestro alrededor se ha venido abajo. Para eso estamos nosotros. Nosotros no, Tú. Tú no puedes ni parpadear, porque si mostrases una sola grieta, no la veríamos como tal sino como un abismo por el que todos caeríamos. Tu deber es mantenerlo todo en pie.

-¿Y debo hacerlo sola?

-Solo hay una reina.

El caso Tompkins al desnudo

Kris y Douglas Tompkins (@Tompkins Conservation)
(Publicado en El Diario Austral de Osorno el 08.07.2001)

Howard Hughes fue el rey de los excéntricos. Multimillonario gracias al petróleo, cineasta y pionero de la Aviación, murió desnutrido tras vivir semidesnudo en Nicaragua protegido por una secta protestante. Sarah Bernhard, otra excéntrica, dormía en un ataúd porque quería acostumbrarse a la muerte. Benjamín Franklin disfrutaba de los “baños de aire” colocándose desnudo ante una ventana abierta a la calle. Dalí, Galileo, Newton, Kepler, Einsten fueron otros personajes excéntricos que se anticiparon a su tiempo.

Curiosamente hasta 1984 nadie había estudiado científicamente la personalidad excéntrica. En esa fecha, el doctor David Weeks, especialista en neuropsicología clínica del Royal Hospital of Edinburgh, inició su investigación sobre el tema, la que dio origen a un libro publicado en 1995. Weeks estableció que los excéntricos son inconformistas sociales, dotados de una inteligencia superior, tremendamente creativos, y que gozan de una estupenda salud. Además, suelen ser personas felices.

Douglas Tompkins, sin duda, reúne algunas de las características de la personalidad excéntrica ante los ojos de muchos chilenos. A su pesar, no sólo es excéntrico, sino que además es extranjero, lo cual despierta extrañas vibraciones telúricas en personas aparentemente cultas que se tienen que morder la lengua para que no salgan chorros xenófobos de su boca.

  Desde Europa, donde se gastan ingentes cantidades de dinero para conservar y recuperar un medioambiente sobreexplotado y decadente, las razones que se invocan para rechazar el proyecto de Tompkins parecen increíblemente cortoplacistas y, muchas veces, puramente míticas.

Algunos argumentos que se han tirado en la mesa no resisten el mayor análisis. ¿Tompkins amenaza la seguridad nacional? Y desde cuándo la compra de una propiedad supone que ese terreno deja de estar dentro de los  límites de un  Estado. ¿Tompkins compra mucho? Pues será porque hay alguien que le vende. ¿Presiona a los colonos? No se conoce ninguna sentencia judicial que establezca que ha habido más presión que un buen fajo de billetes. ¿No quiere explotar sus posesiones al modo tradicional y desea despoblar aquello? Pero, ¿no habíamos quedado en que Chile respeta el derecho de propiedad?

Se ha querido crear la impresión de que Tompkins es un hombre fuera de la ley, cuyos designios alcanzan más allá de los límites de sus posesiones. No es verdad, el millonario ecologista está sometido a las mismas leyes que los demás y sus propiedades tienen límites. También se sostiene que su proyecto Pumalín afecta intereses de la nación que estarían por encima del derecho de propiedad, planteamiento que me recuerda los resquicios legales de Novoa Monreal donde siempre cabe la pregunta: ¿Quién y con qué motivaciones determina lo que es un interés superior de la nación?

Lo que ocurre es que Tompkins representa un poder de compra incontrolado por el establishment chileno. Y eso molesta a mucha gente que quisiera ordeñar esa vaca y meterla en su corralito.

Hace pocos días, mi colega Alejandro Guillier sugería en Radio Chilena que sería bueno que alguien diera la cara por las medias verdades que circulan sobre Tompkins para que podamos prestar atención a los cuestionamientos auténticos. Así la opinión pública podría discriminar  la crítica interesada de la que no lo es. No es lo mismo decir histéricamente que Tompkins quiere crear una nueva Colonia Dignidad que revisar, afinar y mejorar un acuerdo entre el millonario y el gobierno chileno para declarar esa zona Santuario de la Naturaleza.

La campaña contra Tompkins ha sido orquestada fundamentalmente por un sector de la DC y a ella se han sumado algunos senadores de RN y la UDI, muchos de ellos con experiencia militar, que en mi opinión se han adherido a las críticas por razones sentimentales, buscando agravios donde no los hay, y sin medir políticamente el asunto.

El empecinamiento de una parte de la DC tiene razones de larga data. Desde que comunicó sus planes al gobierno chileno sobre el proyecto Pumalín, por allá por 1995, Tompkins ha tenido dos enemigos que él minusvaloró: uno es Belisario Velasco, ex subsecretario del Interior del presidente Frei Ruiz-Tagle, y el otro es José Miguel Fritis, el alcalde de Chaitén.

Velasco se ha dedicado a criticar a Tompkins en los medios de comunicación y privadamente. Sin duda, esas críticas, repetidas durante tantos años, han deteriorado la imagen del millonario y sembrado de dudas su proyecto. Este ha sido un error de Tompkins: no gastarse dinero en controlar la dimensión mediática de su presencia en Chile. No tenía que haber ido muy lejos para asesorarse correctamente porque el mismo Belisario Velasco le podía haber sugerido una buena agencia de comunicación e imagen, muy de moda ahora en Chile, a la que él está conectado por lazos familiares. Le habrían hecho un precio al gringo.

En el caso de José Miguel Fritis, desconozco qué agravios le pudo infligir el norteamericano. Por la intensidad de sus denuncias contra Tompkins deberían ser graves, pero con Fritis no hay que llamarse a engaño, es un personaje que se ha movido hábilmente entre la política, la cooperación y el mundo del espionaje. Fritis estuvo, durante el régimen militar, trabajando para la Organización Demócrata Cristiana Internacional (ODCA) en asuntos de cooperación en El Salvador por encargo del canciller venezolano Calvani.

Cuando se restableció la democracia, confesó en un artículo periodístico que había trabajado para la CIA norteamericana, lo cual molestó a muchos de sus amigos, después desapareció unos años y reapareció como alcalde de Chaitén. No sabría decir quién es más excéntrico, si Fritis o Tompkins. Lo que está claro es que Chaitén, Palena y el Pumalín entero es demasiado pequeño para contenerlos a los dos peleándose continuamente.

No sé si Tompkins perseverará en su proyecto o se marchará, cansado de los chilenos recalcitrantes. Para Chile su sensibilidad medioambiental es necesaria. Se levantan muchas críticas sobre su ideología de “ecología profunda”, que es vista como una fe sectaria. Se cuestionan sobre todo sus tesis sobre la sobrepoblación que son agitadas como una herejía sin considerar que las advertencias sobre este fenómeno salen directamente de organismos como la propia ONU.

Mientras Tompkins se mantenga dentro de la legalidad, su proyecto ecológico enriquece al país. No es éste el momento para discutir sobre ecología, sobre sus misteriosas conexiones con el romanticismo alemán (que llevó precisamente a que en Alemania los ecologistas llegaran al poder) y sobre sus posibles excesos. Lo que importa es que el proyecto Pumalín parece interpretar los deseos de muchas personas que desean preservar la naturaleza sin dobles intenciones. Su derecho no es mejor ni peor que otro. Pero como el medioambiente es un bien amenazado, merece la pena ser contemplado con buenas intenciones.

Leía en el diario El Llanquihue unas declaraciones del diputado Sergio Elgueta en las que aseguraba que la llegada de Bush (un no ambientalista) al poder suponía que Tompkins había perdido los apoyos que en EEUU le prestaron Clinton y Gore (muy ambientalistas, al parecer) para ejercer “presiones” (sic) sobre el gobierno chileno.

¿Sabrá el honorable diputado que en su reciente visita a Europa, George Bush jr. recibió más críticas de sus aliados por haber deshauciado el protocolo medioambiental de Kioto que por su escudo antimisiles? ¿Sabrá el honorable diputado que a finales de este mes en Bonn, la Unión Europea ratificará el acuerdo de Kioto y dejará a EEUU convertido en el paria contaminante de la Tierra? ¿Sabrá el honorable diputado que si Chile quiere un acuerdo comercial con esa Unión Europea tendrá que respetar numerosos criterios ambientalistas? ¿Quién pondrá en peligro, entonces, los puestos de trabajo en Chile si ese acuerdo no se concreta? ¿Tompkins o sus adversarios?

En todo caso, la crítica más profunda que he oído contra Tompkins fue la emitida por los diputados DC que han propiciado la comisión de investigación del parque Pumalín. Dice El Mercurio que los diputados criticaron el atuendo descorbatado de Tompkins cuando visitó al presidente Lagos. Que así no se visita al presidente de la República, carajo. Parece que el ex senador Bruno Siebert, a quien le tengo aprecio por lo que ha hecho por nuestra región y por muchas razones más, le hizo innecesariamente el coro a los diputados con una carta al matutino santiaguino.

Una lección queda de todos estos dimes y diretes: ¿Por qué nuestros políticos -sobre todo un sector de la DC- desconfían tanto de que nuestra Constitución y nuestras leyes puedan impedir que un presunto forajido campee a sus anchas? Pareciera que dan por sentado que el poder del dinero está siempre por encima de la ley. ¿Sabrán algo que nosotros no sabemos? Yo, en cambio, los suelo ver acompañados de personajes y amigos que han cometido abusos mucho más graves que cualquiera de los que se pueda imputar a Tompkins. Eso sí, hay que reconocer que van mucho mejor vestidos.

Nota: Douglas Tompkins falleció el 8 de diciembre de 2015 mientras navegaba en kayak en el Lago General Carrera.

El hombre transparente

Julio Fuentes Serrano, reportero de guerra.

(Publicado en el suplemento Aula de El Mundo el 20 de noviembre de 2001)

¿Dónde está Julio Fuentes? Esta pregunta, cien mil veces repetidas a lo largo de los últimos 12 años en la redacción de El Mundo de Madrid, no encontró respuesta anteayer. No era la primera vez que Julio (para nosotros siempre “Julito”), madrileño de 42 años, desaparecía en acción. En 1991, cuando se desató la invasión terrestre contra Irak, estuvo más de 24 horas ilocalizable. Para justificar el tiempo perdido volvió con una historia increíble: había “liberado” Kuwait City –al mismo tiempo que los “marines” norteamericanos- a bordo de un jeep comprado en el mercado negro entre varios periodistas. En el camino, varios soldados iraquíes se les habían rendido y Julio se limitaba a repetirles: “No soy militar, sólo soy periodista”.

Julito era así: nada más y nada menos que un periodista. Había desaparecido y aparecido en prácticamente todos los países del planeta. Cuando empezó, en 1980, con Cambio 16 se marchó a Centroamérica a cubrir las guerras de Nicaragua y El Salvador. Entraba en las junglas a buscar a los comandantes guerrilleros y volvía con esmeraldas informativas que desparramaba en la mesa del redactor jefe.

En 1989 participó en la fundación de El Mundo, animado por la idea de Pedro J. Ramírez  de que ese proyecto se convirtiera en un diario de grandes reporteros. Desde el principio puso la vara muy alta. Solía llamar desde El Salvador o desde Panamá y me ponía al teléfono el ruido de los bombazos y los tiros, como si quisiera demostrarme que estaba en la primera línea de fuego.

Nunca lo dudamos. Julito, que además de redactor era fotógrafo, tenía la pulsión de los hombres de la imagen por estar en los sitios donde pasan las cosas. El no era de los que se inflan a martinis en el bar del hotel y después imaginan lo que escriben.

También desapareció en Croacia y en Bosnia-Herzegovina. Y aunque telefoneaba dos veces al día, poco a poco su alma se iba esfumando, quedándose enredada en las montañas de Sarajevo. Fue el periodista occidental que más tiempo permaneció en la ciudad mártir.

Fue una de sus crónicas, sobre el mal estado de las incubadoras de Sarajevo, la que motivó una formidable campaña de solidaridad en España para salvar a esos niños que nacían en medio de la muerte. Pasaban los meses y cuando ya todos los periodistas que habían llegado con él habían salido heridos, muertos o relevados, la dirección del diario lo obligaba a tomarse unas breves vacaciones. Julio volvía a Madrid, pero andaba por la redacción como un león enjaulado, pensando en volver.

Y es que escondía un secreto: él mantenía a un pequeño grupo de niños abandonados en Sarajevo trapicheando con las raciones humanitarias que los estraperlistas vendían a precio de oro a los periodistas extranjeros. No sé si los niños de Sarajevo saben todo lo que Julio Fuentes hizo por ellos.

Volvió a desaparecer en Liberia y en Chechenia. Se embarraba en las trincheras buscando testimonios de soldados, de civiles, de víctimas. Tenía que ir siempre hasta el frente, olfatear la pólvora y oir los estampidos. De tanto acercarse, en la famosa batalla de Basora, en la guerra de Irán e Irak, perdió parte de la capacidad auditiva de un oído.

Decía que los hombres que habían visto muchas guerras “se volvían seres transparentes”. El lo era. Por eso aparecía y desaparecía cuando quería. Pasaba olímpicamente de lo políticamente correcto y siempre tomaba partido por los débiles, por los que sufrían, pero sin perder de vista las razones de su debilidad o de su sufrimiento. Al cabo de los años, su faceta de escritor se hizo más relevante y produjo tres novelas: Sarajevo, juicio final; Resistencia Humana y Rebelión. En ellas puede apreciarse su visión apocalíptica del futuro y una opinión de los hombres muy al estilo de Herman Hesse: crueles y tiernos a la vez.

El lunes, Julio Fuentes volvió a desaparecer, esta vez en Afganistán, en la última guerra que libramos los hombres. Aseguran que unos guerreros desalmados, a los que él conocía tan bien, lo asesinaron en la cuneta de una carretera en Puli-es-the-Kam junto a tres compañeros periodistas. Sólo las balas han impedido que no trajera otra gran historia  que nos permitiera saber más de lo que pasa allí. Pero guardo la esperanza de que cada vez que veamos el sufrimiento que provocan las guerras, cada vez que un niño llore abandonado en una incubadora o que veamos cómo un francotirador mata a una mujer a la salida del mercado, sintamos la llamada inaudible de Julio Fuentes recordándonos que eso no debe ocurrir, pero sucede.

Carne de Osorno en Madrid

(Artículo publicado en El Diario Austral de Osorno en marzo de 2001)

Hace algunos años, mi amigo osornino Hernán Vargas Teuber que regresaba de una visita a Gran Bretaña (dónde acababa de descubrirse el llamado “mal de las vacas locas”), vaticinó a la sombra del Palacio de  El Escorial de Madrid que el sistema europeo de explotación ganadera se hundiría en una grave crisis en menos de una década.

Tuvo razón, aunque se equivocara parcialmente en el diagnóstico de la causa. Vargas pensaba que el movimiento ecologista acabaría con la explotación intensiva del ganado, ya que la acumulación de purines (residuos orgánicos) de grandes masas ganaderas plantea un grave problema de contaminación de los ríos y las aguas subterráneas.

Al final ha sido el “mal de las vacas locas” o Encefalopatía Espongiforme Bovina (EBB) la que amenaza ahora a todo el sistema ganadero europeo, hasta el punto de que en Alemania han debido dimitir dos ministros (de Agricultura y Sanidad) y sus colegas en todos los países de Unión Europea están en el disparadero, quizás preparando sus renuncias.

Nuestro agrónomo osornino tuvo buen ojo en el diagnóstico. En vez de dejarse encandilar por la enorme rentabilidad  de un sistema de explotación intensivo (¿por qué en Chile no podemos hacerlo igual?), por sus establos gigantescos, sus lecherías mecanizadas, sus hormonas para producir más leche y crecer más rápido,  fue capaz de percibir que la máquina productiva se había forzado hasta desnaturalizarla.

La respuesta a porqué los europeos conseguían criar 20 vacas en una hectárea de pasto, mientras en Osorno se necesitaban cuatro hectáreas para una vaca, era sencilla: la ausencia de pasto, la comida natural de un bovino, era suplida con harinas de origen animal o vegetal hasta llegar a convertirse en su nutriente principal. Y fue en las harinas animales donde se produjo el problema. Las harinas cárnicas eran preparadas con restos de cordero. En éstos se había detectado la existencia de una enfermedad -el “scrapie”-, similar a la EBB. Las vacas, de alguna manera, se hicieron carnívoras. Al poco tiempo, las vacas comenzaron a presentar los síntomas del “scrapie”: había nacido el “mal de las vacas locas”.

Lo peor ocurrió a finales de la década de los 80 cuando se descubrió que la enfermedad era capaz de transmitirse al hombre por la cadena alimenticia. Se describió entonces el mal de Creuzfeld-Jakob que es la versión humana de la Encefalopatía Espongiforme Bovina. También se detectó el agente que había introducido el mal: las harinas de origen animal utilizadas intensivamente en la explotación de la cabaña vacuna.

Ingenuamente, los gobiernos europeos pensaron que el mal podría mantenerse confinado en las islas británicas, donde se recomendó la prohibición de utilizar harinas animales. No ocurrió igual en Europa continental. A finales del año 2000, tanto Francia, como Alemania y Portugal, debieron reconocer que el mal se ha extendido entre la población bovina. España, que pensó que cerrando las fronteras impediría el paso del mal, ha visto como los casos se multiplican a medida que los análisis -que antes eran pocos y seleccionado- comienzan a volverse rutinarios.
Se habla ya, en España, de sacrificar 180.000 reses. Es obligatorio el carísimo análisis para detectar la EBB en toda vaca de más de 30 meses que haya sido sacrificada. Pero ahora parece que tendrán que ser analizadas todas las vacas, pues si al principio se creía que el mal no lo desarrollaban hasta los 30 meses, ahora se ha descubierto que también pueden sufrirla desde antes.

En fin, el consumo de carne de vaca ha caído un 30%, según las estimaciones más optimistas y los ganaderos han decidido no llevar más reses a los mataderos. La desconfianza de los consumidores es palpable ante un mal que parece que se le ha ido de las manos a las autoridades.

Las harinas de origen animal fueron prohibidas por la Unión Europea el año pasado. Pero los productores de harinas cárnicas, que se olían la medida, sacaron su producto al mercado a bajísimos precios antes de la prohibición y el consumo se disparó el año pasado. Algunos ganaderos inescrupulosos, además, prefieren correr el riesgo y siguen utilizando harinas cárnicas que obtienen bajo cuerda a precios tirados.

Al final, las autoridades también han prohibido la comercialización de las vísceras, el cerebro, los ojos, el espinazo y el costillar de las vacas porque presentan el mayor riesgo de transmisión de la enfermedad al hombre. El problema es que hay que deshacerse de esos despojos y un plan de incineración es costosísimo. Por lo tanto, ya han comenzado a descubrirse los enterramientos ilegales de despojos y vacas enfermas, que traen el consiguiente riesgo de mandar los factores de contagio a las aguas subterráneas y de allí a ríos y mares.

El escenario es tan apocalíptico como pudo imaginarlo Hernán Vargas Teuber hace casi una década. Al final, lo que ha entrado en crisis no son los sistemas de control de calidad del producto o el control sanitario de pestes o enfermedades, sino el sistema de explotación ganadero regido por la premisa de sacarle siempre un euro más a cada vaca que, llevado al paroximo de convertirlas en carnívoras, ha estallado provocando una grave crisis de confianza entre los consumidores. El negocio está literalmente hundido.

La gente, que durante año ha estado apoyando el proteccionismo de los ganaderos europeos, ahora mira con añoranza los filetes y costillares que se producen en EEUU y en Sudamérica, donde, todavía, el crédito de los productores, continúa a salvo.
Es una paradoja de la modernidad y la globalización que nuestro sistema de producción tradicional -basado en la compleja idea de darle pasto a una vaca- ahora se haya convertido en una ventaja comparativa.

Tanto Brasil, Uruguay, Argentina y Chile tienen una importante tradición como productores de carne de vaca. Sería muy interesante que estos países actuaran de manera concertada para evitar que el mal se extienda a estas regiones. Por lo pronto, sería necesario que se universalizara en la zona la prohibición de utilizar harinas de origen animal en la alimentación de los bovinos, tal como aprobó tardíamente la Unión Europea a finales de 2000. La tradición de seguir alimentando como herbívoras a las vacas en el sur de Chile sin duda que hará más fácil la aplicación de una medida así.
Por otra parte, es preciso establecer una marca o sello de garantía, una denominación de origen de la carne, con el fin de reflejar el auténtico valor añadido de que ésta se haya producido según los cánones tradicionales. Estoy seguro de que muchos europeos terminarán pagando mucho más por la carne de res si ésta ofrece las máximas garantías.

La ventana de oportunidad existe,  porque los productores europeos tendrán que adoptar medidas tan drásticas con su negocio que su crédito no se recuperara en varios años y retomar la crianza con método naturales, cuando en Europa escasea el suelo, convertirá la carne en artículo de lujo.

En la desgracia de las vacas europeas reside una oportunidad para los países del Mercosur y muy especialmente para la región de Osorno. Si los productores se organizan y se mueven rápido, podrán abrir -con la ayuda de esta crisis de confianza del consumidor europeo- uno de los mercados mundiales que parecía cerrado a cal y canto.